EL OTRO INEXISTENTE

¿Qué relación con la otredad nos propone El hombre de al lado? ¿Qué potencias metafóricas se hallan en la figura del hoyo en la pared?

 

Un agujero en la pared

Este trabajo está centrado en El hombre de al lado[1], una película argentina que narra los problemas entre vecinos a partir de que uno de ellos decide romper su pared para construir una ventana. De allí en más los conflictos se acrecentarán evidenciando la enorme distancia que, derrocada esa pared medianera, les abrirá a cada vecino la coexistencia de dos mundos completamente diferentes, mostrándoles la existencia de ese otro. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué hacer con ese agujero que, una vez abierto, muestra la propia existencia?

 

Mundos que se abren

De un lado de la pared medianera Leonardo, un fino vecino, exitoso diseñador; del otro, Víctor, un ser rústico, básico, vendedor de autos usados. Dos vecinos que no se parecen en nada, pero tal vez algo más allá de una medianera sí compartan; la necesidad (por diferentes razones) de hacerse presente ante el otro. Uno, Leonardo, se muestra al mundo viviendo en una casa diseñada por el arquitecto y teórico de la arquitectura Le Corbusier[2], con una arquitectura moderna e innovadora que privilegia la funcionalidad de los espacios, numerosas ventanas que permiten la entrada de luz y una vista al verde exterior para colaborar con la armonía de sus ocupantes; el otro personaje, Víctor, irrumpe en la vida de su vecino al hacer un agujero en la pared porque: «Necesito un poquito del sol que vos no usás, miralo desde ese lado», su presentación ante Leonardo. Parece que el mundo de Leonardo se distancia enormemente de las costumbres del mundo de Víctor, apodado irrisoriamente por este último como «troglodita», palabra que se podría comparar con un animal salvaje, con una bestia. Sin embargo ese troglodita es el que descomprime las situaciones más complicadas e incómodas, por ejemplo toparse alguien con el estilo y fama de Leonardo, con gente como los franelitas, los canillitas, gente que está en la calle.

¿Qué del agujero de uno (Víctor al romper su pared), empieza a intrigar al otro (Leonardo), al punto de incomodar la vida que «tan perfectamente» llevaba? ¿Qué de ese poquito de sol que Leonardo no usaba, el otro necesitaba? Es un planteo original y elocuente que descoloca e intriga a este exuberante vecino. Implica la abertura para que se filtre un rayo de sol en otro sitio, corriendo así un poco la luminosidad de un solo lado. Tantas ventanas en la casa de Leonardo convocaban a ser visto por quien pasara por la vereda. ¿Qué oscuridad, más allá de la claridad del sol, se encontraba en Leonardo? A partir de ese agujero hecho en la casa de Víctor, Leonardo empezará a vivir de otra manera, en la convivencia con la intolerancia, tal vez. Ventana como un símbolo del ingreso al mundo del otro. Vecino que causa, en primer lugar intriga en Leonardo, provocándole un agujero a esa  «vida perfecta», que parecía presentarse sin agujeros, sin conflictos… toda una vida llena de apariencias, donde la vedette era la hipocresía con su mejor estilo de abundancia.

 

Los excesos

El estilo de vida que llevaba Leonardo se encontraba lleno de objetos, gozando en la abundancia, es decir, al modo de un exceso: artefactos; un gran auto; el mejor sillón obra de su propio diseño; muchas ventanas con la entrada de luz para ser visto como aquellas vidrieras que intentan vender con el producto, la garantía de una esplendorosa vida plagada de éxitos. Todos objetos que brillaban en cuanto a la mostración y el uso que este hombre le daba, ellos colaboraban con el engrandecimiento de su narcisismo. Sin embargo, no podía desear a su mujer sexualmente, tomarla como objeto que cause su deseo. Mujer que le pedía «un piquito», y en esa demanda él se dejaba maltratar, convirtiéndose en un objeto de desprecio en caso de no obedecer a los caprichos de aquélla. A esta señora sólo le interesaba estar tranquila para dar sus clases de yoga, sin que un ruido molesto, como el vecino rompiendo la pared, la distraiga. Estos momentos entre ellos pueden leerse como ese sentimiento de infelicidad que se venía palpitando en la casa hacía un tiempo, aunque forzosamente se tapaba con las ventanas que, en su contracara, vendían para el afuera la imagen de una «familia feliz».

¿Tal vez fue Víctor quien le abrió a Leonardo las «puertas» a la vida, con esa ventana? Despleguemos un poco con ejemplos este interrogante. Con una voz entre amenazante y grave, y simpatía particular, Víctor le proponía a su vecino Leonardo que hablen del asunto de la ventana, pero este último siempre respondía: «Ahora estoy trabajando». En realidad Víctor registraba que «estaba al pedo» porque él mismo había visto (por el agujero hecho en la pared) que, desde hacía ya un rato, estaba cabeceando frente a la computadora. Leonardo nada quería saber de tener contacto con aquel rústico vecino, quería mantenerse al margen de todo tipo de diálogo con aquél. Igualmente, al ser vecinos, debían hablar de los asuntos que los separaban, pues como buenas personas civilizadas que eran, quedaba descortés no hacerlo. La protagónica medianera los separaba, pero en esa separación también los unía, paradójico, ¿no? Es decir, hay que aprender a convivir y congeniar con los vecinos. Víctor insistía por el carril del diálogo, si algo le salía bien era insistir —así consiguió horadar una pared—. En cambio, la estrategia de Leonardo era básica y odiosa: hacerse el ocupado trabajando… ¡Pero si estaba durmiendo! Hablamos de puertas a la vida. Sí, tal vez con ese acto Víctor incitó a su vecino a que pueda dejarse iluminar por ese rayito de sol, para que se corra de la oscuridad que lo encerraba en su inmensa y luminosa casa. Con una sola casa no alcanza para considerarse un ser civilizado, tampoco contar con un solo vecino. Se necesitan de varios otros para aprender (o no) a convivir, para dejarse afectar por los agujeros ajenos, y así conocer los propios, hace a la vida en comunidad. Traemos un párrafo ilustrativo del maestro Sigmund Freud: «La felicidad, considerada en el sentido limitado, cuya realización parece posible, es meramente un problema de la economía libidinal de cada individuo. Ninguna regla al respecto vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz. Su elección del camino a seguir será influida por los más diversos factores. Todo depende de la suma de satisfacción real que pueda esperar del mundo exterior y de la medida en que se incline a independizarse de éste; por fin, también de la fuerza que se atribuya a sí mismo para modificarlo según sus deseos. Ya aquí desempeña un papel determinante la constitución psíquica del individuo, aparte de las circunstancias exteriores. El ser humano predominantemente erótico antepondrá los vínculos afectivos que lo ligan a otras personas; el narcisista, inclinado a bastarse a sí mismo, buscará las satisfacciones esenciales en sus procesos psíquicos íntimos; el hombre de acción nunca abandonará un mundo exterior en el que pueda medir sus fuerzas».[3] Un poco de tolerancia, que se logra empezando por correr las cortinas de la propia ventana así entra la luz del sol, y no se crea que los rayos procedan de un narcisismo imbatible, perfecto, sofisticado (como ese narcisismo que construyó Leonardo con costosos materiales). No hay sujeto sin el Otro y sin los otros. Aquí hacemos entrar al deseo, como ese rayo de sol que se asoma tímido y cálido —cuando no como un fogonazo— por la ventana. Si Lacan nos habla del deseo del hombre como el deseo del Otro, ¿Víctor habrá despertado en Leonardo la curiosidad de preguntarse acerca de su propio deseo? A partir de ver los movimientos que emprendía con su «rústica» seducción Víctor, ¿no habrá querido Leonardo tomar un poquito de ese rayito de sol (deseo) que ahora ese otro tenía —por haber hecho un agujero en la pared—?

Un agujero intriga, un agujero permite ver para otros lados, más allá del propio; permite cuestionar los propios movimientos, y en ese ejercicio, que se mueva el deseo que en la insatisfacción vaga, aunque sí se va colmando, pero sólo para volver a relanzar la apuesta, y en esos movimientos, ubicarnos como sujetos deseantes. Leonardo y su mujer buscarán en la complicidad, transformarse en voyeuristas de la vida del otro semejante. Aparecerá la figura del espectador: Leonardo pasa de ser alguien al que miraban y conocían por su prestigio, a ser un espectador de la vida de un otro, mirando por el «ojo de la ventana». La ventana lo despertó a Leonardo de un letargo, pues podemos hipotetizar que muy vivito a su deseo no lo tenía, más bien parecía guardado en un sitio cómodo, ese que la gente llama prestigio, por ejemplo. Empezaron las incomodidades, los roces, las preguntas en Leonardo acerca de su vida; le intrigaba saber cómo sería una vida diferente a la suya. Modos neuróticos de siempre querer lo que el otro tiene, porque le falta. Le faltaba a Leonardo ver desde la ventana de Víctor; no era como todas las que él tenía, ¡era una ventana que él deseaba! Tomando otra escena desde la ventana, hablaremos de una vinculada al amor en la fase de seducción. Víctor miraba a su vecino que coqueteaba con una joven muchacha y, a la que «dejaba sola», en los dichos de Leonardo y su mujer. Nosotros podemos pensar que si la dejaba sola no era a nivel consciente, sino tenía que ver con el juego de seducción entra ambos partenaires; lo hacía porque esa mujer era causa de su deseo; y moverse, entrar y salir de la escena, pueden ser los modos que generen las condiciones de seducción para finalmente ambos causarse y que se produzca el encuentro, ese que cuenta con el azar, y que lejos está de las condiciones materiales o intelectuales que un sujeto tenga para ser causa de objeto de otro. La ventana de Víctor era el marco, en tanto sujeto castrado, era desde donde se posicionaba para coquetear y causar a la joven en su deseo.

 No hay sujeto sin el Otro y sin los otros. Aquí hacemos entrar al deseo, como ese rayo de sol que se asoma tímido y cálido —cuando no como un fogonazo— por la ventana.

Intentos (fallidos) de angustia

Hubieron dos instantes en Leonardo en los que mínimamente interrogó su vida convocando al otro: a su mujer con el significado del «piquito» porque él no entendía cuándo se lo pedía; y luego solo en el auto aferrándose al volante y llorando por un momento, como si se hubiera dado cuenta lo «miserable» de su vida. Instantes que se cerraron como un rápido parpadear. Tuvo Leonardo que tapar el agujero de la ventana de Víctor, evitando encontrarse así con eso que le resultaba intrigante, y alejándose de todo reflejo que pueda devolverle la imagen de una vida vacía…

Si el deseo es el deseo del Otro, deseó Leonardo estar en el lugar que Víctor estaba, para poder tener en dicho lugar, por ejemplo, deseo de alguna alteridad. Si la castración (ese agujero que sería la ventana), apunta a la constitución del sujeto del deseo, el estilo de vivir de Víctor no fue una causa suficiente, por decir de algún modo, para despertar el deseo de su sofisticado vecino. Pues Leonardo decidió tapar ese agujero para no encontrarse con la angustia de la existencia de ver en qué se había convertido su vida. Víctor se manejaba con tal sutileza, que Leonardo no pudo comprender qué se encontraba detrás de ese sujeto básico, rústico, troglodita, como lo definió. Así, lo básico, en realidad, provenía de Leonardo; por ejemplo, cuando citó en su casa a la joven estudiante para ayudarla con una materia. Creyó que con su prestigio podía hacer cuanto quisiera: acostarse con ella; pero la joven le mostró que «no todo» se puede tocar, no todo es un objeto que se pueda conseguir, como los artefactos de su casa. Entonces una pregunta emerge: ¿quién era más civilizado? Pareciera que en realidad Leonardo se encontraba fuera de la civilización, estaba al margen de la vida, no participaba como lo hacía Víctor. Leonardo sólo miraba, se mostraba en una vidriera casi ofreciéndose como un objeto más, dentro de la «cultura del consumo», con su prestigioso sillón que «te permite flotar» porque su diseño no tiene ningún vértice del cual apoyarse. El marco que bordea la ventana de Víctor se contrapone al sillón de Leonardo —que pareciera no tener anclaje, un borde del cual agarrarse—. Víctor ofrecía el marco de esa ventana. Leonardo no encontraba un lugar de marido de su mujer, como así tampoco de padre para dialogar con su hija, quien de un modo «autista» (con sus auriculares en las orejas) se mantenía a raya de ese Otro, en la desconexión de la vida en familia. Al escuchar música, por ejemplo, esta hija bailaba para nadie, nadie la miraba, sin embargo el padre se presentaba con un discurso «civilizado», tan repleto de palabras vacías que no lograba captar su atención; trataba de «entenderla» con su postura de que no le hable como su padre, mostrándose como alguien copado, y hasta diciéndole que mire a su alrededor, que se mida con su propia vara. Padre que hasta aceptaba y la apoyaba en caso que ella lo odie. Palabras vacías, más y más demostraba una falta de implicación, desentendiéndose de su función paterna, y por ello, no atendiendo ni entendiendo a su hija.

La hija, todo un capítulo aparte, o no, porque sigue en la misma línea de estos intentos fallidos de ser causado por un Otro. Era llamada por el padre Lolex (suena como aquella reconocida y costosa marca de relojes). Quien consiguió que voltee la mirada fue (una vez más) el vecino Víctor. Por el único que ella abrió su boca para pronunciar pocas palabras, pero llenas de luz. Pocas decimos —a diferencia del padre que hablaba en demasía—, pero las suficientes para abrir sus ojos a la realidad material. Hija «a-traída» de nuevo a la vida simplemente por compartir una ventana con su vecino; a en tanto objeto causa de deseo. Como si Víctor la hubiese traído, despertándola de ese largo sueño silencioso en donde se relacionaba con nadie. Su vecino logró abrir esa ventana, derribar la pared medianera, se interesó por ella y hasta le dedicó su «obra de teatro» muda. El rayo de sol que Víctor había tomado de la casa de al lado, le devolvió a la jovencita una vida más iluminada, con reflejos que le hacían emerger una transparente sonrisa.

 

Tapar/matar el deseo

Todo ese escenario vital entre Lola y Víctor, duró un instante. Inmediatamente la muerte de Víctor para salvar la vida de la jovencita —que intentaba ser arrebatada por dos ladrones que habían entrado en su casa—, la llevaron a la pregunta acotada y contundente: «¿Se va a morir?» Pregunta dirigida a su padre, y éste que, sin respuesta que darle a su hija, deja morir a su vecino, y con ello, toda posibilidad de cambio. Pregunta por la muerte, por ese significante que falta y que se intenta apresar, pero siempre se escabulle. Creyéndose Leonardo un ser civilizado, dejó que un agujero provocado por una bala, perfore la vida de su vecino Víctor… Entonces, nuevamente, ¿quién era allí el civilizado? Leonardo parecía vivir más en una jungla, donde la frase: «Sálvese quien pueda», le funcionaba como una especie de mandato a cumplir.

¿Será que Víctor se vio convocado a salvar a su vecinita por la empatía que entre ambos se había producido? Motivo éste, que los enlaza en los artilugios del amor y nos hace pensar en esa fuerza (deseante) que hace que un sujeto dé su vida por el otro, le arranque una sonrisa; sólo que en esta ocasión se llegó más lejos y de un modo irreversible: con la muerte de Víctor. Nos queda la esperanza de que Lola se salve de la «muerte subjetiva», que es la que paradójicamente le depara esa «vida» de la que tan a distancia se mantenía, evitando todo tipo de contacto con las ostentaciones familiares.

Ojalá Víctor le hubiera hecho falta a Leonardo, pero creo que de eso estamos lejos. Cuando tenía al lado suyo a Víctor muriéndose, Leonardo prefirió dejarlo morir, quedándose una vez más en su burbuja de «mundo hipócrita», y sin ese poquito de sol para dejarse iluminar, para así tener un contacto un poco más cálido con su hija, por ejemplo, pero también con su mujer, o con un alumno, con el mundo. No arriesgó nada, eso tal vez desde su lógica sea un triunfo a su narcisismo, lo engorde más y más. Pero eso, a su vez, lo aleja más y más de la civilización. Pero claro, ahora tal vez estemos mirándolo desde la abertura de nuestra ventana. Viendo cómo Leonardo se llena de una vida muerta en deseo, una vida plagada de objetos, siendo él uno más de entre la serie… Deseo vuelto el cemento que sella con ladrillos la ventana del vecino y así, el poquito de luz que se necesita para mirar hacia afuera.

[1] El hombre de al lado (película). Dir. Mariano Cohn y Gastón Duprat, Aleph Media, 2009. Protagonizada por Rafael Spregelburd, Daniel Aráoz, Eugenia Alonso, Inés Budassi.

[2] La única obra diseñada por el arquitecto en Argentina es la Casa Curutchet, una vivienda unifamiliar ubicada en la ciudad de La Plata, entre los años 1949 y 1953.

[3] Sigmund Freud: «El malestar en la cultura», en Obras Completas, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2013. Volumen 22. Págs. 3.029-3.030.

 

Compartir

Compartir
Daniela Santandreu
Licenciada y Profesora en Psicología (UNLP). Practicante del psicoanálisis de la orientación lacaniana. Desde el año 2013 el séptimo arte la ha inspirado para la creación de espacios que desarrolla desde la teoría psicoanalítica. Considera el cine como una fuente de inspiración inagotable que aporta a la investigación para la enseñanza y transmisión del psicoanálisis.

No hay comentarios

Dejar respuesta

diecisiete + veinte =