MINNELLI, EL FABULADOR

A través de un diálogo, el autor reivindica la obra de Vincente Minnelli, ícono del musical clásico americano, y —por extensión— a la fantasía, la alegría y el color en el cine.

¿Qué es la falsedad? Algún filósofo empezó por ahí. ¿Cómo es que hay algo que no existe pero se puede nombrar, pensar, e inclusive, filmar? Es sencillo, dice usted, es la “representación”. Solo hay cosas en el mundo si alguien las percibe. Ohh, ¡Berkeley!, “Ser es ser percibido”, dijo aquel obispo. Espere, espere, también anduvo por esa zona Descartes, atención. Podemos pensar algo que no es, podemos engañarnos, desconfiemos de los sentidos y recordemos, antes de delirar, al Platón de la alegoría: No todo lo que parece es. ¿Pero cómo? ¿Usted no se enteró de la lingüística, de la semiología? Todo está mediado por los signos, créame, no conocemos nada en modo directo. Ahh… el profesor Kant, ¡cuánta razón tenía! Yo he visto cosas que no ocurrieron, vi una fabula, vi una fantasía, le aseguro que lucía como real. Cuidado con las sustancias. No, le hablo en serio. Mire que ni siquiera lo que “es” se salva. También lo conoce usted por medio de los “conceptos” (otra vez el profesor). Pero si todo lo que existe se convierte en otra cosa, en un concepto, una idea, una imagen, entonces todo es falso. Y… visto así, podría ser. ¿Que sería lo menos falso entonces? Ya sé, es una cuestión de grados. ¿Cómo? Claro, lo menos falso es aquello que no esconde su falsedad y la desafía. Deme un ejemplo. Vincente Minnelli. ¿Minnelli? ¿El esposo de Judy Garland, el padre de Liza? Sí, pero además era director de cine. Es cierto, y qué gran director que dicen que era. Yo vi una película suya en la que nada es cierto, ni siquiera la ciudad donde se filma. Allí París aparece a veces como un cartón perforado, con luces genialmente manipuladas sugiriendo vida en los edificios. Y vi también una falsa fuente alrededor de la cual bailaron unos grupos muy coordinados representando a transeúntes, a una banda militar o a dos enamorados que se decían lo suyo a través de la danza. Y pasaban de una fuente a una esquina, y bajaban a los márgenes del Sena, y todo lo hacían bailando. Y bailaban realmente muy bien —los enamorados— y todos los que los acompañaban. ¿Quiénes eran los enamorados? Gene Kelly y Leslie Caron. Y toda la coreografía, según los créditos, era del propio Kelly, y la música de George Gershwin, nada menos. Ah, qué lindo. Y lo menos real, menos aún que el París de utilería o los sucesos en clave de danza, era mi ubicación en la fábula. Yo me iba moviendo de modo que cuando ellos se encontraban en las márgenes del río, los tenía muy cerca, casi inmediatos. A medida que corrían para intercambiar movimientos cada vez más amplios, yo me iba alejando para poder ver al resto de la compañía que se les sumaba, luego me elevaba y giraba en derredor para apreciar mejor las figuras que describían. Pero sentía, en todo momento, que mis movimientos se subordinaban a la música y a los pases bailados, como si todo obedeciera a un diseño superior e invisible. Había magia en esa sincronía. Y vi además, le cuento, algo que tampoco se ve en la vida real. Los colores de los trajes de Kelly o los pañuelos de Caron armonizaban o se complementaban con detalles sutiles de cada encuadre como un grupo floral o un automóvil estacionado, o la fachada de algún pequeño café callejero. No era París, pero era. No se lo puedo explicar. Hubo momentos en que Kelly hizo cabriolas utilizando un piano, o una escultura. También vi una secuencia donde le ofreció a unos niños brillantes imitaciones bailadas, todas acompasadas por su zapateo preciso e infalible. Qué gran bailarín. En otra de las escenas, el encanto mítico de la ciudad se abría a partir de un dibujo que evocaba a Toulouse-Lautrec, sin que falten, por supuesto, las señales del Moulin Rouge. Kelly y Caron, danzando, me llevaron también al Arco de Triunfo, a la Tour Eiffel, a la avenida de los Campos Elíseos, y a la Isla de París cuyos márgenes, como la proa de un barco, se reúnen al pie de la severa Notre Dame. Me cuesta discernir, entre tantas vistas, cuáles eran artificio y cuáles no. Lo notable es que no me importe. En un momento la fantasía inspirada por la ciudad se tornaba más atractiva que la ciudad misma. No sé cómo pudo pasar. Desde luego, también había una historia, un amor y una dificultad a resolver, nada original, nada nuevo, pero tampoco importante. Lo que hay que admitir es que el baile era real, el juego cromático era real, la musicalidad de la cámara era real, y las notas de Gershwin también lo eran. ¿Me entiende? Lo entiendo, pero toda esa historia, que se conoce como Un americano en París (1951) no era real y ni siquiera era verosímil. Necesitaba, para existir, que usted consintiera el engaño. Ah, sí, no tenga dudas de que me dejé engañar, y con muchísimo gusto. ¡Claro! Usted posee un alma clásica, quizá anacrónica, porque, como dijo Liza, la hija de Minnelli: “Ahora la gente prefiere entretenerse viendo una realidad peor que la propia”.

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Roman Ganuza
Trabaja hace 33 años en el IPS (Instituto de Previsión Social) y es tasador en una inmobiliaria. Lee filosofía desde los 14 años, ha visto muchísimos filmes, sigue leyendo. Es casado con dos hijos, tiene 59 años, Ha escrito ensayos y análisis literarios pero son inéditos.

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