LA HUELLA DE SATYAJIT RAY

Hace veinticinco años moría, en Calcuta, Satyajit Ray (1921-1992), acaso el referente histórico más importante del cine de la India. Repasar en este breve artículo la trilogía de Apu quizá nos permita esbozar un retrato  “incumplido”, al decir de Milan Kundera, de una de las miradas más incisivas que ha dado el cine asiático a lo largo de su historia. La trilogía de Apu – Pather Patchali (“La canción del camino”); Aparajito y El mundo de Apu– representa uno de los análisis más lúcidos sobre la disgregación del orden familiar entre los escombros morales de la posguerra. Pensar estas obras y no recordar que en Japón, Yasujiro Ozu, se dejaba desvelar por planteos muy cercanos, orientados a revisar los núcleos familiares bajo la amenaza indeclinable de la decadencia de las tradiciones, es perder de vista que en el arte hay sincronías que responden al afán simétrico de la historia.

Volví a ver la trilogía de Apu durante tres calurosas e inolvidables noches de verano en el Auditorio Glauber Rocha de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Las marcas de ese visionado se ordenaron en un  conjunto de rasgos que  anoté justamente para publicarlos en esta revista.

La trilogía -como todo Bildungsroman- narra el crecimiento de Apu y los avatares traumáticos que acompañan el pasaje de la niñez a la juventud.

La muerte articula los desplazamientos y la dinámica interna de una familia integrada por el pequeño Apu, su hermana Durga, el padre, la madre y la abuela. En Pather Patchali mueren la abuela y la hermana de Apu; en la segunda, el padre y la madre. Cada muerte determina un cambio de rumbo en la vida de Apu (salvo el que hace a Calcuta para estudiar). Las mudanzas regulan los acontecimientos determinantes de la familia. Pather Patchali (“La canción del camino”) presenta al padre como un viajero incesante y a la madre echándolo de menos  y perdiendo los estribos frente a su suegra, una anciana sibilina y demandante que le pide a su nieta que robe el fruto de los árboles para mitigar el hambre.

La madre de Apu está íntimamente asociada a la casa, a la permanencia, a lo estático  por oposición al padre que, en La canción del camino, viaja para apartarse de sus responsabilidades familiares, es un vagabundo místico que termina por vaciarse y debilitar los cimientos de los vínculos conyugales para luego intentar revitalizarlos  (como después le ocurrirá a su hijo).  La muerte de Durga, la hermana de Apu, decide el cambio de rumbo. La familia se muda a Benarés.

La muerte y los viajes se mezclan con la naturaleza, los rituales sagrados, las costumbres de la India profunda. La familia se va disgregando lentamente y cada ausencia parece vibrar en el abismo de la música compuesta por Raví Shankar. Aparajito narra el pasaje a la orfandad definitiva: mueren el padre y la madre pero nace el consuelo de la vocación hallada. Apu quiere desarrollar y expandir su visión del mundo y si su padre le inculcó, acaso sin buscarlo, el afán de conocimiento, no tardará en transformar ese legado en camino vital, en objetivo indispensable, en surtidor de inquietudes esenciales.

El último plano de Aparajito nos muestra a Apu rumbo a Calcuta (meca de la instrucción en el plano superior de los saberes). Hay un detalle insoslayable: su tío pretende retenerlo en la casa vacía donde la madre murió esperándolo con la vista fija en los trenes y le pregunta: “¿y los ritos funerarios para tu madre?”. Apu responde: “Los haré en Calcuta”. Desafiar las formas ancestrales de una tradición sin negarla es otro modo de nacer.

El cambio de rumbo parece ofrecer en cada filme la ilusión de escapar de la muerte, de dejarla atrás, sin embargo, en uno de los planos finales de La canción del camino, una serpiente -el símbolo salvaje del mal en la tradición bíblica- penetra en la casa abandonada subrepticiamente. La relación entre la simbología aludida y el curso de la saga es tan evidente que describirla sería incurrir en la más grosera redundancia. La fatalidad es la única guía posible para estas almas arraigadas en el infortunio.

El mundo de Apu, centrado en las inestabilidades de su juventud, replica la inconstancia paterna dolorosamente heredada. La disolución de los vínculos amorosos, la paternidad brutalmente asumida, la frustración de una vocación literaria que le quema las venas y la miseria rondando cada uno de sus movimientos deriva en el plano final: Apu y su hijo se encuentran para enfrentar el único legado que les ha tocado en suerte, el abandono. Ese final auspicia el comienzo, pálidamente esperanzado, de otro núcleo familiar acaso resignado a las oscilaciones de un mundo en crisis.

 

Es Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Docente en el UNA y en la FBA (UNLP). En 2012 estrenó el largometraje El Sur de Homero en el Fesaalp. Desde 1999 conduce el programa Los misteriosos espejos por LR11 Radio Universidad. En 2013 ganó el primer premio en la categoría ensayo por el libro El Cine-Ensayo de El Fondo Nacional de las Artes. Colaboró en la revista Contratiempo, Todo es Historia, Pichuco, Guregandik y El extranjero. Desde 2009 publica en el blog Contraplano71.

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