“PARASITE” CON EL DIARIO DEL LUNES EN CUARENTENA

A veces las películas se anticipan a los hechos y los hechos, en ocasiones, son capaces de iluminar nuevas aristas de películas que no los concibieron. Un poco tarde como corresponsales de los premios Oscar, pero al pie del cañón en esta coyuntura que nos tiene absortos y paralizados en nuestras casas.

¿Resulta muy forzado decir que Parasite habla de cierta realidad en cuarentena aun cuando se hizo antes de la llegada del coronavirus? Haciendo uso licencioso de la imaginación voy a tratar de argumentar que efectivamente se pueden pensar algunas claves de lo que estamos viviendo, a partir de la aparición de este nuevo virus en el planeta y sus consecuencias sociales, a partir de la película de Bong Joon-ho. Primero me voy a detener en algunas referencias directas que hay en el film a la paranoia de los sanos ante la presencia de enfermos contagiosos, pero para eso hace falta resumir un poco la trama. En Parasite una familia humilde, los Kim, pone en práctica un plan de cooptación de todos los puestos de trabajo disponibles en una casa de ricos. Para ello tiene que desacreditar a los actuales trabajadores, siendo la más difícil de entre ellos la mucama, que convive con la familia rica, los Park, desde hace muchos años. Los Kim descubren que la mucama tiene alergia a los pelos de durazno y logran generarle una reacción alérgica para que vaya al hospital. La fotografían en la sala de espera y le informan a la señora Park, con la falsa prueba en mano, que se encontraba esperando a ser atendida por tuberculosis. Luego montan una escena de tal manera que, al llegar la señora Park a la casa, la mucama tose violentamente. Finalmente aplican una especie de kétchup en el tacho de basura para señalarla como la sangre que expulsó con su tos.

Los Kim trabajan la paranoia de los Park, llevándolos a creer que la mucama puede contagiar a los hijos, que viven protegidos en esa especie de fortaleza contra todos los males del mundo que es la mansión, de una enfermedad terrible. La forma en que la señora Park mira a la mujer que trabajó en su casa por años desde el momento en que sabe (engañada) que tiene tuberculosis, recuerda a muchas escenas de la película Filadelfia de Jonathan Demme.  El personaje de Tom Hanks (abogado con SIDA que le hace un juicio a la empresa que lo despidió) recibe permanentemente miradas de rechazo a su alrededor. La cámara juega con planos subjetivos que muestran las manchas que tiene en la cara y en el cuello, como si fueran la mirada misma de esos otros que no pueden dejar de pensar en la posibilidad de que el enfermo los contagie. Para seguir con lo anterior, hay otra escena en Parasite que me gustaría destacar. Luego de que el señor Kim (que consigue el puesto de chofer de la familia rica), le muestra la sangre (falsa) en el tacho de basura a la señora Park, y después de que ésta haya despedido a la mucama, juntos acuerdan no contar lo sucedido al señor Park (esposo de la señora Park) y se dan la mano para sellar el secreto. Antes de tocarlo, la mujer le pregunta si se las lavó. Sobre este punto me voy a detener más. Contextualizo un poco: los Kim van tomando puestos de trabajo en la casa de los Park sin que éstos sepan que son miembros de una misma familia. Entre ellos actúan como desconocidos para sostener la farsa de que son personas capacitadas que llegan con referencias propias y experiencia profesional autónoma. El hijo pequeño de los Park, sin embargo, advierte que todos ellos tienen el mismo olor. Los huele y, ante esto, su madre lo reta porque de algún modo los hace pasar vergüenza. En la intimidad del hogar pobre, los Kim piensan cómo pueden contrarrestar esta uniformidad sospechosa de los olores: uno de ellos dice que deberían usar distintos jabones, otro dice que es la humedad de la casa-sótano en que viven lo que se impregna en sus cuerpos y que no puede quitarse de otra manera que dejando de vivir allí.

Me gustaría definir esta especie de lucha de todos contra todos (similar al estado de naturaleza hobbesiano) como un hiper-realismo ontológico: estamos más sensibles a lo que pasa a nuestro alrededor porque todo se vuelve hostil y amenazante. Diría que las diferencias de clase, como las situaciones de riesgo por enfermedades o desastres naturales, ponen en primer plano esta hiper-sensibilidad ontológica. Una suerte de lucha por la supervivencia que expone los rasgos egoístas, competitivos y fundamentalmente de miedo hacia los otros.

Pero en realidad me interesa otro aspecto conectado con el anterior, que tiene que ver con la obsesión del señor Park con el olor del señor Kim, su chofer. En la intimidad con su mujer, pero ante los oídos atentos de los farsantes que se encuentran escondidos bajo una mesa, le dice que el chofer tiene olor “como a rábano viejo”. Le aclara que es un buen hombre, que nunca “cruza la línea”, pero que con su olor sí la cruza. Me quedo con esta idea. De alguna manera, los ricos, en la película coreana, viven una especie de cuarentena eterna, aislados en palacios donde no ocurren las cosas que ocurren en el mundo real, para no contagiarse de ese mundo real, plagado de personas con necesidades, que los rondan permanentemente y amenazan con contaminarlos.

Las escenas de la inundación en la barriada popular, cuando la casa de los Kim es invadida por el agua, me hicieron pensar en la vida en cuarentena de las clases sociales. El día posterior a la feroz lluvia todo el barrio está reunido en una especie de plaza común, sentados al sol, hacinados, siguiendo las instrucciones de agentes públicos con uniforme, esperando que sus casas desagoten ese mar caído del cielo. La escena funciona como metáfora de la vida en cuarentena de los pobres que, al igual que los ricos, tienen sus propios espacios predeterminados en el trazado urbano, generalmente alejado de los barrios acaudalados y con fuertes mecanismos para que esas líneas separadoras mantengan ambos mundos distantes entre sí.

De alguna manera, en la cuarentena toda persona se vuelve amenaza de contagio. Y más si es alguien que tose o estornuda sin taparse la boca. Los contactos se vuelven sospechosos y las miradas guardan una desconfianza vergonzante. Me gustaría definir esta especie de lucha de todos contra todos (similar al estado de naturaleza hobbesiano) como un hiper-realismo ontológico: estamos más sensibles a lo que pasa a nuestro alrededor porque todo se vuelve hostil y amenazante. Diría que las diferencias de clase, como las situaciones de riesgo por enfermedades o desastres naturales, ponen en primer plano esta hiper-sensibilidad ontológica. Una suerte de lucha por la supervivencia que expone los rasgos egoístas, competitivos y fundamentalmente de miedo hacia los otros. Voy a decir algo que sé que es polémico, porque hablar de Szifrón siempre lo es. Para mí la película tiene mucho de Relatos salvajes. El instinto de lucha entre clases, y entre seres humanos en general, es algo que se ve muy bien en la película del director argentino (en Parasite está la lucha de pobres contra ricos pero también la de pobres contra pobres). Cierta brutalidad solapada por formas más sutiles de confrontación pero que finalmente desborda. No voy a hablar del final de Parasite, para no espoilear, pero los desenlaces violentos en Relatos salvajes tenían un elemento de humor que los suavizaba. En Parasite la violencia es pura violencia. Aunque también hay algunos intentos de suavización como cuando la hija de los Kim, en plena batalla campal contra la mucama a la que le están boicotenado el puesto, va hasta la heladera y busca duraznos para frotárselos en la cara (detalle que me pareció brillante). Pero la secuencia final de la película coreana, decía, es pura violencia, similar a la que estamos acostumbrados en los resabidos formatos de películas tanto orientales como occidentales. El exceso de sangre y cuchillada limpia me pareció poco ingenioso para el final de una película que se valió de recursos más versátiles a lo largo de la cinta. Parasite incluso utiliza bandas musicales poco coreanas, como de ciertos folklores europeos, que recuerdan al uso que hace Szifrón de clásicas canciones de la italianidad en Los simuladores. Tal vez haya ganado el Oscar que le negaron a la argentina… listo, me callo. En fin, cosas que uno piensa, como dijo un crítico amigo, porque hipostasía su propia relación con el cine y convierte en preceptos universales experiencias que son de orden netamente particular.

Álvaro Fuentes es Profesor de Filosofía egresado de la UNLP. Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía, y Cine y Psicoanálisis, en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Co-dirigió La ventana indiscreta, Revista de Cine y Filosofía, junto a Mariano Colalongo. Fundó La Cueva de Chauvet y la dirigió sus primeros años. 

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