MAD MEN: EN BUSCA DEL FUTURO

<Por Daniel Molina>

 

A partir del análisis de una saga de ficción que, según afirma, estuvo cerca del infinito, el autor vuelve a dar centralidad al fenómeno de las series en nuestras páginas.

 

Las series son a la TV¹ de nuestra época lo que hace 200 años fueron los folletines al diario: la ficción que le iba dando un sentido extraordinario a nuestra vida cotidiana. Los Soprano fue el Quijote: la madre de todas las ficciones. Parecía que no se podía ir más allá. Mad Men, sin embargo, nos demostró que era posible traspasar el límite y llegó tan cerca del infinito que ahora sí es inimaginable que otra serie corra la valla. Es al mundo de la ficción televisiva lo que En busca del tiempo perdido fue a la novela: el límite infranqueable.

A partir de Los Soprano ingresa en la TV el héroe que está en una encrucijada ética. Es un jefe mafioso, pero no resulta fácil evaluar su conducta. Simpatizamos con él a pesar de que realiza acciones que nos repugnan. Con Los Soprano el relato televisivo alcanzó la estatura trágica. Necesitamos ficciones para no morir de realidad, pero no todos los formatos nos seducen. Las series se están adaptando mejor que las novelas y los films a nuestra percepción luego de que irrumpió Internet.

Mad Men se permitió mostrar la tensión entre las personas y la época de un modo al que ninguna ficción vanguardista recurrió jamás: el mundo se transforma radicalmente, sin embargo, las personas no. Por primera vez comprendimos el vértigo del cambio: el mundo es otro, pero nosotros permanecemos inmutables. Mad Men hizo con la vieja idea de destino una obra maestra.

Necesitamos ficciones para no morir de realidad, pero no todos los formatos nos seducen. Las series se están adaptando mejor que las novelas y los films a nuestra percepción luego de que irrumpió Internet.

La temporalidad ficcional de Mad Men (1959–1971) muestra el mayor cambio existencial de la Historia: la aparición de la soberanía individual. Al aceptar la soberanía individual, los personajes de Mad Men deben aceptar también cambios en sus costumbres, pero nunca se transforman en lo esencial. Don Draper es el más fiel de todos los personajes a la máscara que él mismo se inventó. Es un genio del engaño porque conoce el deseo que nos mueve. A lo largo de los años, conocimos algunos datos de su pasado. El hombre que aparece delante nuestro fue un invento. Eso nos interpela: ¿somos inventos de nosotros mismos o una manipulación de los demás? ¿Qué precio deberemos pagar por parecernos a nuestro deseo?

Don Draper es el gran artista de los 60, visto según el prisma de Marshall McLuhan. Es capaz de traducir su experiencia a términos publicitarios. Aún más que Warhol, Don Draper capta la transformación conceptual que fueron los 60, el giro espiritual californiano, y se lo vende al mundo. Su obra cumbre, su Gioconda, se devela en el instante final de la serie: es ese aviso de Coca-Cola que sintetiza la Era del Cambio.

Si bien la acción de Mad Men sucede casi toda en Nueva York, la experimentación existencial es en California: la tierra de promisión. Cada vez que los personajes necesitan escapar de una situación agobiante, California aparece en el horizonte. Mad Men muestra a California como la habían visto los beatniks: el laboratorio donde la vida futura estaba produciéndose. Por eso, en el penúltimo capítulo, la serie nos dejó entrever su clave secreta: trataba de las vidas que no vivimos (pero deseamos). Y nos invitó a pensar si no merecemos intentarlo. Un Proust en busca del futuro.

 

¹ Nota originalmente publicada en el diario La Nación el domingo 24 de mayo de 2015.

 

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