LA STRADA: UN POEMA ENTRE DOS CAMINOS

El autor retoma una idea del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante para reflexionar sobre La Strada, clásico indiscutido de Federico Fellini.

La Strada es lo que muchos intentan y pocos logran: un poema.”
Guillermo Cabrera Infante

1. Si La Strada (1954) es un poema —tal como advirtiera Cabrera Infante— lo es en el sentido que otro escritor, Gaston Bachelard, ofrendara a la palabra poesía: una metafísica del instante. Toda metafísica está destinada, acaso por definición, a ahondar los planos menos nítidos de nuestra conciencia. Eso logra hacer La Strada al oponer la crueldad instintiva y rapaz de un trashumante elemental como Zampanó (Anthony Quinn) a la frágil y delicada Gelsomina (creación consagratoria de Giulietta Masina).

La Strada es un poema, eso está fuera de toda discusión, cuya semántica parece remitir al origen humano de los sentimientos. Un poema es también la caída vertical de la palabra, el íntimo trayecto hacia una revelación apenas sugerida por lo dicho. Si la strada es una carretera —tal como su nombre lo indica— transitada por Zampanó y su carromato encadenado a una moto menguada pero fiel, culmina en un precipicio progresivo cuyos abismos prometen acaso el desenlace más temido: la cristalización de una soledad sin horizontes. El estímulo narrativo germinal, según contó Fellini, provino de la azarosa observación de una pareja de gitanos que comían en el claro de un bosque junto a una carreta destartalada. La pareja se ignoraba con la domesticación de la rabia. Los hilos de la comunicación yacían disueltos. Ese fue el primer verso entrevisto por Fellini para amasar el corazón de su película-poema. La instantaneidad metafísica que hace de ese film una poesía está presente en la candente sucesión de cada gesto.

La Strada comienza y culmina con el mismo espacio: la playa, es decir, el mar. En la primera escena Gelsomina es interrumpida, bajo el sol del mediodía, en su caminata hacia la orilla; en la última Zampanó cae derrotado en la arena, fulminado por la evidencia abisal de su egoísmo, rodeado de ausencia, tumbado fatalmente bajo la inclemencia de la noche. Fellini siempre se declaró reacio frente a la tentativa de interpretar simbólicamente sus imágenes. El mar es el mar en un plano del maestro italiano o en un poema de Éluard pero cuesta no ver en el oleaje lejano de la escena inicial una promesa frustrada de libertad y en la marea revuelta de la última una catarsis tardía sin esperanzas de liberación. El mar también fue testigo —a mitad de camino, cuando todavía la tragedia podía evitarse— de la declaración de amor de Gelsomina: mi familia eres tú y del rechazo despiadado de Zampanó capaz de desviar esa sincera carga de afecto hacia su único objetivo: la vulgaridad y el escarnio.

La Strada es un poema que permite avizorar el punto de encuentro de dos géneros: los relatos de carretera (road movies) y el melodrama. El primero de esos géneros obedece a la estructura espacial: los caminos polvorientos, el itinerario aventurero, la ausencia de un punto de llegada; el segundo remite a la dinámica temporal de un contraste de caracteres opuestos condenados a una fricción disolvente sin atenuantes ni destino. La polaridad de estos sentimientos se vuelve más evidente no tanto por la consistente brutalidad de Zampanó sino por la bondad angelical de Gelsomina. Ninguno de los dos es de este mundo: Cabrera Infante veía en ese hombre destinado a repetir un solo truco, la representación de un estadio pre-humano, acaso comparable al primitivismo inicial de los cavernícolas; Gelsomina, por otra parte, es de una benevolencia absoluta cuya pureza solo puede hallarse en el plano etéreo de los ángeles. En los melodramas la luminosidad de la bondad sucumbe ante el cruce oscuro e inevitable con su opuesto. Eso mismo sucede en La Strada, y se potencia y estalla con la aparición de un personaje que reúne la frontalidad de Zampanó mezclada con una pizca de la mirada aniñada de Gelsomina y a la vez con una inteligencia punzante y dolorosa: Il Matto (el Loco) interpretado con indiscutida solvencia por Richard Basehart.

El Loco es el comodín de un mazo despiadado: resume en torno a su persona la destreza física de un equilibrista —suprema ironía tratándose de un maniático— y la sensibilidad de los payasos, los músicos, los inclasificables moradores de la gracia. Una vez constituido el trío —cuya base es Gelsomina, destinada a soportar el peso derivado del enfrentamiento entre la brutalidad y la perspicacia desbordada— el melodrama está servido con la muerte literalmente en el camino.

La Strada también puede pensarse como un compendio que contiene toda la poética de Fellini: las procesiones con su puesta en escena de la fe; el microuniverso de los circos; los pueblos provincianos con sus plazas proclives al sainete; la incomunicación; los personajes marginales o destinados al fracaso; la magia o lo fantástico disputando el centro real de lo cotidiano; la nostalgia irredimible de quien se sabe malogrado; la soledad como horizonte liminar.

La Strada es un poema que permite avizorar el punto de encuentro de dos géneros: los relatos de carretera (road movies) y el melodrama. El primero de esos géneros obedece a la estructura espacial: los caminos polvorientos, el itinerario aventurero, la ausencia de un punto de llegada; el segundo remite a la dinámica temporal de un contraste de caracteres opuestos condenados a una fricción disolvente sin atenuantes ni destino.

2. Soy un tipo realista por eso todo lo que cuento es irreal. Esa afirmación de Fellini puede ser aplicada parcialmente al conjunto de su obra. La irrealidad que refiere es una licencia poética de una realidad que comprende, también, zonas cercanas a las deformaciones del grotesco o a los vaivenes del racionalismo acosado por las mordeduras de lo imaginario o de lo utópico. ¿O acaso la locura o lo ilusorio no son provincias perdidas de la realidad? Cuando Fellini reconoce en La Strada una tentativa “de encontrar la comunicación sobrenatural y personalista entre un hombre y una mujer — Zampanó y Gelsomina que por su naturaleza parecen destinados a no comprenderse nunca” menciona sin buscarlo las complejas, variadas y múltiples aristas que entrecruzan los hilos de la realidad. Probablemente la irrealidad en el difuso programa narrativo de Fellini pueda pensarse como una ampliación de la realidad mediante la alteración o debilitamiento de la construcción lineal provista por el determinismo o la causalidad.

El componente más asombroso de La Strada acaso haya que buscarlo en el recorrido de la doliente melodía de Nino Rota cuyo intercambio de El Loco a Gelsomina y de esta a Zampanó parece representar el arco de transformación que va de lo primitivo a lo sublime, de lo bestial a lo definitivamente humano.

La purificación espiritual es un fenómeno del aire, llega a través de las ondulaciones sonoras, de esa vibración etérea proporcionada por una trompeta. El leit motiv ha sido donado inicialmente por un violín demasiado pequeño y demencial para pertenecer al reino de este mundo. Es un fenómeno del aire como lo es Gelsomina —un nombre con olor a jazmín— tan apegada al reino de lo vegetal que no puede evitar la saludable tentación de plantar tomates en cada páramo ocupado durante su infortunado recorrido. Gelsomina ha sido vendida por su madre a Zampanó para sustituir a su hija Rosa, fallecida en circunstancias misteriosas durante una oscura travesía fatalmente cumplida junto al hombre que desafía con su pecho la fuerza de todas las cadenas.

Sacar pecho es lo que sabe hacer Zampanó en su intento siempre frustrado de cautivar por la fuerza. Sacar pecho es un gesto de altivez; poner el pecho, es decir abrirlo, constituye un atributo de grandeza espiritual. Las cadenas que rompe Zampanó fueron hechas para ese fin, por lo demás, destruir es lo único que sabe hacer. El hombre primitivo no ha desarrollado la facultad de pensar, la impulsividad se anticipa y sustituye a la reflexión. Gelsomina se lo dice sin reparos: “Eres un animal. ¡No piensas!”. Para pensar hay que sentir. Zampanó carece de ese atributo o lo posee en un estadio atrofiado o primordial.

Una noche su memoria despertará en la evocación ondulada de una melodía capaz de romper el hechizo ancestral, los eslabones que aprisionan su conciencia y por fin Zampanó abrirá el pecho en un gesto de inesperada humanidad sin la necesidad de sobreactuar una fortaleza demasiado obligada para ser real.

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Gustavo Provitina
Es Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Docente en el UNA y en la FBA (UNLP). En 2012 estrenó el largometraje El Sur de Homero en el Fesaalp. Desde 1999 conduce el programa Los misteriosos espejos por LR11 Radio Universidad. En 2013 ganó el primer premio en la categoría ensayo por el libro El Cine-Ensayo de El Fondo Nacional de las Artes. Colaboró en la revista Contratiempo, Todo es Historia, Pichuco, Guregandik y El extranjero. Desde 2009 publica en el blog Contraplano71.

3 Comentarios

  1. Hermosa nota. Me impresiona la detección de la melodía como el hilo humanizante en ese entorno desolado, no lo había pensado pese a verla mas de una vez. Felicitaciones. Creo que “el loco”, si bien no juega como símbolo, ha sido calcado en sus caracteres de un antiguo arquetipo esotérico, el 0 del tarot

    • Buenas tardes Román.

      Agradezco la precisión de tu comentario y lo valoro especialmente porque me permite también manifestarte el placer que la lectura de tus enfoques siempre me preduce. Temgo presente “Cine, razón, imagen” porque la pasión comprometida del cinéfilo que sos está perfilada, modelada por una escritura diáfana y fecunda en ideas y en referencias esenciales. Un fino hilo de nostalgia nos acerca. Gracias por tu valioso aporte a la reflexión del cine que nos piensa. Te mando un fuerte abrazo. Muchas gracias.

  2. Gracias, y a titulo de intercambiar flores te cuento que una compañera de trabajo me mostró tu programa de la materia en el Colegio Nacional. Morí de envidia, iría como oyente sino fuera que alguien de 60 años llamaría un poco la atención.

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