LA PELÍCULA EN MI CABEZA

El autor analiza los aspectos que hacen que un guion cinematográfico pueda resultar atractivo y convocante para los espectadores.

De la misma manera que existe el tiempo fílmico cuya percepción está ligada al ritmo del film, también pareciera haber una distorsión en nuestra percepción entre lo que sucede en sí en pantalla y lo que queda en la mente de quien lo ve. La primera analogía que se me viene a la mente es la típica situación en la que uno trata de recordar lo sucedido la noche de año nuevo en la cual tuvo encima unas copas de más y luego un amigo le cuenta lo sucedido. Uno tiene en mente una versión de los hechos, real para el que lo cuenta, que en realidad es inexacta a cómo sucedieron las cosas.

Fue a través de experiencias personales con dos piezas audiovisuales que reparé en esta cuestión y luego me puse a pensar -que es lo que más me interesa en este punto- la cuestión de si es posible escriturar este guión paralelo que se produce en mi cabeza de la misma manera que se escritura el de las acciones. Ya que, como mencioné anteriormente respecto del tiempo fílmico, uno puede con antelación pensar y diagramar el ritmo con aceleraciones o desaceleraciones e incluso saber qué imagen poner en pantalla para producir intensidad o simplemente mediante el montaje (cambiando así la percepción del tiempo), me pregunté cuál sería el método para inducir a esta otra historia.

Recuerdo que no hace mucho volví a ver la película alemana La historia sin fin (Wolfgang Petersen, 1984). Habiendo pasado más de veinte años desde la última vez que la ví, en mi mente tenía recuerdos que coincidieron poco con lo real. Lo primero tiene que ver con la extensión del film, que dura una hora y media. Si antes de volverla a ver me hubieran preguntado cuánto pensaba que duraba la película, hubiera agregado media hora más como mínimo. El segundo recuerdo tiene que ver con el gusto. Uno de mis personajes preferidos era el caracol de carreras gigante. Nuevamente, si me hubieran preguntado cómo era ese personaje seguramente habría hecho una lista de características y de situaciones describiéndolo de manera tal que posteriormente en pantalla no se verían reflejadas. Esto es similar a un término aprendido durante la carrera de profesorado. En pedagogía se utiliza la expresión efecto Jourdain para hacer referencia a cuando el profesor le adjudica saberes al alumno que en realidad no tiene. Volviendo al caso del film, le hubiera adjudicado cualidades que en realidad no tenía. La razón exacta de esto todavía sigue siendo un misterio para mí.

Uno tiende a enamorarse de eso que le gusta. Quién alguna vez no ha estado enamorado de una persona a la que idealizó, con características que en realidad no tenía o eran muy distintas al verlas con el tiempo. Entonces: la respuesta es fácil de decir, aunque complicada de llevar a cabo. Como guionistas debemos enamorar al espectador.

La otra pieza audiovisual fue la serie Game of Thrones, en donde, luego de ver por tercera ocasión hasta la séptima temporada, noté que la historia de amor entre Jon Snow y la salvaje Ygritte no era tan espectacular como recordaba. Se me ocurrió buscar en qué momento exacto los personajes se enamoran viendo sólo sus escenas. Al hacer esto, noté que de hecho eran menos escenas de las que recordaba y, por sobre todo, que el surgimiento del amor no se sostenía en materia de verosimilitud, desprendiéndose de las acciones que se muestran. Es que, mediante las secuencias de tramas distintas en medio de estas de amor -que funcionan a su vez como dilatadores-, es nuestro cerebro el que termina agregándole o modificando a nuestro agrado dichas situaciones para “cerrar el cuadrado”, en comparativo con la ley cierre o cerramiento de Gestalt (para utilizar un concepto de la psicología de la percepción).

La respuesta a la que arribé de si era posible escriturar esta historia que no transcurre en pantalla pero sí en mi mente (la película en mi cabeza), debería develarse primeramente entendiendo cuándo pasa esto. La respuesta subyace en las líneas anteriores. Uno tiende a enamorarse de eso que le gusta. Quién alguna vez no ha estado enamorado de una persona a la que idealizó, con características que en realidad no tenía o eran muy distintas al verlas con el tiempo. Entonces: la respuesta es fácil de decir, aunque complicada de llevar a cabo. Como guionistas debemos enamorar al espectador. Un objetivo claro pero para nada sencillo. Si bien de lo que cada uno se enamora es completamente subjetivo, se puede llegar a grandes masas con generalidades, básicamente con dos elementos: el personaje y la trama. Aclarando que uno puede quedar atrapado por la estética o el montaje -como por ejemplo las escenas de comienzo de la serie de Netflix Better Call Saul-, con puestas de cámara y planos que nos remiten a lo más independiente del cine, pero eso al espectador promedio no le llega de igual manera que la trama o el personaje.

En cuanto a la trama no diré demasiado. Para eso habría que pensar a qué público va destinada la historia -de qué país, de qué región-, conocer los temas de interés del momento. En otras palabras realizar un estudio de mercado.

La situación con el personaje es diferente. Posiblemente suceda que dos actores interpretando el mismo papel no generen lo mismo, por lo que asumo que una parte fundamental se la lleva el intérprete, cuyo carisma o presencia puede ser inherente a las líneas que lo describen en la previa de su armado. Lo que se conoce como el toque del actor. Pero otras cuestiones sí se pueden prever.

Un personaje no se describe a sí mismo por lo que hace, un personaje se describe por cómo hace eso que hace: imagínense a Jack Sparrow entrando a un bar y pidiendo una cerveza; ahora imagínense a Terminator haciendo exactamente la misma acción utilizando las mismas líneas de diálogo. Es importante también que el personaje tenga ideales de vida, diferenciándose en este punto de ideología política, que también podría ser utilizado (pero las cuestiones en política a veces terminan siendo binarias, descartando de antemano a un sector del público.) Una manera sencilla de ejemplificar la cuestión de los ideales es Hakuna matata. Las películas para niños terminan por ejemplificar todo de manera más sencilla. Sin ánimo de detallar la construcción de un personaje, creo importante señalar que una pre-historia que termine por justificar el accionar es fundamental para generar empatía, factor primordial para el “enamoramiento” (dependiendo de cuán desarrollado esté y, sobre todo, el modo, funcionará o no.)

Concluyendo: si bien calculo que es imposible escriturar qué es exactamente lo que quedará en la memoria, es posible mediante estrategias de escritura atrapar al espectador de modo que este termine por cerrar el cuadrado o atar esos cabos sueltos que a veces quedan en el guión, en base a la película hecha en su cabeza (por ejemplo, justificando argumentalmente un oso polar en Lost.)

Nahuel Cheruse nació en La Plata, es Licenciado en Comunicación Audiovisual y Profesor en Comunicación Audiovisual, egresado de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP.

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