MIEDOS SUBURBANOS. SOBRE “CLOWNHOUSE” Y OTRAS PELÍCULAS DE TERROR CON PAYASOS

Mientras la nueva adaptación de It la pasa bárbaro en las taquillas argentinas, en las páginas de La Cueva presentamos el análisis de Clownhouse, una olvidada película de payasos asesinos de fines de la década de los 80s.

 

A mucha gente le dan miedo los payasos. Sin embargo, no son muchas las películas que los usaron para generar terror. Hasta la década de los ochenta era muy difícil encontrar films —masivos o no— sobre payasos asesinos, monstruosos o, al menos, ligeramente perturbadores. De hecho, siempre me llamó la atención que en los setenta, años de exploitations coloridos y variados (negros, sexo, monjas, ciclistas), no haya existido algo como la clownsploitation. En décadas anteriores, los payasos y el cine se relacionaban principalmente a través de la fascinación de Federico Fellini. Hubo algunos otros acercamientos (el gran Pierre Étaix, un bello corto de Jean-Pierre Melville, un drama con Lon Chaney a fines de la década del veinte), pero casi nada en los confines del terror. Ni siquiera tienen un lugar central los payasos en esa genialidad circense de Tod Browning que es Freaks.

Las cosas no cambiaron mucho con la primera versión cinematográfica de It, una exitosa novela de Stephen King de 1986. Estrenada en el canal de televisión ABC en noviembre de 1990, la miniserie, de poco más de tres horas de duración, tenía a Tim Curry haciendo del payaso Pennywise, guión de Lawrence D. Cohen (quien ya había adaptado a King en Carrie, de Brian De Palma) y dirección de Tommy Lee Wallace, un muchacho conocido entre los amantes del terror por haber filmado, varios años antes, la curiosísima tercera parte de Halloween. Digo que no cambiaron mucho porque, en realidad, durante los noventa apenas se realizaron películas de terror con payasos. A It le fue muy bien en televisión y en VHS, y Pennywise quedó como el único ícono de rostro blanco y nariz roja en el horror mainstream. Recién en los últimos años se registran competidores más o menos conocidos, principalmente gracias a Rob Zombie (House of 1000 Corpses y 31) y a Clown (2014), el debut de Jon Watts.

Sin embargo, en los años previos a aquella primera It hubo al menos dos películas de terror sobre payasos que, por diferentes motivos, no gozan de prestigio ni fama entre los amantes del género (y mucho menos entre la crítica especializada o el público en general). El caso más conocido es también el más engañoso: Killer Klowns from Outer Space (1988) no es exactamente una película de terror. Colorido y delirante, el debut de Stephen Chiodo trata sobre unos extraterrestres-payasos que llegan a nuestro planeta para capturar y asesinar humanos. La mixtura de géneros es una de las características sobresalientes de Killer Klowns…, que se inscribe en la línea de comedias de terror típicas de la década (junto a Bad Taste, Gremlins o Evil Dead II) y, al sumarle algunos elementos de ciencia ficción a su combo de clase B, resulta una película más famosa por sus escenas “bizarras” que por el miedo que genera. El otro film en cuestión se llama Clownhouse (1989), y de él me voy a ocupar en las siguientes líneas.

Clownhouse comienza con una pesadilla de su protagonista, y el resto del film —su vida real— será una suerte de extensión de ese horror, donde intentará superar el miedo sólo para descubrir que, sorprendentemente, ahora el peligro de muerte es auténtico y, en consecuencia, el miedo es legítimo.

Clownhouse es el primer largometraje de Victor Salva, cineasta “protegido” de Francis Ford Coppola desde que el director de El padrino vio su cortometraje Something in the Basement (1986) y decidió que el muchacho tenía mucho talento. Poco antes del estreno de Clownhouse, sin embargo, una denuncia por abuso de menores contra Salva —que se investigó y comprobó como cierta, e implicó quince meses de prisión para el cineasta— impidió que la película gozara de éxito o reconocimiento. Clownhouse sufrió doblemente, no sólo porque su director había sido encontrado culpable de abuso y posesión de pornografía infantil, sino porque el abuso se había llevado a cabo durante la filmación de la película y contra su protagonista, el niño Nathan Forrest Winters, de 12 años. Tras salir de la cárcel Salva siguió filmando, todavía apadrinado por Coppola. En el resto de su carrera hubo un éxito (la primera parte de la saga Jeepers Creepers), pero una parte considerable del público y la crítica norteamericanos lo desprecian, y boicotean sus films apenas se estrenan. Lo cierto es que, aunque rara vez se le ha dedicado una mirada crítica seria por haber quedado vinculada a las acciones de su director, Clownhouse merece un poco más de atención.

A diferencia de It o Killer Klowns…, Clownhouse no trata sobre payasos sobrenaturales. La trama puede sintetizarse así: tres hermanos son perseguidos por tres psicópatas disfrazados de payasos. Casualmente, el menor de ellos siente un terror pesadillesco por los seres de nariz roja, y durante gran parte de la película duda si lo que está viendo —él es el único que ve a los payasos asesinos— es real o producto de su imaginación. La película juega con eso, y desarrolla un clima onírico silencioso y sugerente. Clownhouse comienza con una pesadilla de su protagonista, y el resto del film —su vida real— será una suerte de extensión de ese horror, donde intentará superar el miedo sólo para descubrir que, sorprendentemente, ahora el peligro de muerte es auténtico y, en consecuencia, el miedo es legítimo.

Si gran parte del cine de terror de los ochenta trabajó a lo terrorífico desde el sobresalto y el gore, y a los climas oníricos desde el humo excesivo y los colores chirriantes, Clownhouse intenta apartarse de estos lugares comunes para acercarse, al menos por momentos, al despojamiento suburbano de Halloween (John Carpenter, 1978). Si bien el escenario principal de la película —la casa de los hermanos y sus alrededores— se presta para esta sobriedad, Salva incluso logra generar este clima enrarecido en un contexto tan caótico como una feria de diversiones. De hecho, la escena de la carpa de circo, donde el protagonista confunde por primera vez pesadilla y realidad, está entre las más acertadas de todo el film. La estrategia de Salva es sencilla, aunque infrecuente en el cine de terror del período: no hay movimientos de cámara innecesarios y la banda de sonido, en ciertos momentos clave, no está sobrecargada con golpes efectistas.

El horror, en Clownhouse, está narrado desde la subjetividad del pequeño protagonista Casey (Winters). Abundan los planos de Casey sufriendo, ya sea por miedo a los payasos o por temor a ser descubierto teniendo miedo. En otra escena significativa, que transcurre en la carpa una vez terminado el espectáculo circense, Salva se detiene en la mirada del líder de la banda de asesinos (llamado “Lunatic Bippo” en los créditos de la película), con un primer plano de sus ojos mientras se maquilla de blanco luego de asesinar a los payasos reales. Así, la película amenaza con invitarnos a conocer la subjetividad demente de Bippo y sus amigos — amenaza que a los pocos segundos abandona, para volver a poner el foco en los tres hermanos-víctimas y en sus peleas adolescentes. A Bippo solo podemos conocerlo a través de sus ojos, ya que los payasos lunáticos no hablan; comunican el horror a través de sus miradas amenazantes. Acá hay otro gran acierto de Salva y otra referencia a Halloween, donde Michael Myers era, antes que un personaje claramente definido, una expresión abstracta del Mal.

El debut de Salva cae en algunos terrenos evitables que limitan el disfrute: la relación entre los tres hermanos es algo estereotipada (uno es temeroso, otro comprensivo, el otro acosador) y la música, por momentos, apela a un barroquismo innecesario. También hace algo de ruido, en ciertos pasajes, el ensañamiento de la película con Casey. Sin embargo, la delicadeza de Salva para reelaborar sus influencias hace que los problemas de Clownhouse molesten poco. A las referencias a Halloween podemos sumarle, por ejemplo, el notable trabajo de iluminación: las sombras resultan atemorizantes, sobre todo cuando tienen un ligero aire expresionista. Es el caso, por ejemplo, de la escena en que los payasos asesinan al empleado de la casa de dulces en una suerte de depósito-establo. La fotografía del ignoto —también debutante— Robin Mortarotti resalta algunos colores llamativos de forma no-agresiva, a modo de pequeños detalles (la ropa de los payasos, los globos del circo, pero también el buzo amarillo y la campera roja de Casey: aparte de los criminales disfrazados, el único que contrasta con el entorno lúgubre es el niño protagonista).

El guión de Clownhouse no es novedoso ni los diálogos son particularmente brillantes. Salva, un esteta del género —que no explotó su talento al máximo en el resto de su carrera— desarrolla ideas muy sencillas que funcionan como insumos para construir planos y escenas memorables. Un ejemplo: al comienzo de la película, cuando los tres hermanos están yendo a la feria de diversiones, ven dos autos de policía subiendo por una calle a toda velocidad. El diálogo es básico: “problemas en el loquero”, dice el mayor, mirando a los coches, y Casey responde “donde viven los locos” (otra referencia a Halloween: los criminales son prófugos de un psiquiátrico). El plano, sin embargo, es muy bello: los tres hermanos ocupan la pantalla; a la izquierda el mayor, en el centro el del medio, y Casey a la derecha. Los tres están mirando hacia la izquierda, cada uno vestido de un color diferente (azul, verde y rojo), mientras un viento leve les mueve el pelo y los ilumina el sol del atardecer (cuando lleguen a la feria, minutos más tarde, ya va a ser de noche). Como ocurre con clásicos de terror modernos como El exorcista, La masacre de Texas o —otra vez, perdón— Halloween, en Clownhouse importan los climas; importa cómo ilumina el sol, cómo es el barrio donde se desarrolla la trama y si hay tormenta o sopla una brizna suave. También importan la distancia entre las casas y la amplitud de las calles. Clownhouse es, entre otras cosas, un homenaje a la memoria cinematográfica de los suburbios norteamericanos, y Salva parece tener muy en claro que una carta de horror no se escribe solamente con tripas falsas y sobresaltos baratos.

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Alvaro Bretal
Nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires. Es estudiante avanzado de las carreras de Licenciatura en Sociología y Profesorado de Sociología (FaHCE-UNLP). Escribe en las revistas digitales La Cueva de Chauvet, Détour, Tierra en trance y Caligari, y en el portal web indieHearts.

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