La marca de Caín: Quentin Tarantino

El autor analiza la filmografía de Quentin Tarantino en torno al tratamiento de los cuerpos, rasgo que se vuelve constitutivo de un estilo que atraviesa su obra. En sus películas los cuerpos “pagan”.

Así como Caín estaba obligado a vagar por el mundo con una marca que era prueba de su crimen pero que lo protegía, las películas también están condenadas a vagar por diferentes pantallas y formatos del mundo con sus propias marcas.

Este ciclo de notas trata de iluminar esas marcas, esas constantes que no cambian sino que visten con otras ropas y tramas. Algunos de los directores que he elegido me gustan, otros no tanto, pero es en la obra de ellos -otros han podido ocultarlas mejor- en las que he visto estas marcas.

Los cuerpos del delito

¿Qué es lo que más interesa en Reservoir Dogs (1992), el botín del robo o el cuerpo sangrante de Mister Orange (Tim Roth)? Esta pregunta dicotómica recorre todo el cine de Tarantino y la respuesta no es ni el huevo ni la gallina, es decir ni causal, ni definitiva de esas definiciones desde el punto penal, en la que hay que elegir por una opción o la otra. En esta dinámica cuerpo/plata es como si Tarantino en lugar de responder, modificara, película a película, las premisas de sus argumentos, los entimemas de sus demostraciones y reelaborara con urgencia sus leyes de paso, para jamás llegar a una conclusión.

Es algo más que shakesperiano lo que propone Tarantino, no del Shakespeare de Romeo y Julieta, sino el de El mercader de Venecia, que reclama sangre por el valor del dinero. Si nos remitimos al caso del señor Naranja podemos decir que es un cuerpo que paga el precio que su propia misión le pedía, o sea el riesgo de su propia vida. No por casualidad uso la palabra pagar; ofensas u osadías son castigados en el cine de Tarantino: la condena de Mr. Blonde en Reservoir Dogs, las futuras torturas prometidas para Zed por haber violado a Marsellus Wallace en Pulp Fiction (1994), el asesinato de Beaumont Livinston (Chris Tucker) por haber sido encarcelado en Jackie Brown (1997), el grupo de asesinos liderados por Bill deben pagar por la masacre en El Paso en Kill Bill: Volumen I (2003) y Volumen II (2004), en Death Proof (2007) la paliza final a Doble Mike, Calvin Candie (Leo Di Caprio) paga con su constante impertinencia y el esclavo Stephen (Samuel L. Jackson) paga ser un traidor a su raza en Django Unchained (2012). Esto da a entender que el cine de Tarantino busca impartir una justicia ¿poética?, de ahí la licencia con la historia del siglo XX y ajusticia a Hitler y a Goebbels en Inglorius Bastards (2009) por los crímenes contra la humanidad.


Pero lo interesante es que si los cuerpos pagan, como en muchas filmografías, como la de Scorsese o Paul Thomas Anderson, en el cine del buen Quentin, los cuerpos valen, cotizan, tienen un precio y son productores de riqueza, sean esclavos, bandidos en el viejo Oeste o presidiarios a los cuales pagarles fianza (…)

Pero lo interesante es que si los cuerpos pagan, como en muchas filmografías, como la de Scorsese o Paul Thomas Anderson, en el cine del buen Quentin, los cuerpos valen, cotizan, tienen un precio y son productores de riqueza, sean esclavos, bandidos en el viejo Oeste o presidiarios a los cuales pagarles fianza: Jules (Samuel L. Jackson) paga para no tener que matar a los ladrones del restorán en Pulp Fiction, Beatrix Kiddo ha conseguido una fortuna con su oficio de asesina en Kill Bill (2003), así como los plantadores de algodón dueños de esclavos ostentan fortuna en Django Unchained, el soldado Zoller (Daniel Bruhl) ha conseguido una película y una posible carrera política a punta de matar soldados Aliados en Inglorius Bastards, en Death Proof las chicas que quieren probar el auto dejan a Lee Montgomery (Mary Elizabeth Winstead) como garantía.

A veces el valor no es el cuerpo o lo que produce, sino una parte, que es del cuerpo o que está dentro del cuerpo, por ejemplo: el reloj que el militar (Cristopher Walken) lleva en el culo para dárselo al pequeño Butch, la cabellera de los nazis que Aldo le pide a los bastardos, el bebé de La Novia, la mano que entrena Pai Mei (Kill Bill, 2004), los miembros desperdigados de los 88 Locos, el baile de Arlene (Vanesa Ferlito) en Death Proof. Pero las condenas también se llevan en el cuerpo, con el cuerpo, en el cuerpo se marcan: la bala en Mr Orange, la sangre enchastrada en los rostros de Jules y Vicent Vega en Pulp Fiction; las esvásticas talladas en la frente de los nazis, el gesto de la mano que descubre al espía inglés (Michael Fassbender) y el yeso fresco de Bridget Von Hammersmark (Diane Kruger) en Inglorius Bastards, el pésimo estado físico para tener relaciones sexuales luego de los años de cárcel del personaje de Robert De Niro en Jackie Brown y los castigos, cicatrices y marcas que sufren los esclavos en Django Unchained. Y no nos olvidemos del ojo mocho de Elle Drive en Kill Bill (2003).

Carne y demás frutas

No es una novedad la admiración de Tarantino por el cine de Sergio Leone. Quentin lo llama a Morricone para que haga esos soundtracks de puta madre. Tener en cuenta el binomio cuerpo/dinero puede acercar aún más ambas filmografías (1); y, si se quiere, lo diferencia del cine de Scorsese, en el cual el alma es salvación y comunión con el cuerpo. No hay concepción del alma en el cine de Tarantino, ni siquiera Jules en Death Proof, luego de asistir y protagonizar un acto de Dios, piensa en salvar su alma sino que asume que debe (su cuerpo) recorrer el mundo, no tener posiciones “como Caine”. ¿Y el alma? El alma se salvaría pagando por la vida, por no quitarle la vida, para no tocarles el cuerpo, a los criminales del restorán y no matándolos. Reitero la finta retórica ¿y el alma?

Si hay un elemento que le compite al cuerpo son las palabras. Las palabras pueden referirse al cuerpo, como en la perorata de Calvin Candie en Django Unchained sobre un negro excepcional, o las restricciones que tiene la policía holandesa para registrar a un hombre (Pulp Fiction), o la significación de “Like a Virgin” de Madonna o por qué no dar propinas (Reservoir Dogs), la explicación e interpretación de la esclavitud y del trabajo de un caza recompensas que le da el doctor King Schultz (C. Waltz) a Django (Jamie Fox) en Django Unchained, o por qué John Ruth (Kurt Rusell) es diferente a los otros caza recompensas en The Hateful Eight (2015). Las palabras, las letras, hablan de los cuerpos, incluso los marcan: las esvásticas en la frente de los nazis, la cruz (que también puede ser tomada como una letra X) en el parche del ojo de Elle Drive; el punto suspensivo o final en cualquier gramática, guión o novela escrito en el pecho de Mía Wallace para marcar su corazón. No olvidemos que uno de los hermanos Brittle directamente tiene páginas de la biblia pegadas o abrochadas al cuerpo cuando está castigando con latigazos a una esclava por tirar unos huevos en Django Unchained. Pero, pero pero, las palabras se prestan a la interpretación, a la ambigüedad o hermenéutica. Los cuerpos no juegan esos juegos. Recordemos nuevamente la escena de la sobredosis de Mia Wallace; Vicent Vega (Travolta) lleva a Mia a la casa del dealer; el dealer toma un libro y da indicaciones para inyectar adrenalina con un gesto tres veces repetido de una puñalada (con la jeringa) al corazón. Esta instrucción es mal interpretada, Vega pregunta o plantea si debe dar más de un golpe. Como vemos las palabras dan lugar a un equívoco, el cuerpo no. Pensemos en el comienzo de Kill Bill (2004). Tenemos la voz de Bill, ante el plano del rostro cagado a piñas de Uma Thurman, respondiendo y respondiéndose si está en su faceta más sádica o masoquista. Como dijimos, las palabras abren el debate, la interpretación, dan lugar al equívoco, el cuerpo no. Al cuerpo se le da un jeringazo o un tiro en la cabeza. O-Ren Ishii (Lucy Liu) da lugar al debate (las palabras) sobre su herencia racial y gringa ante los jefes yakuza y cierra el debate sacándole la cabeza a uno de los comensales (acción del cuerpo sobre el cuerpo). La acción sobre el cuerpo no sólo da la razón, sino que también hace surgir la verdad, el desmembramiento de Sofie Fatale (Julie Dreyfus) en Kill Bill (2003), tallar la esvástica en el coronel Landa aun cuando la guerra esté recientemente terminada y, el ejemplo más claro, cuando Bill le da un disparo a Beatrix Viddo en la rodilla con un dardo que tiene un tónico para la verdad.

Lo que sabemos e imaginamos hasta ahora

Salido del horno, el tráiler reciente de Once Upon a Time in Hollywood muestra que los que ponen el cuerpo son actores y dobles, oficios que profundizan la relación con el cuerpo. Habrá que ver qué precio pagarán estos cuerpos, tiendo a sospechar que la falta de fama y la infamia afectarán la cotización. A eso agréguenle al infame famoso Charles Manson y los cuerpos femeninos utilizados para matar. En el título de la película podemos ver otra referencia a Leone, y hablando del mismo, algo que no muchos saben es que el director italiano asistió a la fiesta que Sharon Tate organizó la fatídica noche en que fue asesinada por miembros de la familia Manson. Leone se tuvo que ir temprano porque al otro día tenía cosas que hacer. De no haber sido por el compromiso madrugador, el buen Sergio posiblemente hubiera sido asesinado y con su sangre se hubiera escrito en las paredes.

¿Tarantino recreará la presencia y despedida de Leone en la fiesta? Si Leone hubiera sido asesinado no hubiera podido filmar Once Upon a Time in America (1984), una verdadera obra maestra, que recomiendo y si recomiendo Leone y alguien lo ve, me siento realizado. Ahora a comer, yo no quiero, quiero seguir escribiendo, pero mi cuerpo tiene hambre.

(1) – El cine de Tarantino se relaciona especialmente con la trilogía del dinero: El bueno, el malo y el feo (1964), Por un puñado de dólares (1965), Por unos dólares más (1966).

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Pablo Osorio
Pablo Osorio nació en Quilmes en 1984. Allí reside en la zona de Ezpeleta. Actualmente estudia el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Ha dictado talleres de narrativa. En el año 2012 publicó el cuento “Golpe de prólogo” en la colección Narrativa V. En el 2017 publicó el relato “Las monedas no tienen ni lado ni cruz cuando están en el aire” en la revista Jamster. Colabora en La cueva de Chauvet desde el 2016.

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