IT: IMÁGENES DEL MAL

El autor fue a ver la nueva IT, no sin antes volver a ver la original. Buscando revivir emociones perdidas, terminó desarrollando hipótesis sobre estrategias cinematográficas para generar miedo.

 

Leí en las redes a alguien que decía que no le había causado terror la nueva IT pero que sin embargo le había parecido muy bien hecha. Debo reconocer que entré influenciado al cine por esa afirmación. Me llevó unos minutos meterme en la película, la primera secuencia de espanto me pareció demasiado estetizada, aunque genialmente estetizada ciertamente. A lo que hay que sumar que dicha escena no es otra que la del hermano menor saliendo a la calle un día de lluvia, para poner a navegar la embarcación de papel sobre el agua que forma corriente contra las veredas, con la aparición final del payaso por la boca del desagüe. Es decir, una escena prácticamente idéntica a la de la película original. Al punto que uno piensa que está por ver un remake, pero no. Es solo una licencia que se da el director con esos primeros minutos. Luego la película empieza a tomar distancia de la anterior, las escenas (igualmente basadas en la novela de Stephen King) son totalmente distintas a las de la primera IT.

Con el correr de la historia las apariciones de Pennywise me fueron resultando más convincentes, logré torcer el prejuicio con el que entré a la sala. Creo que la clave está, no tanto en su incapacidad de generar miedo, sino en la forma en que la película busca producirlo. Su estrategia no es la convencional y por ello cuesta introducirse en su lógica. Esta nueva versión del argentino Andrés Muschietti utiliza la misma receta para causar terror que la de 1990. No se trata de un miedo situacional, como podría ser el del cine de suspenso, donde un personaje vive una situación de peligro, y se dilata la aparición de esa fuerza extraña y amenazante (asesino, monstruo, fantasma, etc.). Hay en IT secuencias previas a la aparición del payaso, en que los personajes intuyen o saben que hay un peligro inminente, pero no son lo esencial de la propuesta, el énfasis no está puesto en eso. Generalmente, el payaso aparece súbitamente, incluso sin un comportamiento manifiestamente agresivo. Es cierto que su sola presencia es aterradora: su maquillaje, su mirada, su expresión y su voz, lo convierten en una criatura siniestra.

La clave de IT para generar miedo está en ofrecer imágenes aterradoras que duran tan solo un instante. Planos fugaces. Las películas de terror asiático, que no he visto demasiado, utilizan este recurso de la imagen instantánea y aterradora. Algo similar ocurre con Necrofobia, de Daniel de la Vega, donde un genial Luis Machín hace de presencia fantasmal de un hombre muerto en la mente trastornada de su hermano gemelo. Sus apariciones en escena son disruptivas, mediante planos rápidos que condensan el horror. Su expresión facial parece petrificada con la boca exageradamente abierta, adquiriendo cierto tamiz plástico, como los antiguos muñecos de porcelana. O como en IT: un rostro de payaso inmóvil, mirando fijo a la cámara, con una sonrisa envilecida, la imagen del mal en su expresión más simple.

Días antes de ver IT en el cine, vi Blade runner 2049. Me pareció interesante que haya dos películas casi simultáneas que buscan recrear la esencia de dos clásicos imborrables. Obras que quedan tan grabadas en el imaginario que los nuevos cineastas, movidos por el anhelo de revitalizarlas, las rehacen en el presente.

Son oscuras composiciones, casi pictóricas, que producen un efecto de estremecimiento, seguramente anclado en causas psicológicas profundas del ser humano. Qué tipo de sentimiento estético generan esas imágenes del mal, activando un terror instintivo, poco racional, que dura tan solo un instante y que abraza sin poder hacer nada para evitarlo, es materia de indagaciones más filosóficas.

Fue fundamental también el actor elegido para representar al payaso demoníaco. La película acierta en este sentido, al poner a un Bill Skarsgard que tanto en lo gestual como en la dicción resulta siniestro. Pennywise parece encontrar goce cuando convence al hermano menor del chico tartamudo de que pueden ser amigos. Su manipulación perversa de un niño le produce un placer, también a él, infantil. Pero al mismo tiempo hay momentos donde el que parece hablar a través del payaso es un ser cruel y cínico, como cuando le pregunta al chico tartamudo si el terror que está viviendo le parece lo suficientemente real como para asustarlo. Es irónico y perverso al mismo tiempo, se adecúa a un interlocutor más adulto. Como si mostrara dos caras distintas, según el miedo que es capaz de generar en los otros.

Esta nueva versión busca innovar cuando distorsiona la naturaleza del payaso, haciéndolo más espectral por momentos, o poniendo muertos vivientes en escena. El repertorio de criaturas infernales es más variado en la recientemente estrenada. Hay que reconocer que ya la IT de 1990 había jugado con diversificar la fauna: uno de los niños del grupo de amigos se representa en sus pesadillas hechas realidad a un hombre lobo que lo acecha. Me quedo con el payaso más que con todos los otros entes venidos del mundo de los miedos infantiles.

Otro aspecto que la nueva desarrolla menos que la versión original es la psicología de los personajes. IT es una historia rica para abordar desde el psicoanálisis. Los traumas que hacen síntoma en tartamudez, asma, obesidad, raptos de violencia, entre otros. Y al mismo tiempo, cómo juegan los miedos infantiles en todo esto, cómo se simbolizan esos miedos, específicos en cada personaje, pero que responden a cierta estructura universal del comportamiento psíquico.

Días antes de ver IT en el cine, vi Blade runner 2049. Me pareció interesante que haya dos películas casi simultáneas que buscan recrear la esencia de dos clásicos imborrables. Obras que quedan tan grabadas en el imaginario que los nuevos cineastas, movidos por el anhelo de revitalizarlas, las rehacen en el presente. Igual de marcados a fuego, los espectadores buscan volver a experimentar el primer visionado. Ambas reversiones (una de ellas una secuela para ser más precisos), sin ser tan geniales como las primeras, tan originales tal vez, sumergen en atmósferas ya vividas, recuperándolas del pasado, volviéndolas presentes y devolviéndoles la intensidad perdida.

 

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Alvaro Fuentes
Profesor de Filosofía de la UNLP. Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Escribe y coordina en La Cueva de Chauvet.

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