LA EMBOSCADA EN “LA CASA LOBO”

La autora nos ofrece un análisis de La casa lobo, film chileno de stop-motion que se proyectó en la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

El colectivo audiovisual chileno Diluvio, integrado por Cristóbal León, Joaquín Cociña y Niles Atallah, ha realizado un magnífico trabajo con la técnica de animación stop-motion en sus obras. En 2007 se estrenó Lucía y al año siguiente Luis, dos cortometrajes que retratan traumas y miedos de una forma espeluznante a partir del relato de un niño y una niña. Diez años después, C. León y J. Cociña nos traen su ópera prima La casa lobo, la cual podría considerarse la tercera parte que completaría esta aterradora serie audiovisual.

Un prólogo de carácter documental nos introduce en el punto de vista de la comunidad alemana La Colonia, la cual reside en el sur de Chile. La voz narradora presenta la forma de vida de un grupo de alemanes que eligen vivir en la naturaleza, puros y aislados de las tentaciones del mundo exterior. De esta forma, se eximen de todo prejuicio y rumores que circulan entre generaciones por la población chilena, implícitamente vinculados con la dictadura militar de Pinochet. Luego de esta introducción cuasi institucional y cargada de ironía, se da paso a la historia central del film: María, una niña que vive en La Colonia, decide huir para evitar ser castigada. En su fuga por el bosque encuentra un refugio, donde hallará a dos cerditos que la acompañaran en esta peripecia.

Es a partir de aquí que la película se sumerge de lleno en el uso de la animación stop-motion: paredes, sombras, cuadros, muebles y cuerpos cobran vida. Respiran, se mueven y la puesta en escena se vuelve versátil y dinámica. Como en un sueño, María al entrar al refugio se vuelve etérea y a su vez de miles formas, se reinventa y recrea nuevos escenarios según sus pensamientos y sensaciones. Los directores chilenos trabajan al extremo la materialidad, las dimensiones y las proporciones de los elementos. Los personajes pueden ser dibujos pintados por carbón en diferentes superficies, muñecos tridimensionales construidos por papel, cintas, telas, hilos, entre otros materiales. También los objetos sufren variaciones de escala, desarmarse y esfumarse. Todos habitan de forma caótica esa casa infinita e impredecible.

Al igual que en Alice (1988) de Jan Švankmajer, en un espacio reducido se construyen con premura miles de atmósferas y ambientes que se encuentran en permanente mutación, creando encrucijadas, largos y oscuros laberintos que se adentran en lo más profundo de las emociones y percepciones de María. Del mismo modo, la yuxtaposición de planos sonoros, como aullidos, insectos, el roce entre objetos y la sonoridad de las palabras de los personajes, refuerzan el enrarecimiento de los escenarios.

Los directores chilenos trabajan al extremo la materialidad, las dimensiones y las proporciones de los elementos.

La carga simbólica de los detalles religiosos y la combinación de diferentes cuentos folklóricos populares también son piezas de este rompecabezas que construyen Cociña y León. Lo desconocido, al igual que lo impredecible y el peligro a la muerte, son los cimientos del miedo, que también han servido de base a las leyendas y cuentos populares. Y la religión no es una excepción. Los objetos espirituales que aparecen a lo largo del film, desde cuadros, crucifijos, hasta los nombres bíblicos de los personajes, denotan la presencia divina en cada rincón. Cada uno de estos elementos, sumados a la voz en off del lobo, connotan una mirada omnisciente que controla y pone a prueba a María enfrentándola a sus temores.

De esta forma, la animación stop-motion posibilita que la construcción de este relato de terror adquiera tridimensionalidad y los cuerpos inanimados que cobran vida se despeguen de su función primaria, resignificándose. Como si se tratara de una casa tomada por una fuerza sobrenatural.

Si bien en un principio esta cualidad le otorga vitalidad a este universo surrealista, es necesario mencionar que, avanzado el film, este mundo onírico que se había construido comienza a envilecerse, como si el espectador despertara lentamente del mismo, hasta notar fuertemente el artificio de la técnica y su materialidad. Las transiciones a otros escenarios se vuelven algo predecibles, la formación y desintegración de los personajes ya son recurrentes. Ahora los finos hilos y los alambres que sostienen los cuerpos que danzan en el espacio adquieren la mayor atención y el relato, en conjunto con sus personajes, pasa a segundo plano. Quizás por ello, ese Deus ex machina sobre el final es sistemático con la pérdida de atención, y la fuerza de la trama queda subordinada a la desmesura de la técnica de animación. Y lo que al principio —la animación— hacía de la obra una pieza audiovisual llamativa, arriesgada y visualmente poética, más tarde, al igual que el refugio del bosque para María, se termina convirtiendo en su propia emboscada.

 

Este texto fue escrito en el marco del Primer Taller de Crítica y Jurado Joven, en la edición 33 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

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