ERIKA LUST: PORNO Y FEMINISMO

El autor piensa a la obra de Lust como una propuesta crítica y renovada dentro de la pornografía mainstream. En este marco, las películas funcionan como un discurso contra-hegemónico y alternativo.

Imaginen una escena. Una escena de porno. ¿Qué ven? Una mujer. Rubia, vestido ajustado, labios rojos, tetas como melones. Una verga del tamaño de un semental entre sus labios fruncidos. Ella se la está chupando ¿Por qué? porque ese buen chico se le acercó y la rescató cuando su auto se rompió. Después de la mamada de agradecimiento, él eyacula sobre toda su cara y ella sonríe. Una sonrisa de falso placer. Eso es el porno. Y es hora de que el porno cambie.

Erika Lust

Pasaron décadas de la incorporación, de la mano de Judith Butler, del término performance para referirse al género, y, exactamente diez años, desde que Paul B. Preciado llevó esa idea a sus límites teóricos para hablar de performance no sólo en términos de género, sino también para referirse al trabajo sexual, la pornografía y la sexualidad en general. Todos estos ámbitos de la esfera “privada” tienen en común el hecho de estar atravesados por varias tensiones y disputas que se dan en el marco de la cultura y cuyo fin último es transformarla. Ese es el objetivo de Erika Lust, una guionista, directora y productora de cine porno sueca. Desde el estreno de su primer cortometraje en 2004, produjo una infinidad de películas eróticas y fundó EroticFilms, una suerte de Netflix del porno disidente y feminista, como también su propia productora, Lust Cinema, y The Porn Conversation, un blog que busca brindar herramientas para madres, padres y educadorxs a la hora de abordar temas vinculados a la pornografía y la sexualidad. Indagar en la obra de Lust supone pensar las tensiones que genera, como también en las posibilidades que brinda como una propuesta renovadora dentro de la producción de pornografía.

Pensar el sexo como un acto performativo implica aceptar que es regulado políticamente, que responde a una lógica de repetición de determinadas normas sociales enmarcadas en un sistema capitalista, heteronormativo y patriarcal. En la era del Internet, la pornografía se convirtió en uno de los principales dispositivos que reproducen y alimentan las normas de esa cultura heteropatriarcal. La representación audiovisual del sexo, de los cuerpos y la sexualidad en general nunca es inocente ni irrelevante, sino que construye determinados sentidos que, al menos en el porno “tradicional”, están alineados con lógicas específicas, hegemónicas y normativas.

Hoy más que nunca, el porno es educación sexual. En un país donde la ley ESI (Educación Sexual Integral) no se cumple y lxs jóvenes no encuentran en los colegios un espacio que lxs invite a discutir sobre la diversidad de cuerpos, placeres, deseos, y los cuidados que implican, Google, Youporn y las comunidades virtuales aparecen como los educadores sexuales por excelencia. Los sitios porno tradicionales, entonces, ocupan un lugar central en la construcción de subjetividades deseantes y sexuadas, en la regulación de los comportamientos “normales” , y en la distribución de roles sexuales: quién está habilitado a sentir placer y de qué formas, qué cuerpos son susceptibles de ser deseados, qué objetos o qué partes del cuerpo pueden ser sexualizadas.

Los proyectos de Erika Lust parten de la misma inquietud: la hegemonía de un porno heteronormativo, sexista, excluyente y promotor de una gran variedad de mitos en torno al sexo”

Entonces, la industria del porno mainstream funciona como un dispositivo de poder de la “era farmacopornográfica” (Preciado, 2017) que habilita una doble relación de poder, monopolizando la producción de discursos pornográficos y generando una verdadera hegemonía discursiva heteropatriarcal a través de las formas de representación en las que se fundan. Frente a esa prevalencia del discurso misógino y heterosexual, el cine de Erika Lust ha logrado configurarse como un discurso alternativo y contra-hegemónico capaz de establecer nuevos paradigmas en la industria del porno, que respondan a otros valores, a otras lógicas, tanto en las formas de producción como en los productos audiovisuales en sí mismos.

Todos los proyectos de Lust parten de la misma inquietud: la hegemonía de un porno heteronormativo, sexista, excluyente y promotor de una gran variedad de mitos en torno al sexo que lxs jóvenes consumidores aprenden y más tarde reiteran en el inicio y desarrollo de sus vidas sexo-afectivas. El porno se constituye así como un dispositivo que se complementa al de la publicidad, la Iglesia, el Estado, la familia o el sistema médico, para condicionar y determinar lo que entendemos como sexo, una actividad regulada y performática.

Las formas en que la obra de Erika Lust busca contrarrestar estas lógicas son varias. En primera instancia, es posible hablar de las particularidades de las condiciones de producción de sus películas. A partir de la serie Xconfessions, en su página web la directora invita a lxs espectadores a enviar sus fantasías, secretos o anécdotas. Los breves relatos son publicados en la página y a su vez cada mes Lust elige dos de ellos para convertirlos en cortometrajes. De esta manera el sitio web que administra se ha convertido en un espacio “seguro” para todas aquellas personas que encuentran placer en modalidades no tradicionales o que no se alinean con la norma. Esto no es menor considerando que en la actualidad, algunas maneras de vivir la sexualidad siguen siendo patologizadas por el sistema médico-legal-psiquiátrico-heterosexual. Así, las mismas instituciones que consideraban “perversiones” el sexo oral y anal, el sexo entre personas del mismo género o la masturbación, ahora lo hacen bajo el término de parafilia o desviaciones sexuales, que incluyen actividades consensuadas como el voyeurismo, el fetichismo o el sadomasoquismo.

A partir de uno de esos relatos surgió el cortometraje Feminist and Submissive (2017), que pretende visibilizar las prácticas sadomasoquistas o BDSM y romper todos los mitos que el porno ha construido sobre las mismas. A diferencia de un video porno convencional, en Feminist and Submissive se pone especial énfasis en el registro del consentimiento por parte de lxs protagonistas del corto, y a través de una breve introducción y una conclusión, se abre un diálogo que invita a debatir sobre el sadomasoquismo en el que participan la directora, la protagonista del corto, y otras invitadas que ejercen el BDSM dentro y fuera del ámbito del porno. La inclusión de este segmento sería impensada en las producciones pornográficas convencionales. Los objetivos ya no pueden reducirse al hecho de vender un producto que atraiga y excite a lxs consumidores, sino que estos son políticos, comprometidos y pretenden llenar un espacio vacío dentro de la cultura del porno.

La sencilla idea de convertir las fantasías de lxs espectadores en películas porno es en parte lo que ha garantizado el éxito de EroticFilms y le ha permitido competir con una industria totalmente monopolizada por los discursos hegemónicos en torno al sexo. El rol del espectador pasivo se pone en tensión cuando éste es invitado a formar parte del proceso de producción, y esa tensión se radicaliza en cortos como I’m Obsessed with Owen Gray (2017), en la que directamente una de las espectadoras es invitada a participar de una escena con el actor profesional Owen Gray. Esta es otra de las particularidades que diferencian el cine de Lust: la directora suele recurrir a actores o actrices no profesionales y pretende que verdaderamente exista una química y una comodidad entre ellxs y con todxs los que trabajan en el set, además de una remuneración justa y acorde al trabajo que realizan.

La idea de producir un porno ético en ese sentido resulta casi revolucionaria tratándose de una industria que históricamente sometió, principalmente a las actrices, a contratos y condiciones cuanto menos dudosas, facilitadas por la monopolización de los medios de producción y difusión por parte de un sector de la industria que es primordialmente heterosexual, blanco y masculino. Además, es necesario hacer foco en el otro lado de la cadena, pensar en el tipo de espectador al que apelan, la demanda que buscan satisfacer, en tanto existe una distribución de roles, en las relaciones de poder y de producción, que implican que el porno sea producido por hombres y consumido por hombres, que ignoran cualquier intento de representar honestamente la sexualidad “femenina”.

A diferencia de la prevalencia del placer masculino fundado en el sometimiento de la mujer, en las películas de Lust se visibiliza y prioriza el placer femenino, como también formas distintas de vincularse sexual y afectivamente. Multiorgamisc Brunch (2017) nace de la consulta de un espectador sobre los orgasmos múltiples. El corto comienza con una charla entre varias mujeres en las que cuentan cómo fue su primer orgasmo, su primera masturbación o cuál es su juguete sexual favorito. El debate, seguido de una orgía, pretende visibilizar aquello que fue ocultado por el porno y la educación sexual patriarcal, y re-distribuir los roles asignados a los géneros por defecto.

Pero Lust no se limita a pensar qué mostrar y qué no, sino cómo mostrarlo. Así, en Girls Fight Club(2017) se alterna la forma en que se pone en escena el sexo entre mujeres, y se pasa de cuerpos hiper-feminizados de consumo masculino a cuerpos más masculinizados y que adoptan roles “dominantes” durante la escena. A su vez, la importancia del “cómo” reside también en el discurso estético que la directora construye a través de su obra, que se separa de la norma del porno, aprovechando los recursos propios del lenguaje audiovisual: la fotografía es muy cuidada, el montaje, la música y el tiempo fílmico son pensados en función de lo que se narra en cada escena y corto, y la actuación de los protagonistas no es hiperbólica a menos que la escena lo demande.

Entonces, las películas de Erika Lust han logrado poner en crisis los discursos dominantes de la industria pornográfica, partiendo de las condiciones y los medios de producción, y considerando también la forma y el contenido que presentan sus films, creando la apertura de la industria a nuevas posibilidades para que finalmente, el porno empiece a cambiar.

Nació en Viedma, la capital que nunca fue. Tras unos años en la carrera de Artes Audiovisuales, abandonó y continuó su formación en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Actualmente estudia Comunicación Digital. Es un bloguero empedernido y hace 2 años publica artículos sobre sexualidad(es), comunicación, tecnología, política y arte.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

diez − tres =