LOS CRUJIDOS DEL JOKER

El autor fue a ver Joker y, ante el comentario de una espectadora anónima, regresando a casa, encendió, como muchos, la mecha del pensamiento. A modo de cierre de esta pequeña saga que hemos querido brindar con esta película que ha marcado el 2019, invitamos a leer estos pensamientos que discurren entre lo social y lo cinematográfico.

 

Cuando terminó la función en el cine, una señora que estaba sentada en la butaca detrás mío exclamó “¡era un vengador social!”. Con esas palabras trazó una diagonal hacia toda una multiplicidad de voces que tienen al Joker como una suerte de fondo de la pared de una caverna platónica en pleno Siglo XXI. La película de Todd Phillips ha resultado ser un lugar donde la realidad hace eco, se expresa, habla, se manifiesta. Millones de personas en el mundo usaron la película para que su eco se expanda por diferentes estratos y sentidos a los que puede dar lugar. Lo que está en la película es toda una serie de elementos que en la sociedad están crujiendo. Al revés: el Joker es el crujir de la sociedad contemporánea, una hipérbole de lo que el mundo puede ser cuando en realidad es casi eso. Y el Joker es, como dijo la señora, el vengador de ese crujir.

 

Un crujido social

 

“Tu estado de control. Tu trono podrido de oro.

Tu política y tu riqueza. Y tu tesoro no.

La hora sonó, la hora sonó.

No permitiremos más, más, tu doctrina del shock”

Letra de la canción “Shock”, de Ana Tijoux

 

La película se estrenó en una coyuntura internacional particular: cuando en multitud de países del orbe estallan rebeliones de masas, movilizaciones enormes por todo tipo de razones. Desde el Líbano contra un impuesto al uso del WhatsApp, pasando por Hong Kong por una serie de demandas democráticas, hasta el sostenido levantamiento popular en Chile contra la privatización general de la vida y por un nuevo sistema político que sepulte la herencia de la última dictadura militar. No hay prácticamente región del mundo que no tenga alguna o varias manifestaciones de rebeldía social. Es un rasgo del momento político global, el regreso de una lucha de clases más directa.

¿Qué expresan estas rebeliones? Más allá de las especificidades de cada país, revelan un hartazgo profundo hacia las condiciones de vida, un malestar acumulado producto de lo insoportable que se ha tornado para millones de personas la existencia en la sociedad capitalista contemporánea. Pobreza de masas, desempleo creciente y precarización laboral en la juventud, restricciones enormes al acceso a la salud y la educación, lógica meritocrática de sobreexigencia en la esfera educativa y en el mundo laboral, superexplotación de los huesos, los músculos y el cerebro en las fábricas. Es el malestar que sobrevuela y estalla en la película. Que atraviesa al Joker y a la población que se subleva haciéndose eco de la venganza que él toma contra lo que tiene a mano. “Maten a los ricos: un nuevo movimiento” titulan las tapas de los diarios refiriéndose a este estallar social. Y son todos esos Jokers reales que vemos aparecer en las protestas callejeras de distintos países los que usan esa figura para representar la venganza contra el orden que los atraviesa día a día.

Como expresión de este crujir social el Joker funciona, por eso, como una película-advertencia que podría sintetizarse así: “Si la sociedad sigue funcionando de esta manera va a terminar estallando sin norte alguno”. Porque una cosa es crujir hacia algún lado, como podría ser algún tipo de sociedad superadora a la actual, y otra muy distinta es que el crujido lleve hacia formas de barbarie, desorden social generalizado y falta total de proyecto de cambio social. Porque crujir, estallar no es necesariamente transformar. Transformar requiere cambiar algo por una cosa distinta. Cambiar el capitalismo salvaje del Siglo XXI por un modo de organización no basado en la explotación de los demás. Pero el Joker no es eso. Él y la rebelión que despierta a su alrededor, son más bien la dialéctica negativa de una sociedad que no tiene rumbo y se vuelve sobre sí misma, que repliega la violencia contenida sin norte.

Sin embargo, entre las rebeliones que hoy afloran en el mundo aparece el Joker como parte de algo que busca cambiar “una cosa por otra cosa”, como signo de contestación social en el marco de un proceso de sublevación colectiva que reclama por cambios concretos y bien definidos en sus formas vida. De la misma manera que la máscara de V de Vendetta fue utilizada en las rebeliones de los indignados en el 2011, la cara pintada del Joker es el rostro con el que el cine hace link con las protestas del mundo de hoy.

El crujido interior

De la misma manera que el crujido de la rebelión hace eco, lo hace también el que podríamos llamar crujido del interior. Si lo social se despliega como marco que atraviesa el orden general de la trama, la vida interior y subjetiva del Joker también vive su propio derrotero. Como siempre sucede, el mundo de lo exterior se conecta y convive con el mundo de lo interior. En realidad lo uno y lo otro son pliegues de la misma realidad. Lados del mismo fenómeno.

Como sucede, llamativamente, en Chile. Este país es uno de los que está protagonizando unas de las rebeliones más enconadas de la coyuntura. Entre esas gigantescas movilizaciones aparece algo novedoso y singular: una serie de consignas pintadas en pancartas y paredes que rezan “No es depresión, es el capitalismo”, “Esta era la rabia contenida que callaban con Clona y Fluoxetina”, “Esta revolución me devolvió las ganas de vivir y no es chiste”. Todos síntomas de lo que por abajo se vive en una sociedad donde sobre una población de 20 millones, la inmensa cifra de un millón padecen trastornos de ansiedad y 850.000 sufren de depresión. Son números que están muy por arriba de la media mundial en términos porcentuales. Y hay otros muchos datos. Chile es el segundo país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que más ha aumentado la tasa de suicidios en los últimos 15 años, junto con un incremento elevado del suicidio adolescente. Ni hablar de la suba de la venta de psicofármacos, que se ha generalizado y estimulado su uso como “tapón” para un padecimiento subjetivo fuertemente plegado a la situación de desamparo social, falta de perspectivas de futuro, vacío de sentido existencial.

Vivimos una sociedad que presiona a los individuos en una cruda competencia por la sobrevivencia y el progreso, que refuerza la individuación de las personas hasta hacerlas vivir en formas de aislamiento cada vez más intensas, que enaltece los valores del mérito sin importar las condiciones materiales en que se vive. Un medio social de esta naturaleza incuba una subjetividad que oscila entre la hiperactividad, la sobreexigencia personal decantando en crisis de estrés y, en su límite, cuando se agotan todas las fuerzas físicas y mentales para sobrellevar una vida a esta velocidad… sobreviene el otro polo de estos padecimientos psico-sociales: la depresión.

La comprensión de este fenómeno tiene un agudo abordaje en el filósofo surcoreano Byung Chul Han. Y mencionamos su nacionalidad porque Corea del Sur tiene la tasa de suicidios más alta de los 36 países de la OCDE y en el puesto 10º de los países del mundo, subiendo año a año. Con 50 millones de habitantes, alrededor de 2 millones sufren de depresión, cifras similares de las de Chile en porcentajes. Todo un contexto que, evidentemente, le ha servido a Chul Han para asimilar esta cruda realidad de la sociedad contemporánea.

Su hilo de pensamiento habla de una “sociedad del cansancio” donde la hiperexplotación del trabajo y las formas de vida alienadas en las grandes urbes, las ciudades Góticas de este siglo, desencadenan una subjetividad devastada. En Psicopolítica dice: “El régimen neoliberal introduce la época del agotamiento. Ahora se explota la psique. De ahí que enfermedades como la depresión y el síndrome de burnout acompañen a esta nueva época”. (…) La permanente optimización personal, que coincide con la optimización del sistema, es destructiva. Conduce a un colapso mental.” (Psicopolítica; 2014: 72). El colapso, el crujir, el estallar. Pero dentro del individuo. Porque cuando el crujir se pliega sobre la propia subjetividad y no se procesa con los otros, entablando vínculos inter-personales, permitiendo una sociabilidad que dé lugar a que el padecimiento pueda ser sobrellevado e incluso superado, se configura un estallar sobre sí mismo. Es el Joker al principio de la película cuando le pide más medicina a la asistencia social, cuando aún no se había “liberado”, y aun quería seguir estallando sobre sí mismo, conteniendo dentro de sí todo el padecimiento.

Pero la realidad plegada sobre sí, a lo largo de la película, se va desplegando sobre el mundo. Y la furia, la tristeza, la rabia contenida empieza a salir. Es lo que Arthur expresa como un desahogo, que claro está, toma la forma de una venganza contra los que él interpreta que habían sido parte de los que le hicieron directamente mal (como los jóvenes ricos del subte o el comediante rico de la TV) o por ayudar a calmar su malestar (como la asistente social asesinada al final). Este desahogo personal, que en lo social toma la forma de la rebelión, es la rabia estallada de las pancartas de Chile y es la transformación de Arthur en Joker por las calles de Ciudad Gótica. A esto se refiere Byung Chul Han en su libro La sociedad del cansancio, cuando señala que “La rabia cuestiona el presente en cuanto tal. Requiere un detenerse en el presente que implica una interrupción. Por esa condición se diferencia del enfado. La dispersión general que caracteriza la sociedad actual no permite que se desplieguen el énfasis y tampoco la energía de la rabia. La rabia es una facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo.” (La sociedad del cansancio; 2010: 85).

Pero contra esta idea escéptica de Chul Han en torno a la capacidad de la sociedad actual de “no permitir” que la rabia se despliegue, en Chile como en Hong Kong está más viva que nunca. Como dicen muchos manifestantes chilenos: “Nos quitaron tanto que perdimos el miedo”. Y cuando este sentimiento paralizante se cae se abren las puertas para que la rabia contenida pueda dar lugar a la acción. Si en el Joker esa acción es la violencia del asesinato, la eliminación del otro odiado; en las rebeliones la acción es la ocupación de la calle, el tomar los asuntos políticos en las manos por fuera de los tiempos muertos de los palacios. La rebelión para abrir las puertas de la historia cerrada por el repliegue sobre sí de una subjetividad oprimida.

Cuando el Joker, ya “desahogado”, luego de ser despedido en el trabajo de payaso, modifica el cartel que decía “No olvides sonreír” por “No sonrías”, y minutos después dice que “es muy difícil ser feliz siempre” está negando la forma exterior de la felicidad. Porque una cosa es ser feliz, sentirse feliz y otra cosa muy distinta es responder al teatro de representaciones y actuaciones que pide el mundo social.

Los crujidos de la felicidad

Entre la exterioridad social y la interioridad subjetiva existe un pliegue de unidad fuertísimo y altamente problemático en la película. Se trata de la cuestión de la felicidad. De una felicidad que no emana de la propia interioridad como deseo espontaneo, claro y concreto del individuo y su proyecto de vida. Al contrario, de una felicidad que viene desde afuera y que funciona como un imperativo categórico en tanto mandato social que el sujeto debe seguir, imitar y reflejar en su vida cotidiana.

En el decorado social que se monta para los ciudadanos de Ciudad Gótica, como las de cualquier metrópolis contemporánea, existe un programa de televisión ordenador de la felicidad social. De la forma en que debe ser vivida la experiencia de “ser feliz”. En la escena donde Arthur “participa” del programa desde el público le dice al conductor que “mi madre siempre dice sonríe y pon tu mejor cara. Dice que vine a repartir dicha y alegría”. Una madre que de apodo le dice “Happy”, inscribiendo en su mente la forma en cómo debe ser y parecer. Y se lo dice a alguien que padece una enfermedad que cuando se siente mal (o nervioso o quiere llorar) en su lugar se ríe a carcajadas sin poder controlarlo. Una suerte de risa peristáltica, donde se expresa en su reír el sentimiento opuesto al que está por dentro del individuo. Es una risa que oculta, que disfraza la tristeza de Arthur. Por eso es una risa que lo desgarra, que se le vuelve insoportable y que recién podrá decirse que “ríe de verdad” cuando se transforme en Joker y saque el dolor de adentro hacia afuera.

Bajo una sociedad capitalista competitiva, ser feliz significa ser exitoso, alcanzar una meta reconocida por el orden establecido como válida y correcta. Por eso no se puede/debe ser feliz simplemente “siendo uno mismo”, o “disfrutando las cosas que a uno le gusta”, etc. Pero la realización de ese mandato social no siempre puede ser garantizada por las condiciones materiales de existencia de los individuos. Por ejemplo, en la Argentina de los últimos 30 años existe, con subas y bajas, una población estructuralmente pobre de no menos de 30%. Un enorme condicionante global sobre el que ya funciona la economía que impide realizar todo un conjunto de elementos que hacen posible un disfrute de la vida. E inclusive para todo otro sector de la población que no vive bajo la pobreza pero si superexplotado por los ritmos de la producción laboral y las crecientes exigencias sociales, la vida se vuelve alienante y el individuo una suerte de zombie social donde el deseo que surge desde adentro no coincide con las realizaciones de su cotidianidad.

Cuando el Joker, ya “desahogado”, luego de ser despedido en el trabajo de payaso, modifica el cartel que decía “No olvides sonreír” por “No sonrías”, y minutos después dice que “es muy difícil ser feliz siempre” está negando la forma exterior de la felicidad. Porque una cosa es ser feliz, sentirse feliz y otra cosa muy distinta es responder al teatro de representaciones y actuaciones que pide el mundo social. Este quiebre, que no es otro que el paso de ser Arthur a Joker, es la rebelión de una forma de felicidad aparente por una forma no obligada, aunque violenta y destructiva. Es la risa al final de la película pintada con sangre.

Otro crujido necesario

El Joker, entonces, es el mundo que la humanidad alienada ha puesto en pie en su último período histórico. El decantar de un laberinto que aparenta no tener salida para retener al ser humano agobiado en sí mismo. Sin embargo, al funcionar como distopía del presente contiene el germen de su oposición. Que funcione como advertencia de hacia dónde vamos si el mundo sigue así también supone que el curso histórico está abierto si se cambia su dirección. Hacia una forma social que engendre una vida que tienda a armonizar el mundo exterior con la esfera interior y la felicidad sea la emanación de ese nuevo orden sin regir como mandato sino como deseo socialmente construido.

 

Imagen gentileza de José Miguel Araya, fotoperiodista chileno. Instagram: @josemiguelaraya

Eric Simonetti es Profesor de Filosofía egresado de la UNLP. Trabaja de docente en escuelas secundarias dictando filosofía. También es delegado sindical del SUTEBA y dirigente del Nuevo MAS (Movimiento al Socialismo) de la Ciudad de La Plata. Escribe frecuentemente para el portal de noticias IzquierdaWeb.

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