Sentado sobre un deseo marchito

Daniela Santandreu analiza Flores Rotas, el clásico de Jim Jarmusch, a través de la lente de la sicología. A su vez, este texto invita a una reflexión más profunda sobre el amor, el deseo y la vida cotidiana.

La vida a través de un sillón

Nos encontramos con este género dramático, con toques de ácida comedia y guión detectivesco, cuyo protagonista será Don Johnston, un hombre adulto y soltero que, sentado en su sillón, frente al televisor, ve la vida pasar siendo fiel espectador de los movimientos danzantes de Don Juan, apodo que se le da a ese hombre seductor, conocedor de las mujeres y de cómo hacerlas gozar para que queden rendidas a sus pies, enamoradas. Del enamoramiento tomamos al pasar un párrafo de Freud que dice lo siguiente: “Dentro de este enamoramiento nos ha interesado desde un principio el fenómeno de la `superestimación sexual´, esto es, el hecho de que el objeto amado queda sustraído en cierto modo a la crítica, siendo estimadas todas sus cualidades en más alto valor que cuando aún no era amado o que las de personas indiferentes”(1). Enamoramiento que es engañador, obnubila nuestra objetividad, falsea el juicio dirá Freud, porque aparece una idealización de ese objeto amado: “Amamos al objeto a causa de las perfecciones a las que hemos aspirado para nuestro propio yo y que quisiéramos ahora procurarnos por este rodeo para satisfacción de nuestro narcisismo”(2). Pero detengámonos un poco para hacer una distinción entre el enamoramiento y nuestro Don, pues nada nos resulta seductor de este hombre que, sentado, pareciera estar a la espera de no se sabe qué… nada del orden del enamoramiento aparece en él, más bien se presenta marchito de deseo, su vida de hombre seductor ya no tiene esos encantos que provocaba en las mujeres para hacerles “picar el anzuelo”, de hecho la escena inicial de la ruptura con su novia, le marca claramente algo: le dice que es un don Juan acabado porque no hay futuro entre ellos, se siente más amante que pareja de él, y ni siquiera está casado, y las preguntas básicas de Don sobre qué es lo que quiere ella son respondidas con otra pregunta ¿qué es lo que quiere Don? No lo sabemos, pero él no se encuentra en posición de averiguarlo porque, volviendo al punto de inicio, el sillón, nos encontramos frente a los restos deshilachados, los harapos de un don Juan que ya no tiene traje para seducir, sólo le quedan unas flores. Acompañémoslo para ver qué hace con ellas.
Las palabras que Don enmudece lo alejan de la expresión de su deseo, lo amordazan a un aparente confortable sillón. Ante esa ausencia de palabras, tan necesaria para endulzar el deseo en las mujeres, queda abatido y sin preguntas, solo con una carta en mano que aún ni ha abierto, pero que le dejó en manos su última ex mujer, antes de irse de su casa, que no quiere seguir en la serie de mujeres/amantes que tienen que romper con él por su imposibilidad de conquista del amor (tal vez). Él cae en su propia trampa pretendiendo estar con una mujer, como si de eso se tratara el amor, de estar… pero lo que hace es mirar la vida por televisión al escuchar los diálogos de la película Don Juan.

Nos encontramos frente a los restos deshilachados, los harapos de un don Juan que ya no tiene traje para seducir, sólo le quedan unas flores.

Vayamos un poco al tema del amor. En el amor se pretende dar algo que no se tiene (porque no se trata de un producto que adquirimos en la góndola del supermercado y lo regalamos a la primer persona que “despierta” un deseo que nos indica “siento ese cosquilleo en la panza, esas mariposas revoloteando en mi ser”) a alguien que no lo es… A ver, cómo explicar esta frase lacaniana sin teorizar y volvernos matemáticos; perdamos la lógica de la completud para justamente advertirnos de que no existe el “estar hechos a medida, ser el uno para el otro”. Sin embargo en el amor aparece una ilusión en tanto cobertura necesaria que bordea lo real, lo imposible; es decir que ahí se da un tiempo de suspensión, allí entra en escena el encuentro. Entonces, los seres hablantes van a poner tela simbólica acerca de ese encuentro producido, como pensándolo —por decirlo de algún modo— por obra del destino. Así, por un lado, mencionamos que no hay completud del encuentro, no hay fusión, pero sí se da la ilusión que abre el juego y la posibilidad de sentir ese encuentro como único, singular, como un tiempo detenido que viene a decirnos: “era con él que estaba destinada a armar un vínculo amoroso”. De este modo, se bordea lo heroico del encuentro. No existe lógica racional, no tenemos algo para darle al otro porque creemos que le falta, para así completarnos y fin de la historia, o comienzo: nace el amor. En fin, ese sujeto no está prefabricado aguardando nuestra presencia, ¡vaya encuentro acartonado si vamos como muñequito de torta dispuestos a “entregarnos” al amor! Ahí entraría la lógica del desencuentro tan conocida en las letras de melancólicas canciones, ¡aunque también se le canta a los encuentros! Se insiste con algo que nunca va a encajar, por estructura. Recapitulando, no hay dos sujetos destinados a estar juntos, aunque así se crea. Shhh, no rompamos con lo ilusorio de tal encuentro, es necesario, sino podemos emparentarnos con el rostro sin rasgos vitales de Bill Murray, nuestro Don Juan…

El amor como trampa
Podemos pensar al amor como una trampa, en tanto ilusión que nos empuja a “caer rendidos” a los pies del otro (pero ojo que es muy diferente a echarse en el sillón como nuestro Don). También podemos hablar del anudamiento del amor con el deseo. Ahora, podemos nombrar a este último como señuelo, como la apertura hacia algo desconocido que hace que nos corramos de nuestro narcisismo, y por ende, apunta al mundo de las relaciones humanas, al encuentro con los otros —por la atracción que nos despierta—. Si hablamos del deseo en tanto específico del campo de lo humano, éste es una fuerza constante que no se agota, nos motoriza en un recorrido que nos lleva toda la vida. También, volviendo al significante “trampa”, podemos nombrar el engaño como algo necesario (y ahí el enlace del amor con el deseo) para salir de ese sillón aplastante que también podríamos nombrar como: narcisismo deplorable, flor marchitándose o vejez en puerta. ¿Cruel no? Algo así como él con el abandono de su propio deseo en los (nulos) intentos de salirse de esa horrenda joggingeta que usa todos los días.

Pero Johnston, a pesar de estar con mujeres parece quedarse con nada, queda inmovilizado en su sillón, su mundo, no relanza el juego de la margarita para volver a comenzar, claramente está marchito por dentro aunque por fuera tenga todo tipo de lujos y un presente despreocupado por las fortunas que ha obtenido como informático.

A partir de una carta que recibe de color rosa tendrá que salir de ese aplastamiento y de ese atuendo deportivo que, era de esperar que haga juego con unos antiguos zapatos porque ¿qué clase de sujeto anda haciendo ejercicios con zapatos?, otro “engaño” de hombre atlético y enérgico que nos muestra en realidad la vejez de un tiempo que lo consumió de tanto revolotear de flor en flor (sin posarse en ninguna). Esta carta rosada podemos tomarla como la llave que abre a la posibilidad de un encuentro; y cuando decimos esto no estamos hablando exclusivamente del amor hacia un partenaire, sino de otro tipo de amor, el filial, ese que abre el camino para que continúe el nombre por generaciones (transmisor de perpetuar la descendencia pero que, a su vez, marca la finitud de la generación precedente). En Don resulta un tanto imposible si no ha tenido hijos, no ha construido un futuro… hasta ahora. Hasta esa carta que cambiará el rumbo de su vida.
Retornando al tema del amor, todos “marchitamos” porque nos enamoramos y desenamoramos, jugamos al juego de la margarita: “me quiere mucho, poquito, nada”. Pero Johnston a pesar de estar con mujeres parece quedarse con nada, queda inmovilizado en su sillón, su mundo, no relanza el juego de la margarita para volver a comenzar, claramente está marchito por dentro aunque por fuera tenga todo tipo de lujos y un presente despreocupado por las fortunas que ha obtenido como informático. Si se sortean esas flores marchitas es que se realizó el proceso de duelo “correspondiente” (según la peculiaridad subjetiva), y así se estará dispuesto a volver a enamorarse —las cargas libidinales ya habrán hecho el recorrido necesario para “deshojar hasta no tener más pétalos en sus manos”—, saldrá al mundo porque habrá un deseo decidido. Hemos nombrado tanto la palabra amor que la vamos a gastar; vamos viendo que esta no es una historia de amor, sino más bien de engaños, así como cuando Don Juan se encarga de seducir a todas las mujeres prometiéndoles amor eterno, hasta que ellas caen de esa ilusión. Es una historia de rupturas, o parafraseando y haciendo honor al nombre de la película: una historia de flores rotas. Intentaremos explicar por qué partiendo justamente de esta llave maravillosa que el director nos da en mano, instalará una duda en Don de su posibilidad de ser padre de un joven de 19 años. La duda, a modo de acertijo a resolver, será: ¿a cuál de las cinco mujeres de aquel tiempo dejó embarazada Don? Sacando cuentas serán cuatro, ya que una de ellas falleció. El acertijo que la película recorrerá en toda su trama dramática estará comandado por la propuesta lúdica (vital) de su vecino Winston. Una genialidad de amigo, aficionado y hombre de familia que lo empujará a salir del sillón, a cambiar de atuendo, a marcarle una ruta de deseo en pos de resolver la incógnita de la carta. Este amigo deseante que, literalmente lo saca de su casa, lo llevará por un camino más real que el de la televisión, y por ende, más cruel: el camino de la vida misma, necesaria de transitar para no quedar anestesiado como esos sujetos que se embriagan para ahogar las penas de amor. Este no se embriaga pero sí se emboba con  la televisión, anestesiando la conexión del pensamiento con las emociones, para que cuestione, al menos un poco, cómo se desenvuelve en la vida.

Salir del sillón
Interesante itinerario le armará este amigo entusiasta: deberá encontrar a la mujer de esos tiempos para llegar hasta su adolescente hijo. Deberá también averiguar si ella tiene una máquina de escribir que tenga la cinta roja con la que fue escrita la carta. Un viaje al pasado en un presente quieto y un futuro que no sea la réplica de días sin sobresaltos, es lo que su amigo intentará conmover, de algún modo, al enviarlo a que emprenda un viaje por distintos destinos. Genialidad del director en armar semejante acertijo; no es una simpleza porque ese recorrido hacia el pasado le pasará factura y le pesará al conocer las historias actuales de las que fueron sus mujeres de antaño. Cuando uno en realidad se pregunta ¿qué será de la vida de fulano, de mengano? está esa incertidumbre que deja muchas veces la pregunta sin respuesta o, si nos enteramos, empezamos a sacar conjeturas de por qué no prosperó esa relación —aquí figura la cantinela del desencuentro que decíamos antes, es decir, intentar bordear ese real inapresable pero que, al ponerle palabras nos da cierta calma, un borde del que agarrarnos para seguir para otros lados, relanzando la apuesta del deseo—. O sea, se intentan llenar vacíos con intentos de respuestas, pero también se da espacio a un nuevo tiempo. En este caso, las preguntas encontrarán un interlocutor de carne y hueso: sus antiguas mujeres. No sólo es encontrarse con esa persona y saber cómo rearmó su vida, fundamentalmente es encontrarse con otro sujeto que ya no es el mismo de antes y, por ende, siempre mutable en su posición. Pero ¿y a Don no le vino el cambio, o se olvidaron de él? Parece que Don, en el recorrido de kilómetros para ir en la búsqueda de esas cinco mujeres, irá advirtiéndose de una profunda falta, o mejor dicho de un vacío afectivo. Parece que no pudo cambiar, enlazar con un nuevo amor de un modo diferente. Ya en el inicio de la película (y al final también) el lazo con el otro no existe; habla y aleja a las personas; no dice desde el corazón, parece estar congelado; no emerge un cambio pues en su narcisismo navega, no puede salir de su propio encierro, de una imagen fantaseada de galán eterno, de Don Juan… De alguna manera, el desencuentro es parte del encuentro con el otro, en el sentido de que no encaja siempre la imagen que nos hacemos del otro porque está ese otro en la realidad y con su propio deseo, su propia perspectiva del mundo, de ahí que la «media naranja» no encaje para hacer “de dos Uno (fusional)”. Don parece que ha mirado toda su vida con el mismo cristal, pero el encuentro con esas mujeres le empezará a mostrar que hay algo que no encaja, y que claramente no se puede ir en busca de un hijo sólo mirando en la superficialidad, resolviendo ese acertijo como si se tratara de completar con la palabra faltante, un crucigrama. Más interesante aún cuando se encuentra con la lápida de su otra mujer porque, encuentro con lo real más gráfico, no hay.
Este intento de resolver el enigma de su paternidad a partir de ir en busca de las mujeres, nos lleva a pensar en otra frase compleja de Lacan que dejo enunciada: “no existe relación—proporción sexual”. El sexo existe, el encuentro (dentro y fuera de la cama) entre los cuerpos también, pero siempre hay un margen de no encastre, de imperfección, de no unidad. ¿Qué intentamos decir/bordear con esto? Ni más ni menos estamos hablando de la castración, y aquí volvemos a dar entrada al deseo. Somos seres parlêtres y por ese complejo hecho, justamente, no todo es color de rosas (como la carta), no es perfecto como un ramo de flores porque éste perece, como el tiempo, y a su paso va dando transformación a otra cosa. En Don el narcisismo está pegado a su sillón, le cuesta horrores salir, le cuestan mucho las rupturas porque una mujer pasa a ser sustituida rápidamente por otra, no hay duelo, es decir, hay una especie de negación de su castración, y por ende su deseo está aplastadito, entonces así para él tal vez sí existe la relación sexual, sólo que no se da porque las mujeres se van, esa es su posición fantasmática, el abandono (como lo ha hecho con él mismo). Corrernos de eso que a él no le hace pregunta es empezar a tocar lo real, lo imposible (eso que no hace de dos sujetos uno porque no existe tal relación sexual que nos complete), sin embargo, es por eso mismo que relanzamos las posibilidades de encontrarnos… siempre y cuando se esté dispuesto, ¿a qué? a sufrir, pero no por eso a dejar de intentar —disfrutar, vivir con las esperanzas de nuevos encuentros—. El amor tiene una vertiente simbólica que permite el sostenimiento de esa ilusión de que el otro es “perfecto”, o, para decirlo de otro modo, de que el otro más allá de las imperfecciones es un sujeto «hecho a nuestra medida».

Un (nuevo) cristal con el que se mira…
El todo y la nada, ¡qué complicado cuando nos ponemos en uno de los extremos! Por eso consideramos que la castración en este personaje fue moldeada a los golpes; la podemos graficar trayendo la escena en donde aparecen unos hombres en defensa de una de sus ex mujeres porque no era bienvenido a ese presente. Por estructura, la castración es habilitadora del deseo, de la búsqueda de un sentido para nuestras vidas, es un agujero, una falta necesaria como sujetos, habla de la no completud, y ese agujero es velado con nuestro fantasma (el marco desde donde se mira el mundo). El de Don era un tanto superficial, no se animaba a salir, hasta que la castración lo golpeó, para graficar un poco el asunto. Pero fue la única manera, sino continuaría adormecido en el sillón sin duelo posible de ese lugar estático. Ahora bien, consideramos que la búsqueda de este hijo le dejó un sabor amargo, lo dejó más que incompleto, dividido en su posición de hombre inmutable. Ese encuentro con el joven rompió con su propio espejo. Fue un modo peculiar de romper con los esquemas, de emprender la travesía de su fantasma de Don Juan, pero sin haber pasado por la experiencia del análisis. Somos generosos al darle la posta a Winston, quien se manejó al modo de un analista, esto es, ayudándolo a despejar su deseo para que se encuentre con su propia existencia. El fantasma de ese Don Juan de película se hizo trizas al encontrarse con la historia de cada una de esas mujeres; perdió ese velo que le imposibilitaba sentir cuando una mujer rompía con él. Fue ese encuentro con la paternidad —sin develar— que lo hizo entrar en conflicto como hombre ante su propia posición e indiferencia del mundo.
Comenzamos este escrito con cierto sabor ácido y sarcástico para dar entrada a este personaje, pero ahora nos quedamos con un sabor amargo, el de su vida. Luego de esos sabores, es decir, sólo pasado un tiempo, podremos hablar de un florecimiento del amor. Para que eso suceda, tiene que costarnos a nivel subjetivo, sino estamos en el planteo de la media naranja. A Don le costó varias flores rotas darse cuenta, pero fueron esas flores marchitas, las de su pasado, las que tuvo que volver a tomar para actualizar y emprender el camino del duelo (tiempo presente), para habilitar un tiempo venidero. ¿Y el amor? Es lo que sostiene la escena del “no hay relación—proporción sexual”. Es lo que, a pesar de no ser el uno para el otro, nos sostiene (con y por deseo) en la apuesta de una complementariedad, de un enlace a pesar de las diferencias. Por esto, hablamos de una llave que puso el director en manos de Don cuando emprendió el camino para resolver el acertijo de su paternidad. A partir de la búsqueda de un hijo, incentivado por el amigo y vecino, Don ya no será indiferente ante la vida, ésta lo ha atravesado. Esa descendencia fue la habilitación de reencontrarse con las cosas de la vida para abrir a un nuevo sentido; cambió el cristal con el que miraba… Para decirlo de un modo metafórico y pretendidamente poético: para que no se marchite el amor, hay que regar el deseo todos los días.

(1) Sigmund Freud: «Psicología de las masas y análisis del yo», en Obras Completas, Siglo Veintiuno Editores S.A., Buenos Aires, 2013. Volumen XIX. Pág. 2589.
(2) Ibíd. Pág. 2590.

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Daniela Santandreu
Licenciada y Profesora en Psicología (UNLP). Practicante del psicoanálisis de la orientación lacaniana. Desde el año 2013 el séptimo arte la ha inspirado para la creación de espacios que desarrolla desde la teoría psicoanalítica. Considera el cine como una fuente de inspiración inagotable que aporta a la investigación para la enseñanza y transmisión del psicoanálisis.

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