MENOS CREDOS Y MÁS TOLERANCIA

El autor fue a ver un documental sobre una banda neonazi en Mar del Plata, al Auditorio de la Facultad de Bellas Artes, en el marco de las actividades recordatorias del 24 de marzo de 1976. Fue reflexionando en el camino de vuelta a su casa ciertos planteos propuestos en el debate posterior a la proyección y a primera hora del día siguiente los discutió un poco en el presente texto.

 

Invitado por un amigo, dirigente de un partido de izquierda, fui a la proyección de El credo, un documental sobre el accionar de cierto grupo neonazi en Mar del Plata en los últimos años, dirigido por Alan Sasiain, integrante de la misma organización política que mí amigo. Me gustaría pensar un poco la película, en términos estéticos y conceptuales tal vez, pero también la charla que se produjo después, en un marco muy politizado, de militantes y simpatizantes del partido político que convocaba, movilizados bajo la consigna de seguir recordando el 24 de marzo, para que no se repita la dictadura de 1976. La película sobre las ideas nazis en la Argentina actual se presentaba como un disparador para repudiar fenómenos autoritarios, como los golpes militares, a lo largo de nuestra historia.

Desde el punto de vista formal la película tiene virtudes. Es compacta, como dijo el mismo director, en la medida que cuenta una historia muy concreta y poderosa: la gestación y el ocaso del grupo “Bandera negra”, jóvenes con ideas neonazis que se organizaron en la ciudad balnearia y cometieron actos de violencia discriminatoria por los que fueron juzgados y condenados a prisión. No parece faltarle ni sobrarle nada a una narración simple pero contundente. Es meritorio, desde mi punto de vista, que el documental recurra a entrevistas a los mismos protagonistas de los grupos afines al ideario fascista. Hay entrevistas a quienes enfrentaron a esos grupos, pero también a los propios ideólogos de la cultura autoritaria. En ese sentido expresa una vocación de diálogo y comprensión del otro, aún cuando nos resulte extremadamente difícil aceptar la apologética de la violencia en que incurren ciertos actores con los que convivimos dentro de la sociedad. Creo que hay un esfuerzo de escucha y tolerancia que es importante destacar.

Me gustó encontrarme con que uno de los entrevistados, víctimas de la violencia del grupo neonazi, era el dueño de un bizarro boliche al que entramos, atraídos por su excentricidad, en nuestra aventura de crítica cinematográfica, con dos amigos de La Cueva de Chauvet, en el último festival de Mar del Plata. Creo recordar que el colega Mariano Colalongo se refiere a ese refugio para almas extraviadas en la noche, en su crónica festivalera para esta misma revista.

El extremismo fascista, que en el caso argentino es capaz de reivindicar la obra de torturadores de la última dictadura militar, existe precisamente cuando el tejido democrático de una sociedad está descompuesto. Es la cara opuesta a la cultura de la escucha y la tolerancia. Es el odio manifiesto y sin inhibiciones hacia quien piensa diferente, y la consumación de una violencia que se pretende justiciera como producto de ese odio.

El amigo que me invitó a la proyección, avezado incitador a la reflexión y a la participación política, en el debate que se armó luego de la película, dijo que la formación de grupos neonazis era inversamente proporcional a los niveles organizativos de la lucha revolucionaria. Donde no había oposición al sistema capitalista, que era el que creaba el caldo de cultivo para estos grupos, el riesgo de que aparecieran era mayor. Yo diría que lo que frena la formación de esos grupos no es la cultura revolucionaria sino la cultura democrática. El extremismo fascista, que en el caso argentino es capaz de reivindicar la obra de torturadores de la última dictadura militar, existe precisamente cuando el tejido democrático de una sociedad está descompuesto. Es la cara opuesta a la cultura de la escucha y la tolerancia. Es el odio manifiesto y sin inhibiciones hacia quien piensa diferente, y la consumación de una violencia que se pretende justiciera como producto de ese odio.

La película, al inicio, lanza una hipótesis de las causas de esos idearios autoritarios en la sociedad, refiriéndose al nivel de degradación económica de la ciudad de Mar del Plata que, cuenta el director al final de la película, posee el índice más alto de desempleo a nivel nacional. El sentimiento de frustración del ciudadano medio muchas veces lleva a un tipo de protesta que se expresa como odio visceral a la política, como odio a la hipocresía de los discursos que pregonan el respeto a las diferencias, pero que en los hechos producen desigualdad.

El director del documental sostenía que la formación de grupos neonazis era un síntoma de que la sociedad tenía un hartazgo. El asunto era cómo direccionar ese hartazgo. Que la protesta tenga un contenido de izquierda y no de derecha. Insisto con que la reivindicación tiene que ser la de que haya más democracia, no sólo formal sino también en las prácticas culturales. Es necesario trabajar en la construcción de una mentalidad anclada en el valor de la tolerancia al que piensa diferente. Los idearios revolucionarios muchas veces obturan la convivencia saludable de ideas y elecciones de vida diferentes, aunque no es el caso de los promotores de la proyección y el debate de El credo, que invitan con la película a pensar y a fortalecer los lazos de comunicación racional que unen a las personas.

 

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Alvaro Fuentes
Álvaro Fuentes es Profesor de Filosofía egresado de la UNLP. Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía, y Cine y Psicoanálisis, en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Co-dirigió La ventana indiscreta, Revista de Cine y Filosofía, junto a Mariano Colalongo. Fundó La Cueva de Chauvet y la dirigió sus primeros años. 

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