LA NUEVA OLA FRANCESA CUMPLE 60 AÑOS

Se cumplen 60 años del surgimiento de la Nouvelle Vague, aquel movimiento francés vinculado a la crítica y a la realización que renovó el cine del siglo XX. El autor, en esta primera entrega, recuerda sus orígenes con detalles precisos, apelando a los hechos y a los hitos históricos que hicieron de aquel un potente movimiento que aún hoy sigue renovando el cine actual.

1.La nueva ola francesa cumple sesenta años desde su presentación oficial en el entonces prestigioso Festival de Cine de Cannes de 1959. Su nacimiento, no obstante, registra un acta anterior. Los cinéfilos menos ortodoxos solían mencionar Los cuatrocientos golpes (1958) de Truffaut y Sin aliento (1960) de Godard como las películas precursoras de la Nouvelle Vague, sin olvidar El bello Sergio (1958) de Claude Chabrol (y casi a la par París nos pertenece, estrenada en 1961, de Jacques Rivette donde aparecen en sensibles cameos figuras ya míticas del cine francés como Demy, Godard y Chabrol o El signo de León (1961) de Eric Rohmer); no faltan quienes en el fragor de la vehemencia señalan las primeras películas de Louis Malle sin excluir la más experimental: Zazie dans le metro (1960). Los más dogmáticos, desprovistos de la opacidad de los prejuicios, no dudan en identificar a Le pointe courte (1955) de Agnès Varda (película maltratada por la crítica que acusaba de “cerebral” el enfoque de la entonces ignota directora, la reseña de Truffaut leída hoy, sesenta y tres años después, no deja de sorprender por el grado de agresividad volcado en algunos de sus párrafos). El filme es un antecedente insoslayable de una pieza audiovisual concebida integralmente, producida y rodada conforme a las condiciones particulares de la nueva ola francesa.Esas condiciones ratificaban la filiación de esta corriente con el Neorrealismo italiano (rodajes mayoritariamente en exteriores, disminución del protagonismo ordenador de la trama, temas con una fuerte impronta social, dilatación de la tensión dramática mediante el uso del “vagabundeo”, renovación de recursos formales del lenguaje audiovisual). Y un axioma, tantas veces olvidado en esta época, propuesto por Jean-Luc Godard: tres operaciones previas y a la vez simultáneas a todo proceso de filmación: pensar, rodar,  montar (en ese orden).

El teórico francés Michel Marie señala los meses de febrero y marzo de 1959 como la apertura formal de la Nouvelle Vague en el marco del estreno comercial de las dos obras inaugurales de Chabrol: El bello Sergio y Los primos (hoy vagamente recordadas en círculos de iniciados).  Meses después, en el seno del Festival de Cannes tendrá lugar la consagración mundial del movimiento con la exhibición de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut, un film que más allá de los tantas veces comentados rasgos autobiográficos dialogaba discretamente con al menos dos antecedentes reverenciados por su autor: la vulnerabilidad infantil reflejada por el Neorrealismo italiano y un film de Jean Vigo de visionado imprescindible al momento de estudiar seriamente el cine francés: Cero en conducta.

La diferencia más nítida entre la nueva ola francesa y los aportes concluyentes operados en otras cinematografías europeas es la tradición. Francia había sido, desde la alborada del siglo XIX el epicentro de todas las búsquedas formales en el fértil terreno de las expresiones artísticas.

Agregaremos, sin ánimo de ejercitar la ociosidad de lo anecdótico, dos detalles que reclaman legítimamente su valor simbólico en la zona más sensible de la vida de Truffaut, la paternidad: el primer día de rodaje de Los cuatrocientos golpes coincidió con el fallecimiento de André Bazin, padre adoptivo de Truffaut y de todo el movimiento a quien le fue dedicada la película; el padrino de boda de Truffaut fue Roberto Rosellini cuya obra, para estos jóvenes realizadores, abre las puertas del cine moderno. La prosapia de esta nueva ola vibraba sobre aguas cuya firmeza provenía de una tradición nutrida que además de los maestros ya nombrados, incluía la escuela americana encabezada por el británico Alfred Hitchcock, Howard Hawks y Orson Welles como insignias no menos influyentes que sus colegas europeos: Jean Renoir, Marcel Carné, Jacques Tati, Robert Bresson, Jean Cocteau, Luis Buñuel, Max Ophüls, o Jacques Becker.

2.El contexto político en el que se gestó la Nouvelle Vague es posible cifrarlo entre las brasas humeantes de la posguerra y la crisis desatada por dos contiendas que marcaron la agenda bélica francesa entre 1946 y 1962: Indochina y Argelia.

El gobierno de Charles De Gaulle incentivó, mediante su ministro de cultura -nada menos que André Malraux- una gestión cultural favorable a la producción y distribución de uno de sus orgullos artísticos inalienables: el cine. El país de Lumière, siempre sensible a la efervescencia vanguardista, marcaba el compás de la evolución formal del lenguaje cinematográfico desde los años ´20 y fue, justamente, la meseta creativa de la industria (el cinema de qualité denostado por Truffaut) el detonante, como ocurrió en otras cinematografías europeas, la que aceleró el advenimiento de la Nouvelle Vague.

La diferencia más nítida entre la nueva ola francesa y los aportes concluyentes operados en otras cinematografías europeas es la tradición. Francia había sido, desde la alborada del siglo XIX el epicentro de todas las búsquedas formales en el fértil terreno de las expresiones artísticas. Los ismos que reescribieron la historia de las artes plásticas, la música y la literatura acompañaron el emplazamiento mítico de Paris como faro y consecuentemente meca cultural. La ville lumiere –apelativo que obedece al dato histórico de haber sido Paris pionera mundial en materia de alumbrado público en el siglo XVII no por razones estéticas sino como estrategia para reducir el alto índice de criminalidad según cuenta la leyenda- fue desde los tiempos de la Ilustración el destino elegido por los becarios y los artistas bohemios para intentar la ruta de la consagración. La fotografía y después el cine documentaron ese proceso evolutivo. La fuente de sustentación de la Nouvelle Vague eran dos: la cinemateca (santuario donde se ordenaba, clasificaba y almacenaba el patrimonio cinematográfico custodiado por Henri Langlois) y las bibliotecas -donde como testimonió Alain Resnais en una de sus obras más cautivantes- se atesoraba “toda la memoria del mundo”. Convergían estos veneros en un hombre cuya influencia fue decisiva en la germinación del análisis y valoración del cine moderno: André Bazin.

El estudio de la Nouvelle Vague con todos sus reproches y ponderaciones remite a una institución: Cahiers du Cinema y, especialmente a Bazin, su fundador. La crítica, acusada frecuentemente de ser un fiel exponente de la esterilidad creativa- constituyó la academia y el laboratorio donde se formaron: Truffaut, Rohmer, Chabrol, Godard, Rivette… Hasta la lectura menos atenta de ese legado indica la afición bibliófila de estos jóvenes aspirantes a realizadores que repartían el tiempo entre los libros y el cine. Rezagos de esas efusiones pueblan las obras inaugurales de Truffaut, Rivette y Godard aunque las citas y los homenajes son frecuentes en todas las obras de la nueva ola francesa tanto como las tomas rodadas desde vehículos en movimiento que se desplazan por las calles de Paris entre la pincelada vehemente y la reinvención poética. Cada espectador hará su propio montaje al respecto pero resulta difícil soslayar el altar precario que en Los cuatrocientos golpes el pequeño Antoine Doinel edifica en honor a Balzac o aquel personaje de Los carabineros incapaz de distinguir la realidad de la imagen proyectada en la pantalla y cuyo deslumbramiento desmantela literalmente la función.

El aura revolucionaria de la nueva ola francesa conserva su fuerza de atracción porque como bien señaló el historiador de origen británico Mark Cousins: “nunca antes habían sido los planos y los cortes tan admirados por su propia e intrínseca belleza”[1]

(Continaurá)

     [1]Cousins, Mark  Historia del cine , Barcelona, Blume, 2017

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Gustavo Provitina
Es Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Docente en el UNA y en la FBA (UNLP). En 2012 estrenó el largometraje El Sur de Homero en el Fesaalp. Desde 1999 conduce el programa Los misteriosos espejos por LR11 Radio Universidad. En 2013 ganó el primer premio en la categoría ensayo por el libro El Cine-Ensayo de El Fondo Nacional de las Artes. Colaboró en la revista Contratiempo, Todo es Historia, Pichuco, Guregandik y El extranjero. Desde 2009 publica en el blog Contraplano71.

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