LAS INTERMITENCIAS DE ALGÚN QUE OTRO CORAZÓN

Dos escribas de esta revista aunaron esfuerzos para pensar las claves de la comedia romántica, género que intentan recuperar de las fauces del prejuicio.

 

Nota escrita conjuntamente por Irene Cambra Badii y Pablo Osorio

 

Si nuestro criterio fuera pesimista en exceso, diríamos que los espectadores de las comedias románticas corren el riesgo de sufrir eso que derivó en que Emma Bovary llegara a hacer fondo blanco con un tarro de veneno; eso, que en biología, química, teoría literaria, psicología, astronomía, anatomía, metafísica, tenis, rugby, pelota-paleta, judo, el Quijote, el Tristham Shandy, Las palmeras Salvajes, la FIFA, la OUCRA, la CHT, la CTA, Francia, Catalunya, New York, Ezpeleta y en algún lugar más llaman Bovarismo. Que no es ninguna pavada, ah no, el bovarismo es ese ánimo, anhelo y, si se quiere, imprudencia, de querer vivir esas ficciones que se han consumido (en el caso de Emma, las de las novelas románticas; en el caso de Alonso Quijano, las novelas de caballería). ¿Pero para qué llevar a juicio sin posibilidad de alegato de defensa a un acusado que es culpable de antemano? Para nada, la crítica ha confinado esta hectárea de cine a un calabozo entre las películas clase B y las de terror; y hoy quizá no sea el momento del mundo en el cual las comedias románticas tengan mejor salud o condición física envidiable. Lo que sí aseguramos es que siguen ahí.

No hay muchas hoy, y las que surgen no son realmente tan buenas, pero son ellas mismas; fieles a pesar de cualquier cambio esperable, a un esquema que podríamos llamar súper-archí-cuasi-decimonónico-sigloveinteañero-4.0-canónico, por el cual: “Chico (chica) conoce a Chica (chico) o ya se conocían de antes, uno de los dos se enamora y se enfrenta con un obstáculo, rival o peripecia que los separa de su objeto de amor para derivar en una escena final con beso y promesa de felicidad, con canción melódica de fondo o separación amarga y melancólica”. Es importante tener en cuenta este canónico-4.0-sigloveinteañero-decimonónico-cuasi-super-archi esquema, ya que es tomado y cumplido por directores tan disímiles y dispares como:  Buster Keaton con Battling Butler (1926) y El colegial (1927); John Ford con El hombre quieto (1952); Billy Wilder con Amor en la tarde (1957); Jean-Luc Godard con Una mujer es una mujer (1961); Woody Allen con Annie Hall (1977); Nora Ephron con Tienes un e-mail (1998); Rob Reiner con Cuando Harry conoció a Sally (1989); Harold Ramis con El día de la Marmota (1993); Paul Thomas Anderson, Embriagado de amor (2002); Wes Anderson con Moonrise Kingdom (2012) y muchos más. Lo cual nos plantea la seguridad que tiene en sí mismo el género, con relación a poder pensar cómo, a pesar de sus múltiples planteos, no se traiciona la ética de su esquema básico.

Esto no es una película romántica

Como sabemos, se ha denigrado a las comedias románticas por décadas, con las excusas de su calidad cinematográfica, sus guiones predecibles, o el carácter trillado de sus protagonistas. Se ha desacreditado incluso a las películas que, propuestas como comedias románticas, no terminan de satisfacer completamente al género como estructura pre-establecida.

Es que en realidad podemos entender a las comedias románticas como algo más que un género cinematográfico (que es mitad visual y mitad conceptual, como diría Richard T. Jameson) y sobre todo, como algo más que una historia de amor.

El género en sí mismo puede ser considerado como un esquema básico o una fórmula que configura previamente la producción de una narración de acuerdo a estándares industriales (“si ha funcionado la estructura de introducción, nudo, desenlace, en los correspondientes minuto 20, 60 y 90, pues repitámosla hasta el hartazgo”).

Este esquema básico termina operando como etiqueta previa en el contrato con el espectador: antes de ver la película ya sabemos cómo será su estructura, no habrá sobresaltos, la recognoscibilidad de las situaciones, personajes y peripecias serán instantáneas y estaremos siempre tranquilos bajo la premisa básica de que “todo se arreglará al final”.

Poder atreverse a vivir un encuentro verdadero, más allá del desencuentro estructural, es un desafío herculiano que requiere de un trabajo muchas veces extenso en el tiempo y en el espacio. Y las comedias románticas están allí para ayudarnos muchas veces a comprender lo que nos pasa o lo que nos pasó.

Sin embargo, hay algo en las comedias románticas que hace que puedan definirse más allá o más acá de su género. Podría decirse que las comedias románticas no siempre resultan platónicas, es decir, que en su nombre no siempre está la estructura de la cosa. O más bien, como diría Stanley Cavell (1981), que “un género emerge en su plenitud para llevar a término su propio desarrollo interno… no tiene historia: sólo un nacimiento y una lógica”.

Es verdad: las comedias románticas no siempre “terminan bien”. Su finalidad no radica únicamente en la unión o la desunión de dos personas, como en las películas románticas empalagosas, sino más bien en el devenir de la vida de esos dos personajes, que se encuentran y se desencuentran.

Efectivamente, lo que interesa no es un protagonista sino la pareja (de ahí la importancia de buscar actores que tengan química en la pantalla), y la evolución de la misma: la pareja debe conquistarse y conquistarnos en un cortejo lleno de escenas tiernas, risas y suspiros. Podemos pensar, sin embargo, que la comedia romántica comparte muchos rasgos con su primo emo, el melodrama o drama romántico (de vez en cuando histórico), al estilo Titanic (1997), El paciente inglés (1996), Pearl Harbor (2001). Lo que varía entre estos parientes es el tono.

¿Pero cómo se enamoran los personajes de las comedias? La respuesta es larguísima (como para tres tomos de 523 páginas) pero aquí esbozaremos un intento mucho más breve. En primer lugar no es un amor cristiano que se funda y perdura en una muerte, en un sacrificio (el de Jesús, en la religión), el de algún miembro de la pareja en los filmes; ese amor queda para las comedias románticas a secas, para la Kate Winslet que mira al Di Caprio congelado caer al fondo del océano en la indeleble Titanic (1998); para el Keanu Reeves que no dice ni “a” cuando se le va Charlize Theron toda con cáncer en Dulce noviembre (2001); o incluso para Clint Eastwood avanzando con semáforo en verde en Los puentes de Madison (1995), mientras Meryl Streep lo mira incomprendida por su esposo (incomprendida por su esposo ¡qué tristeza!).

Retomando nuestras disquisiciones sobre Platón, podemos decir que el amor de las comedias románticas es un amor platónico, y no esa idea de amor devoto del amor cortés que cantaban los trovadores en las cortes de la Edad Media, empezadito el siglo IX en Occidente. Es un amor platónico, sin toda la cháchara del alma y esas frutas, lo es en la profundización del conocimiento; no sólo del otro, de la persona deseada, sino en la fundamentación del conocimiento, en una teorización del amor mismo. De ahí que no sea para nada raro encontrar personajes (socráticos) que postulen tesis y teorías sobre relaciones a personajes inexpertos (Fedros en cuestión), o aparezcan películas como Love Actually (2003) y Simplemente no te quiere (2009), que presentan los periplos de varias parejas a modos de argumentos y contra argumentos, en un diálogo casi de consigna carveriana por la cual debemos preguntarnos: ¿de qué formas reímos cuando reímos repletos de amor?

El color de la risa

Es, efectivamente, algo relacionado con la risa, o más bien con la sonrisa, lo que nos anima a ver comedias románticas. Si quisiéramos únicamente romance, podríamos aniquilarnos con un buen drama romántico, en el cual los protagonistas frecuentemente terminan separados y sufrientes. Y si quisiéramos únicamente reír, la comedia –incluso la comedia de gags– podría ser la mejor alternativa (con o sin historia amorosa, el fin es la liberación por la risa misma). Sin embargo, hay algo en la combinación de ambos elementos (la risa y el amor) que nos permite acercarnos a la comedia romántica desde un lugar diferente.

Es que tanto en la risa como en el amor, podemos experimentar a modo de acontecimiento algo que nos sorprende espontáneamente y que nos deja estaqueados en la mitad del patio.

Este acontecimiento no es cualquier acción. No es cualquier vivencia. Se trata de algo que nos permite acceder a cierta dimensión de la verdad (siempre construida, siempre subjetiva), de aquella verdad propia que sólo vibra en determinadas circunstancias.

¿Y cómo es entonces que se puede unir la risa con el amor, en la verdad del acontecimiento, a través del cine?

Recordemos las palabras de Alain Badiou, en diálogo con Nicholas Troung (“Elogio del teatro”, 2015): “¿Hay que condenar como moralista la risa, la distracción, el divertimento? ¿No es acaso una ética estética lo que Mozart hace que cante Don Giovanni: «Io mi voglio divertir»? Pero ocurre que hay dos modos de la diversión: la que legitima los valores dominantes y la que quería Hegel cuando designaba a la comedia como la forma superior del teatro. La auténtica comedia no nos divierte –señala Badiou–; nos deja en la inquietante alegría de tener que reírnos de la obscenidad de lo real”.

He aquí entonces una clave para poder ver las comedias románticas desde otra perspectiva. Si bien muchos dirán que los valores sociales que reproducen y legitiman son aquellos propios de la sociedad capitalista y patriarcal, hay un trasfondo de la historia que necesariamente tiene que trascender esta cuestión para poder centrarnos en el encuentro. En ese encuentro mágico y espontáneo entre dos personas (¿dónde estabas antes de que te conociera? ¿cómo es que nos hemos encontrado?). Aquellas cosas que hacen mella en nosotros no estarán vinculadas entonces con la diversión en el sentido más banal del término, sino justamente con la sonrisa, con esa inquietante alegría, de tener que vérnoslas con lo real.

Ya decía Lacan (y nosotros hemos repetido hasta el hartazgo) que no hay relación sexual. Este desencuentro estructural entre dos personas, esta imposibilidad de completud o de medianaranjez, es estructural. Poder atreverse a vivir un encuentro verdadero, más allá del desencuentro estructural, es un desafío herculiano que requiere de un trabajo muchas veces extenso en el tiempo y en el espacio. Y las comedias románticas están allí para ayudarnos muchas veces a comprender lo que nos pasa o lo que nos pasó, o proponernos que aquello retratado también puede pasarnos, y a darle palabras o sentido a las experiencias muchas veces nuevas: porque es difícil enfrentarse con lo real del vínculo, pero bien vale la pena vivirlo.

 

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Irene Cambra Badii
Doctora en Psicología y Becaria Post-doctoral del CONICET. Docente de la Cátedra I de Psicología, Ética y Derechos Humanos y de la Práctica Profesional y de Investigación: Cine y subjetividad: el método clínico analítico de lectura de películas y series televisivas de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

1 Comentario

  1. Muy bueno ! La nota recurre a conceptos profundos y los ubica con precisión. Desde amor como absoluto “a priori” hasta el amor como problema o indagación, siempre fue la comedia la mejor vía expresiva, por su distancia inicial. La nota misma se enriquece con introitos de humor inteligente. La ultima de Claire Denis, “un bello sol interior” basada en los “fragmentos de un discurso amoroso de Barthes”, se centra justamente en la ineptitud imaginaria de la “medianaranjez” . Gracias, muy lindo

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