POTENTE E ÍNTIMA COMO UNA CANCIÓN A CAPELLA

<Por Maximiliano Costagliola>

 

Los días de festival de cine suelen ser agitados y estimulantes. Llegó el Fesaalp y con él una nota sobre una de las películas que se proyecta en sus pantallas: Las olas de Natalia Dagatti.

 

La ausencia de una madre que desapareció de la peor de las formas: esfumándose, tensa la realidad de Vera hasta la cornisa de lo alucinatorio. Fantasmagórica, esa desaparición se revista en sus huellas dactilares: los objetos que habitó y por los que fue habitada. Perturbada por un luto retrasado que adquiere la forma de lo irresuelto, Vera escarba en el fondo de esa materialidad saturada de recuerdos en busca de la ruta —¿rastro?— que la saque de ese laberinto. Perderse en el mismo podría suponer nada menos que un destino hipotecado al pasado. ¿Pero cuál es el dibujo de ese itinerario, la fisonomía que tiene la salida?

A partir de entonces la película se revela a sí misma como una amplificación de ese interrogante ambicioso por enigmático. Como en la teoría del iceberg su decurso va decantando desde lo visible —la punta: un presente atragantado de pretéritos y de relaciones que se resquebrajan— hacia lo invisible develado morosamente por su desmedida estatura: una subjetividad que lucha por reinventarse frente a la difuminación de toda coordenada. El laberinto parece deponer su mezquindad e iluminar con una tenue linterna el signo de una posible salida: la reconciliación. Como las olas del mar humedeciendo la arena de la costa, que nunca son las mismas y cuya dinámica está determinada por los ciclos de la luna, Vera encontrará en el reciclaje y la permanencia la huella de una redención: la de los entresijos de la cotidianeidad dirimidos por el arte.

Y hay otra gran virtud que tiene la película: la de la austeridad no reivindicada como idiosincrasia, como producto regional for export; operación abusada por los cineastas locales en nombre de un realismo sucio...

Pero el mérito de Las olas no se circunscribe solamente al aspecto contenidista. Visualmente la obra es formidable. Su directora regala al espectador una paleta de planos y una elección de ángulos rigurosamente cuidada y generosamente surtida. La fotografía y la dirección de arte están a la altura, armonizan aportando valor agregado y renunciando al violento contraste de lo postizo característico de algunas sobreproducciones.

Y hay otra gran virtud que tiene la película: la de la austeridad no reivindicada como idiosincrasia, como producto regional for export; operación abusada por los cineastas locales en nombre de un realismo sucio. Al contrario, la directora elige colocar la austeridad al servicio de lo relatado y, en una doble ecuación, transmutarla en elegancia y en la clave de un ritmo y una afinación destilados. Alcanza así la honestidad de un equilibrio y una sobriedad que funcionan como marca registrada de un estilo propio. Con el peso vital y la sutileza de estar narrada por el curso de las acciones en detrimento de inoportunos diálogos explicativos y serpenteando entre cierto matiz clasicista y moderno a la vez, Las olas es una verdadera apuesta y reivindicación del cine.

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