LAS PALABRAS: UNA PESQUISA CRIMINAL

El autor analiza la primera temporada de Mindhunter, serie policial ambientada en la Estados Unidos de los 70s, creada por Joe Penhall y producida por —entre otros— David Fincher.

 

“Parece que ya no sabemos qué mueve a la gente a matar”, se pregunta el agente del FBI Holden Ford (Jonathan Groff). Su rostro adusto y aniñado parece perdido, pero lo que esconde es la búsqueda, ansía saber qué cambió en las mentes criminales.

Estamos a principios de los ‘70 y en el primer episodio asistimos a Holden en lo que parece ser una habitual negociación en una toma de rehenes. El agente domina la situación, hace retroceder a la prensa y comienza el diálogo con el captor; quiere ganar tiempo, quiere hacerlo hablar. La tensión disminuye y el hombre que empuña la escopeta deja a su rehén a un costado. Sin mediar palabra decide volarse la cabeza. Al día siguiente, todavía en shock, el agente Ford es felicitado por su jefe: se minimizaron los daños, todo se hizo de acuerdo al protocolo. Al mismo tiempo, y sin saber porqué, es trasladado al área de formación, donde deberá entrenar a los futuros agentes en Quantico.

La curiosidad de Holden es su motor. Su necesidad de saber lo empuja siempre un poco más allá, su mirada escudriña todo lo que lo rodea, mira el mundo como si lo viera por primera vez. Esta inquietud lo lleva a relacionarse con Bill Tench (Holt McCallany), un veterano de la agencia que trabaja en el área de las ciencias de la conducta.

El agente Tench funciona como un contrapeso idóneo para el ímpetu de Ford quien, a medida que avanza la historia, no muestra límites y comienza a transgredir las normas del FBI. Juntos comienzan a viajar por los Estados Unidos, recorren departamentos policiales a lo largo y ancho del país capacitando a los oficiales locales y colaborando en la resolución de crímenes. En su tiempo libre visitan asesinos múltiples en las cárceles. Un poco a ciegas y otro poco con timidez proponen las primeras categorías para entender a estos criminales: los denominan asesinos en secuencia; meses más tarde comienzan a hablar de asesinos en serie.

Lo más escabroso de Mindhunter reside en la palabra. Salvo dos o tres escenas, no hay grandes momentos de acción al estilo Hollywood: las palabras, sus sonidos, la cadencia de las oraciones están por delante de las acciones; los relatos son la acción, y la espesura en la que se diluyen los hechos es el material que le da corporeidad a los crímenes más aberrantes.

Un juego de palabras

En cada ciudad que visitan los espera una mixtura de policías jóvenes y experimentados que los escuchan atentos, no sin cuestionarlos. En más de una oportunidad son interpelados por los locales que requieren su colaboración para trabajar en casos sin resolver. Esto pone en juego su experiencia — y los conocimientos que van adquiriendo con las entrevistas. El modo de trabajo de los agentes deja atónitos a muchos policías: Holden lanza una hipotesis y Bill responde —afirmando o refutando— con una nueva hipótesis complementaria. El diálogo, la puesta en palabras y la mirada única que construyen estos agentes sorprende por su forma y por los resultados que obtienen. El plato fuerte y truculento de la ficción está en las entrevistas que los agentes tienen con los presos en las cárceles. Guiados por la intuición y embarcados en un proceso heurístico, cada paso que dan es el resultado de la curiosidad y las corazonadas de Ford. Una de las premisas del joven agente apunta a intentar establecer comunicación; no dominarlo, tratar de escucharlo y de buscar un punto en común.

El primer entrevistado es el asesino Edmund Kemper, conocido también como el asesino de señoritas, quien rápidamente empatiza con Ford. Kemper comienza a narrar con lujo de detalles la forma en que mató a sus víctimas, los motivos que lo llevaron a matar a esas mujeres y también narra cómo se sintió antes, durante y después de cometer esos crímenes. La parsimonia con la que relata los acontecimientos espesa el aire y sobrecargan la pantalla de tensión y terror.

¿Adónde quieren llegar los agentes Ford y Tench con estas entrevistas? ¿Es la mente el lugar donde se encuentra el verdadero monstruo que habita en esos homicidas? ¿Estos sujetos nacieron criminales o son el resultado de la vida en sociedad? ¿Qué tan creíbles son las historias que tienen para contar? A través de las entrevistas tratarán de identificar patrones, motivaciones y comportamientos que puedan servir para atrapar a otros criminales y, en el más ideal de los casos, prevenir nuevos crímenes. Partiendo de los acontecimientos, los agentes tratarán de reconstruir lo sucedido. No solo los hechos sino también los sentimientos.

Lo más escabroso de Mindhunter reside en la palabra. Salvo dos o tres escenas, no hay grandes momentos de acción al estilo Hollywood: las palabras, sus sonidos, la cadencia de las oraciones están por delante de las acciones; los relatos son la acción, y la espesura en la que se diluyen los hechos es el material que le da corporeidad a los crímenes más aberrantes. Las palabras elegidas por los asesinos para reconstruir sus propias trayectorias, la descripción verbal de los homicidios y el goce que rodea a la enunciación desatan una tensión que se extiende y contamina todos los ambientes donde transcurre la serie. La mirada de Holden, permanentemente perdida en el vacío, es una prueba de ello.

Ford está preocupado por las acciones de los criminales, a las cuales no les puede encontrar un motivo. Para él son sujetos con los que no se puede razonar. En esta búsqueda apelará a la sociología y a la psicología conductista para obtener respuestas en base a una teoría que está elucubrando: el crimen es el resultado de una disfunción social, un círculo vicioso del que las instituciones mentales y carcelarias son cómplices.

El marco teórico

“¿Cómo nos adelantamos a los locos si no sabemos cómo piensan los locos?” se pregunta Holden, y trata de que sus superiores entiendan la importancia de este trabajo, aún cuando esto implique atravesar y trastocar las buenas prácticas del FBI.

Holden Ford es aplicado, retraído y obsesivo. Cuando su formación deja de darle herramientas decide buscar respuestas en las ciencias sociales, sobre todo en la universidad. Está más atento al lenguaje que a las armas, pretende desanudar los abigarrados laberintos de la mente y concibe al crimen más como un emergente social que como anomalía individual. Bill Tench, su compañero, está formado en la propia experiencia que le dio el conocimiento de los hombres en la guerra. Esta vivencia lo vuelve desconfiado de las declaraciones de los criminales; está convencido que estos asesinos dirán lo que sus entrevistadores quieran escuchar con tal de obtener algunos beneficios en el encierro.

A medida que la investigación crece y los resultados aparecen, los agentes se ven obligados a sistematizar toda esa información. Para ello se conectan con la profesora Wendy Carr (Anna Torv), quien le dará un marco científico a estas entrevistas. Carr cree fervientemente en el proyecto y dejará en suspenso su promisoria carrera universitaria para comandar al equipo de investigación. A medida que los episodios transcurren comenzarán a aparecer menciones a los estudios de Lombroso, a distintos conceptos de Durkheim y una doble referencia a una de las obras más difundidas de Erving Goffman, “La presentación de la persona en la vida cotidiana”. Este último trabajo da una clave para leer mucho de lo que se juega en las entrevistas y que parece unir el mundo personal de los investigadores con el mundo de los criminales. El mayor peligro que corre la serie es la pretensión intelectual de cerrar filas en torno a determinados conceptos. Por suerte, muchos de estos devaneos son superados a través de la visualización explícita y escabrosa de las evidencias de los crímenes.

Las palabras son la puerta de entrada a la psiquis de los asesinos, pero también la fachada para la mentira. Las palabras son el espacio donde Holden gusta lucirse pero también son el pantano donde suele quedar atrapado. Las palabras son el gancho y la pesquisa, pero también la náusea y el terror. Las palabras son el escenario donde se entreteje el mundo y la violencia en Mindhunter y, lejos de volver tedioso o lento el discurrir de la historia, esas palabras serán el alimento de decenas de pesadillas nocturnas.

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Mindhunter fue creada por Joe Penhall y está basada en el libro Mind Hunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit de John E. Douglas y Mark Olshaker. Entre los productores ejecutivos están David Fincher y Charlize Theron. Fincher dirigió cuatro episodios, los dos primeros y los dos finales. La primera temporada puede verse en Netflix y ya tiene una segunda temporada anunciada para 2018 en este servicio de streaming.

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Mariano Vázquez
Doctor en comunicación por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y docente ad honorem en el Taller de Tecnologías de la Comunicación en la misma casa de altos estudios. Investiga en temas asociados a la esfera pública y la interactividad virtual.

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