LA APASIONADA LUPA DE CARLO LIZZANI

El autor, a partir de la película de Lizzani, y de hondas lecturas sobre el tema, repasa la figura y avatares de Galeazzo Ciano, el yerno de Mussolini.

 

Atado a su silla, como Aldo Fabrizzi en Roma Ciudad Abierta, pero de espaldas al pelotón de fusilamiento, Galeazzo Ciano gira la cabeza hacia atrás. Lo hace con rara dignidad. No termina de creer que es su último gesto. Aguarda, al parecer, el perdón final de su suegro. Pero para entonces, Benito Mussolini es la marioneta de una virtual ocupación alemana de Italia. Su “República Social”, con sede en el norte, no es soberana siquiera para decidir la custodia de Galeazzo, y la farsa judicial que consintió o que no pudo controlar, va a segar la vida al padre de sus nietos antes de que este alcance los 42 años de edad.

Impresionado, regreso a la gran película de Carlo Lizzani, El proceso de Verona (1963), celebrando que me haya involucrado en varias y apetitosas lecturas. Porque el filme se enfoca sobre el ojo de una tormenta largamente cultivada. Comienza allí donde los sucesos alimentan recíprocamente su velocidad e imprevisibilidad. Es Julio de 1943, primera caída política de Mussolini por decisión del Gran Consejo Fascista. El Rey Víctor Emanuel III desea esta resolución. Ciano, casado con Edda Mussolini y ministro de Relaciones Exteriores del régimen hasta 1942, es uno de los que vota contra la continuidad de su suegro. Pero el desarrollo imaginado por los protagonistas va a quebrarse. El Rey -que no destaca ni por lealtad ni por valentía-  esconde una rendición a los aliados ya negociada, ordena la detención de Mussolini y abandona a su suerte a Ciano. La prensa y el pueblo de Roma señalan al yerno como el emblema de todos los males repentinamente visibles. Para colmo, en un gesto de extraña fidelidad, Hitler pone en marcha la famosa “Operación roble” que rescata al dictador de su prisión en Campo Imperatore. Con Mussolini haciendo pie en Alemania, el juego no ha terminado. La película exhibe a un Ciano en pleno descenso, consciente de hallarse totalmente a expensas de factores que ya no domina. Ahora también los fascistas lo repudian por traidor. Italia encuentra finalmente una coincidencia nacional: todos quieren la cabeza del ex ministro. Con gran sobriedad, Frank Wolff actúa la atenazada serenidad del hombre que otrora tuvo a sus pies a empresarios, cardenales, jefes militares, miembros de la nobleza saboyana y artistas sedientos de figuración. Solo le queda su mujer, Edda, hilvanada en la firme piel dramática de Silvana Mangano. Casi no hay tiempo para reproches, Lizzani refleja a un matrimonio solidario en el infortunio, tributando a  testimonios coincidentes en resaltar la tenacidad de Edda para defender a su esposo. Pero en esa Italia casi acéfala y bajo la sombra del ominoso regreso, todo queda a merced de alemanas voluntades. Ciano cree poder gestionar un salvoconducto a España. Ya a bordo del avión que lo pone a salvo de la hostilidad romana, comprende su status de rehén. Es mucho lo que el dominante aliado no perdona de su actuación pública, incluido un diario personal, inquietante, que interesa febrilmente a Von Ribbentrop, su par alemán durante 7 años. La filmación acentúa la desazón de Ciano anclado en Berlín, aguardando horas amargas y deseando finalmente volver a Italia, al menos para morir en su idioma. La cúpula del partido -encubriendo alguna defección – clama por un proceso sumarísimo a los que votaron contra el líder. Ciano es el blanco preferencial. Aquí la película comienza a recorrer su sendero fino, combinando una observación casi ascética de los hechos con un incremento dramático fenomenal. Y el rigor, tanto como el serio afán de contar y revelar  historias, no le impide a Lizzani exponer los enigmas que presenta el caso. Es quizá la mejor cara de una pasión contagiosa, la misma que me empujó a leer varios textos relacionados. Difícilmente el estilo testimonial pueda plantearse un objetivo mayor que el de promover una saludable curiosidad por su objeto. Los cabos abiertos por Lizzani  son tan exactos, que mis lecturas han servido para encomiar una estrategia narrativa que, acertadamente, prescinde de un personaje tan central como El Duce, para apuntalar la gran pregunta que sobrevuela a toda esta historia: ¿Porque razón  Mussolini -desoyendo a su hija preferida- no salvó de la muerte a Ciano?

El Proceso de Verona es una formidable recreación de segmentos históricos que pueden obsequiarle al cine las bases de un guión insuperable en cuanto a ritmo, dramatismo y suspenso. Esta versión de Lizzani le hace honor a la oportunidad porque sumerge al espectador en la densidad de un tiempo singularmente terrible.

La propia Edda rompe el silencio tres décadas después de Verona. De acuerdo a su testimonio “Piquete de ejecución para un fascista” Mussolini sobreestimó su poder para modificar el curso de los hechos. De común acuerdo, la jerarquía del partido y los alemanes apresuraron el “proceso” para no darle tiempo. A favor de su tesis, el cambio de la custodia de Galeazzo, tomada por el comando alemán, era el funesto indicio de que no se permitiría tal interferencia. A su vez, Giovanni Dolffin, último secretario del Duce, en su intenso documento “La agonía de Mussolini”, sugiere un giro del dictador a tono con su archiconocido oportunismo, según el cual habría pasado de opinar que el proceso era pura hipocresía expiatoria, al convencimiento de que no podía cambiar la vida de su yerno por aquel incómodo aliado que, con todo, constituía su último refugio. Tampoco deseaba contrariar a una cúpula fascista sedienta de sangre y más dispuesta a desafiarlo que en el pasado. Obtengo al cabo los famosos “Diarios” de Galeazzo Ciano, cuyas 600 páginas devoro perplejo y casi sin detenerme. Leo allí a un funcionario que detesta desde siempre a los alemanes, que no les cree, y que no cree tampoco -en ningún momento de la guerra- en el carácter definitivo de sus avances militares, ni en su lealtad con Italia. Si el diario es sincero, Ciano no habría logrado separar a Mussolini de Hitler, pero lo habría intentado con regular consistencia. Sumado a otros matices, creo escrutar a un diplomático profesional, a la vez que a una suerte de moderado o “tibio” dentro de aquel paisaje ganado por los extremos. Curzio Malaparte, en un bellísimo capítulo de su libro “Kaputt”, denominado “Golf hándicap”, lo ratifica  señalando que en su momento dorado, pleno de rápida riqueza y sensuales prerrogativas, el yerno fue también la apuesta política de algunos poderosos que ya estaban hartos del suegro. Simpatizante auténtico de Inglaterra y Francia, era el componedor con la Iglesia y también quien moderaba la caída en desgracia de algunas figuras como el propio Malaparte. Algo de esto le hizo pensar que sería el sucesor, y justamente el autor de “Kaputt”, con una cruel ironía, vincula aquel sueño a la futura desdicha: “la suerte de Galeazzo es que Mussolini lo reserva como cordero para la próxima e inevitable pascua; solo por eso Mussolini lo engorda

Lizzani ha puesto un cuidado excelente para mantener con vida todo este espectro de posibilidades capaces de explicar el carácter implacable y de algún modo inesperado del desenlace. Atenta, la película enaltece al género por su ambición para encender lo verificable y su prudencia para preservar las ingentes dudas que quedarán sin resolver. El Proceso de Verona es una formidable recreación de segmentos históricos que pueden obsequiarle al cine las bases de un guión insuperable en cuanto a ritmo, dramatismo y suspenso. Esta versión de Lizzani le hace honor a la oportunidad porque sumerge al espectador en la densidad de un tiempo singularmente terrible.

 

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