JUNTAR LOS PEDAZOS

En Patrick Melrose (2018), miniserie producida por Showtime, nos sumergimos en un río de traumas y adicciones, por donde naufraga el protagonista homónimo de la serie: un personaje atormentado por espectros del pasado, en un contexto frívolo cargado de violencia física y simbólica.

Patrick Melrose (encarnado por el británico Benedict Cumberbatch) estaba en Londres, en 1982, cuando se enteró de que su padre había muerto en Nueva York. Ese día, mientras estaba al teléfono con un amigo, le manifestó su deseo de dejar las drogas. Tenía que viajar a buscar las cenizas del difunto y decidió que la gran manzana sería el escenario para su último raid de excesos, su despedida.

La miniserie, que lleva por título el nombre del protagonista, fue producida por Showtime y tiene 5 episodios situados en décadas distintas, que componen así las piezas sueltas y algo desarticuladas de este rompecabezas imposible. Patrick Melrose es una historia de resiliencia, un viaje inmersivo por las adicciones y un relato en primera persona sobre la violencia; un vistazo a la “normalidad” de las elites y un último acto de fe y esperanza.

Pánico y locura…
Patrick llegó a Nueva York para retirar los restos de su padre, para despedirse de su cadáver, para cremarlo y para danzar por última vez en un profundo viaje con las drogas. Su autocompasión permanente, los arranques de ira y la colisión frontal con la realidad, parecen haber agotado su cinismo. La ironía que vive en la punta de su lengua dio sus últimos estertores. Los días de Patrick en Manhattan revelan el frenesí de una despedida, un último paseo inmoral para volver a la sobriedad. Ante la amenaza de ver el mundo sin el velo que entretejen las sustancias, y en un lapso de sinceridad, Patrick Confiesa: “soy un narcisista, esquizoide y alcohólico suicida”.

Los flashbacks que discurren durante toda la serie se completan en un único episodio dedicado a mirar el pasado del protagonista, donde conocemos el nudo que entrelaza los traumas que lo fracturaron por primera vez. Allí, en el sur de Francia, en los años 60, conocemos a su padre (Hugo Weawing), un infeliz, déspota y cruel, que se desquita con todo aquel que está cerca suyo: el servicio doméstico, su hijo, sus amigos y su esposa (Jennifer Jason Leigh), una millonaria adicta a los calmantes y una perfecta madre ausente. El niño Patrick pasa los días del verano corriendo solo por los senderos del viñedo, reclamando un poco de atención materna, temiendo a su padre y coqueteando, casi a diario -y un poco en juego- con la muerte.

Patrick Melrose es la adaptación de una saga de cinco novelas (Da lo mismo, Malas noticias, Algo de esperanza, Leche materna y Por fin), publicadas por Edward St. Aubyn entre los años 1992 y 2012. La historia se basa en las experiencias personales del escritor. El mismo St. Aubyn apeló a la escritura como una forma de afrontar sus propios traumas de infancia y todos aquellos asuntos pendientes con su familia, y con su padre en particular.

Patrick Melrose es una historia de resiliencia, un viaje inmersivo por las adicciones y un relato en primera persona sobre la violencia; un vistazo a la “normalidad” de las elites y un último acto de fe y esperanza.


La princesa y el Shogun
El kintsugi es una técnica de origen japonés que consiste en reparar piezas de cerámica con barniz de resina mezclado con polvo de oro. Esta filosofía plantea que las roturas y los arreglos forman parte de la historia de un objeto, y que, al mostrarse, embellecen al mismo. La pieza fundacional (y filosófica) del kintsugi está vinculada al Shogun Yoshimasa, emperador de Japón en el siglo XV, quien envió a China sus tazones favoritos de té para que fueran reparados.

Los años noventa muestran a Patrick nuevamente en Londres, totalmente limpio, y en donde, tras varios meses de reclusión, vuelve a encontrarse con lo que queda de su entorno: un pastiche de alta alcurnia y recién llegados (pero muy adinerados), que organizan una cena de cumpleaños cuya invitada estelar es la princesa Margarita. El tufillo a pasado que inunda las salas y empasta las conversaciones se extiende como un recordatorio permanente de lo que ya no está, pero que amenaza con volver. Patrick está convencido de que no tiene que ceder a la tentación de ese pasado, por lo que asiste a esa fiesta acompañado por su mejor amigo.

El rechazo que le genera ese mundo lo vuelve sobre sí mismo; Patrick le da la espalda al alcohol, reniega de la mordacidad y el cinismo que habitaban en su hablar cotidiano. A solas con su amigo, alejado de la muchedumbre, termina poniendo en palabras, por primera vez -y en modo confesional- el trauma originario. El amor aparece como una opción y se tiende como un puente con sabor a futuro y quizás también a felicidad. Pero como dice la canción, nada es para siempre; la recaída es, por sobre todas las cosas, mucho más violenta, y sus consecuencias mucho más profundas.

Una de las tantas historias que se cuentan de su shogunato de Yoshimasa involucra a dos de sus tazones favoritos de té. Como no quería deshacerse de su vajilla, el Shogun envió a reparar ambas piezas a China, pero el resultado lo enfureció: unas grotescas grampas de metal unían los retazos de cerámica. Sin una solución que lo satisfaga el shogun buscó y buscó, hasta que dio con unos artesanos japoneses que le ofrecieron reparar sus piezas, dejando las rajaduras a la vista, pero empastadas en oro. Yoshimasa aceptó de inmediato.

El quinto capítulo de la miniserie está lejos de narrar un final feliz; como mucho ofrece una suerte de cierre, que se parece más a una sutura precaria y visible. La vida de Patrick no fue fácil y los espectros nunca cesaron de merodearlo. Este pobre niño rico transitó su vida entre las cavilaciones suicidas, el abandono materno y la sombra amenazante de una bestia: su padre. Las consecuencias de dicha travesía dañaron su persona y a todo su entorno, dejaron al protagonista en la más cruda intemperie. En el kintsugi el proceso de secado es un factor determinante. La resina tarda semanas, incluso meses en endurecerse; eso es lo que garantiza su cohesión y durabilidad.

Patrick Melrose pinta el retrato de una clase alta londinense compuesta por empresarios, millonarios, barones y lords; todo un conjunto de personajes preocupados por las apariencias y el estatus, unos artífices permanentes del desprecio hacia el prójimo. Esta misma historia también sirve de excusa para hablar de la soledad que puede habitar en la opulencia; de la violencia de género, que hace no más de un lustro hacía responsables a las mujeres del maltrato perpetrado por sus agresores, y de la adicción a las drogas que, a diferencia de lo que pensaba una gobernadora, no se inhibe frente a la pertenencia a la clase alta. En pocas palabras, Patrick Melrose es una serie que no da tregua y que reluce a partir de cada una de las cicatrices que vemos en Patrick.

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