POSTA…BASADO EN HECHOS DE LA VIDA REAL…CHAMUYO

Primera parte de un especial sobre ficciones basadas en hechos y personajes reales. Aquí, con su habitual desfachatez, el autor postula que la fidelidad con lo retratado está en la sensación que se ha recibido

 

Este grupo de párrafos de apenas discreta coherencia y sencilla monotonía que presento ahorita pueden empezar mencionando a las biopics, pero puede funcionar perfectamente con películas como Viven (1993), La lista de Schindler (1993) y alguna más de esa hinchada, etc. Que en sí, en su mayoría, volviendo a hablar de las películas biográficas, tienen una estructura, una narrativa, bastante fiel a sí mismas, o sea bastante tradicional. Nos encontramos al biografiado, desde gurí nomás hasta el momento cumbre de su trayectoria, pasando por todo un conglomerado de miserias personales (excesos, incomprensión, alguna que otra tragedia, etc. de nuevo) o lo encontramos en el momento cumbre y flashback de por medio repasamos niñez, comienzos, miserias personales con la final consagración y, o, (trágica) muerte, etcétera otra vez.

Y a mí me encantan este tipo de pelis, las miro todas, casi religiosamente sin importar el biografiado, soy como esos peregrinos que ante el rumor o noticia de la aparición de la imagen de la virgen María en una roca me dirijo hacia ella y ante la imagen: creo.

Así donde algunos ven una manifestación del Espíritu  Santo y otros la figuración azarosa de una mujer con un manto en humedad o verdín, yo veo a Joaquín Phoenix (Johnny Cash) diciéndole una frase entre canchera y cursi a June Carter (Reese Witherspoon) en Walk the Line (2005) y le creo. Esta fe, creencia o superstición mía, de cualquiera que mire La vie en Rose (2007) o What’s Love Got to Go With It (1993), es un pilar fundamental para que todos los años se hagan y se sigan haciendo, muchas, de este tipo de películas. Pero este esoterismo personal y público es insuficiente, deja demasiada responsabilidad al usuario. La relación película basada en hechos de la vida real/espectador se parece a un contrato implícito en el que ambas partes dan por descontada la verdad, pero la simulan. Productor, director y actores simulan ser fieles a la entelequia que llamamos verdad y el espectador, Pablo Osorio, en este caso, simula creer que lo que ve en la pantalla realmente sucedió como se lo presentan. Prueba de esto es la cantidad de premios y nominaciones que se entregan a las solidas actuaciones y direcciones de este tipos de películas (sino pregúntenle a Daniel Day Lewis que ganó tanto y Gary Oldman que por entrarse mejor en el traje de Winston Churchill ahora está reacomodando la vitrina de premios de arriba de la chimenea) como si el actor o actriz a los ojos de los feligreses no actuara y directamente encarnara la persona del personaje histórico en cuestión.

Los actos de fe no son gratuitos; y si este tipo de películas tiene mi fidelidad, supongo que debe cierta fidelidad con una cosa: la verdad. Lo cual es un problema porque la verdad ya es un problema desde Platón, entonces nos encontramos con versiones. Si tan sólo no usaran ese grupo de palabras en blanco con fondo negro en la pantalla al empezar la película, ese grupo de palabras que también está en el título de este texto. Porque si no creemos sólo nos queda impugnar. A veces es el biografiado el que impugna. Michael Oher se mostró bastante disconforme con The Blind Side (2010), filme que se basa en su vida, por una simple razón: la película lo deja como un tarado. Si uno no es Michael Oher, la impugnación es posible con curiosidad y a un click de velocidad, San Google o Nuestra Señora de la Wikipedia nos cantan la justa. Un simple ejemplo, la película El Renacido (2015) de Gonzalez Iñarritu, nos ubica en la historia de Hugh Glass, un trampero y guía, que malherido por un oso grizzly es dejado al cuidado de su hijo y de dos exploradores, uno de ellos apellidado Fitzgerald. Este último, impaciente, no espera que Glass muera, lo entierra, mata a su hijo y le roba la escopeta. Pero Glass, “renace”, se arrastra y se recupera y se arrastra, se va hasta donde está Fitzgerald y lo mata. Di Caprio gana un Oscar. Todo perfecto. Sacando el detalle de que, uno, Glass nunca tuvo un hijo y dos, nunca encuentra a Fitzgerald en justa venganza. Apenas si recupera la escopeta.

Y a mí me encantan este tipo de pelis, las miro todas, casi religiosamente sin importar el biografiado, soy como esos peregrinos que ante el rumor o noticia de la aparición de la imagen de la virgen María en una roca me dirijo hacia ella y ante la imagen: creo.

Las películas y yo nos encontramos en pecado. Yo peco de zonzo por pedir verdad total (?) a la obra de ficción. Y las películas (no todas) pecan con su estructura tradicional de prometer sin poder darla, a la verdad; de ahí el disgusto de Michael Oher. ¿Miguelito Oher es un trozo de verdad pidiéndole a la ficción que le cante la posta?

Podría resolver mucho de lo propuesto con un poco de filosofía, pero hoy dejemos que los líos del cine los resuelva el cine. Desde ya invito a cualquiera de los ñatos de la revista a meter la cuchara en el tema. Es más, les recomiendo leer a Rorty y Tarsky y les ahorro un desasosiego de buscar.  No existe una verdad que no contenga una dosis de ficción, no existe una ficción sin una base real. El único aire acondicionado que logro encender en esta encrucijada es el de la versión. Y son justamente las películas que no me venden gato por liebre, que no son pruebas de fe ni validaciones del milagro de los panes y los peces, basadas en hechos de la vida real, biopics o no, las que quiero rescatar, porque son ellas las que nunca mienten e incluso tienen la desfachatez de mostrarnos las costuras y dobleces justamente porque evitan la estructura tradicional.

La primera es la más reciente, I, Tonya (Allison Janney en este momento se está comprando una vitrina para premios como la de Gary Oldman) nos muestra la historia de la infame patinadora Tonya Harding y va todo bien hasta que en un momento, Tonya mira a la cuarta pared, al espectador, a mí, y al mejor estilo Deadpool, nos habla y cuestiona un episodio de su vida que la película acaba de mostrar. Es la ficción la que nos dice que no hay que confiar en la ficción. La segunda es American Splendor (2003), basada en la vida y obra de Harvey Pekar; Paul Giamatti como Pekar la descose, el montaje es buenísimo y en un momento aparece Pekar, no Giamatti, sino el posta, comenta una gilada de su vida y se refiere a la bebida que le dio la producción de la película. Un genio.  Es un trozo de verdad diciendo que no creamos en la mentiras de la ficción, que no le demos demasiada importancia a lo que muestra la ficción porque al fin y al cabo es más importante tomarse una gaseosa, como si Michael Oher tuviera la posibilidad  o pudiera aparecer en el medio de The Blind Side y decir que no era un tarado cuando iba a la secundaria. La tercera y última es la genial, I’m not there (2007), basada en… qué sé yo, algo de Bob Dylan, con cinco actores haciendo del loco y demostrando que la mejor manera de hacer un retrato fiel es establecer una infidelidad total con lo retratado, es retratar una sensación, la idea de lo que uno ha recibido, quizá mentiras quizá verdad, que forman esa sensación.

Me queda decir que toda versión, incluso las que polemicen con estos párrafos sencillos y monótonos que di son a penas un pedazo de realidad. Etcétera.

 

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