LA CONVERSIÓN DEL SANTO DEL AMOR

El Ornitólogo es una película que se propone como una subversión sexual de mitos católicos, pero que también reflexiona sobre la posición del científico en relación con la naturaleza.

 

Sublime es la belleza de la divina Majestad, que inflama del deseo de sí a aquellos espíritus bienaventurados, inflamándolos los alimenta y alimentándolos les enciende aún más su deseo.

San Antonio de Padua – VI Sermón alegórico sobre San Pablo

Bendito San Antonio, él más amable de todos los santos,
tu amor por Dios y tu caridad por sus criaturas
te hicieron merecedor de poseer poderes milagrosos.
Con tus palabras ayudaste a aquellos con problemas o ansiedades
y los milagros ocurrieron por tu intercesión.
Te imploro que obtengas para mí…

Oración a San Antonio de Padua

 

La salida del closet de la academia y la departamentalización de los estudios de género en las universidades trajo consigno –entre otras líneas de investigación– un revisionismo historiográfico sexual. Esto es: la revisión de la historia a través de un tamiz sexo-disidente el cual permitió sacar del obscurantismo del closet a muchos personajes, cuyas biografías íntimas fueron usadas como combustible en las hogueras de cotilleos en las que ardían las disidencias. Tómese por si acaso como ejemplo a Alexander von Humboldt, padre de la geografía, uno de los primeros científicos modernos y viajero empedernido que recorrió la mayor parte del mundo describiendo los paisajes naturales. Las sospechas sobre su orientación sexual conllevaron a escarbar insistentemente en sus intercambios epistolares con otros hombres para “ayudarlo” a salir del closet. Esta tendencia, que excede con mucho al ámbito académico, alcanza otros campos como el cine y la teología.

El ornitólogo (2016), dirigida por Joao Pedro Rodrigues, tiene efluvios de esos alcances. El film portugués circuló por el BAFICI en su edición de 2016 en la Competencia Vanguardia y Género. Introduciéndonos en la narración a través del viaje de un ornitólogo que explora el paisaje (resuena la experiencia humboldtiana), el film alcanza un revisionismo teológico-sexual más amplio que saca del closet racional al científico moderno a través de un viacrucis de pasión y dolor: el camino de la santidad.

Entre cañadones y ríos en el norte de Portugal, el ornitólogo –interpretado por el adonis Paul Hamy– busca con perseverancia hallar una cigüeña negra. En la vera del río arma su campamento con todos los elementos que requiere un explorador que se introduce en un mundo desconocido: fogata, carpa, vehículo, binoculares y mapas . En la su búsqueda de su objetivo y en su tránsito investigativo por las quebradas de agua, al observar las diferentes aves, sus nidos y organizaciones familiares, es también observado por éstas. Por un juego de planos, al voyerismo de la mirada científica, que expurga cada rincón excomulgando sus secretos naturales, le corresponde la mirada animal que de vuelo en vuelo sigue atenta cada movimiento del hombre en su cometido. La detenida observación de ambas partes se extiende largamente a través de una escena en la que sólo se escucha el murmullo del ambiente: el graznido de las aves, la turbulencia del río. Observación dual que se sostiene prolongadamente hasta confundirse con una contemplación del mundo, sólo interrumpida de a momentos por los registros de voz que el científico deja en su grabadora portátil. Y es necesario, en el film, atravesar esta meseta de silencio para advertir la intensidad de lo que sigue.

En sus recorridos de búsqueda, Fernando, el ornitólogo, se pierde dejándose arrastrar por la corriente: en su detenida contemplación descuida la dirección de su kayak y es conducido en éste por los rápidos del río entre los cuales no puede controlar su destino y termina perdiéndose. Su cuerpo moribundo es rescatado de las márgenes del río por dos turistas chinas que, con el clisé de la cámara fotográfica en mano, recorren el camino a Santiago de Compostela en una peregrinación religiosa. Perdidas ellas también de su camino, dan vida al cuerpo de Fernando a través de besos-bocanadas de aire. Y a partir de aquí, la narración comienza a levantar vuelo e intensificarse en la sucesión alegórica de imágenes religiosas que se superponen y saturan cada vez más. Lo que sigue es la conversión de Fernando: su tránsito por el dolor y la pasión a través de la pérdida de la identidad.

En ese cometido del film el rescate se convierte en secuestro; el secuestro en huida; la huida en el recuentro de la oveja extraviada con su rebaño; el reencuentro en crucifixión; la crucifixión en desandar el vía crucis y así, hasta que el ornitólogo se encuentra finalmente con el espíritu santo convirtiéndose él mismo. Las metáforas se cruzan y superponen unas a otras. Y en cada una de estas secuencias hay una composición religiosa de fondo, un catecismo camp escondido entre las imágenes. En una escena, el Fernando secuestrado y maniatado emula a San Sebastián, ícono gay de la teología disidente: envuelto e inmovilizado en nudos de shibari –estilo japonés de bondage–, la organización de su cuerpo desnudo erecto entre sogas imita la estampita del mártir Sebastián que atado a un árbol fue penetrado por muchas flechas. En otra escena, el abrazo desnudo de Fernando con un pastor llamado Jesús –valga la ironía–, tras su huida y reencuentro con el rebaño, imita la imagen del descendimiento de la cruz entre dolor y pasión (sobre todo pasión homoerótica). Y en otra composición, el encuentro del ornitólogo con la paloma blanca es, en el tránsito de su conversión, su contacto con el espíritu santo tal cual lo señala la liturgia; y mientras sucede todo esto las aves siguen observándole: un búho (¿Será el de Minerva?) lo mira detenidamente al caer la noche. Y así, los guiños se suceden unos a otros en cada una de las composiciones que se proponen a lo largo de la película: el buzo canguro marrón con el hábito Franciscano; el estigma de la lanza en el momento de la crucifixión (recordemos, son cinco: las marcas de la corona de espinas, los clavos en manos y pies, los latigazos en la espalda y la herida en la costilla izquierda –que en en el film consignan en el derecho–) con las heridas en el cuerpo de Cristo. La sucesión de figuras cargadas de pasión en una relectura de la liturgia católica conducen a la escena final: bajo un árbol, el encuentro de la Santísima Trinidad, padre, hijo y espíritu santo. Esta es la comunión a la que asistimos, cual fervientes devotos, al ver El Ornitólogo.

Por un juego de planos, al voyerismo de la mirada científica, que expurga cada rincón excomulgando sus secretos naturales, le corresponde la mirada animal que de vuelo en vuelo sigue atenta cada movimiento del hombre en su cometido. La detenida observación de ambas partes se extiende largamente a través de una escena en la que sólo se escucha el murmullo del ambiente: el graznido de las aves, la turbulencia del río.

La conversión de Fernando a través del dolor y la pasión es la pérdida de su identidad original: pierde sus objetos, su campamento, su cédula de identidad y, fundamentalmente, su modo de ver el mundo. No solamente se queda sin binoculares sino también sin sus ojos. Más aún, necesita lacerar su cuerpo para transformarse, para dejar de ser quién es. Es el abandono de una identidad material por una espiritual. Y toda esta alegoría de la conversión no es para nada solemne sino un tránsito cargado de ironía y diálogo con las imágenes que teatralizaron la religión.

En última instancia, la conversión de Fernando es la conversión de un santo franciscano oriundo de Portugal: la de San Antonio de Padua, entre el dolor, la mística y la pasión. Predicador docto de la iglesia católica y gran difusor e intérprete del evangelio. Pero es mucho más que eso también. Es la salida del closet de la teología y de un revisionismo que indaga en las biografías santas escenas non sancta preguntándose ¿por qué dar por sentada la heterosexualidad de las pasiones? En La Teología Indecente. Perversiones teológicas en sexo, género y política (2000, Ediciones Bellaterra) Marcella Althaus-Reid se hace las mismas preguntas: ¿por qué negarle la sexualidad a Cristo o por qué dar por sentado su heterosexualidad? ¿por qué disociar las pasiones y la religiosidad de la sexualidad? El film de Rodrigues contornea esas preguntas a través de la superposición de sus imágenes pervirtiendo el catecismo: la pasión contiene ese hiato de amor por Jesús y por su padre (¡Oh, Freud, ayúdanos!). Un amor entre hombres.

Más hereje aún, la perversión de El ornitólogo contornea también preguntas inherentes a la filosofía moderna: el desencantamiento del mundo y la pérdida del vínculo sagrado con la naturaleza. No es menor que su protagonista sea un científico que expurga en el campo la búsqueda de una verdad; no es menor que su contemplación voyerista del medio ambiente sea invertida y que su extravío en el dejarse llevar por la corriente se constituya como la posibilidad del encuentro con el espíritu santo. En su itinerario Fernando se convierte en Antonio y encuentra el amor y el dolor en Jesús. Es esta la salida del closet  del claustro de su racionalidad científica que, vía el extravío y la contemplación, se reencuentra con la pasión del mundo, con su mística.

En fin, la sucesión de escenas, la composición de imágenes, la conversión de Fernando, constituyen una hagiografía disidente de las pasiones mundanas en la narración de Rodrigues. Una revisión ecléctica que implica una salida del closet racional, sexual y pacato, y una reconexión con lo íntimo del amor en cualquiera de sus formas y con lo místico del mundo el extravío en la contemplación. Amén.

 

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Gonzalo Zubia
Docente e Investigador de la UNQ y la UBA. Becario CONICET

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