SEXO, FAMILIAS Y MUJERES

El autor proyectó a un grupo de jubilados una película argentina, dirigida por Jazmín Stuart y Hernán Guerschuny, que pone bajo la mira la institución matrimonial en tiempos de sexualidad lábil.

 

Vimos “Recreo”, película de 2018 dirigida conjuntamente por Jazmín Stuart y Hernán Gerschuny. Ajenos a la dorada tarde otoñal, la proyectamos en un Centro de Jubilados.

La trama refleja a tres matrimonios entre jóvenes y de mediana edad que se reúnen a pasar algunos días en una satisfecha casa de campo. El encuentro dispara tensiones, ambigüedades y un secreto destinado a estallar pero la nota común de los personajes es la necesidad de eludir su lugar afectivo, de cuyo empantanamiento protestan. Bajo modos diversos, las mujeres son las más afectadas: el estrés de criar trillizos con escasa ayuda (Pilar Gamboa); la impostación que encubre probables carencias (Carla Peterson); el agotamiento ante el maltrato sistematizado (Jazmín Stuart). Este “recreo” habilita cierto relajamiento de las inhibiciones que convierte la pretensión festiva en una tormenta.

El argumento requiere un par de escenas que prejuzgábamos punzantes para nuestro público: un apremiado ejercicio sexual a escondidas de los hijos que se lleva a cabo en el baño, excelentemente resuelto por Pilar Gamboa y Martin Slipak: lo vemos a través del encuadre que sortea la explicitud corporal sin retacear la resonante convergencia orgásmica. Minutos más tarde, la secuencia propone una invitación a compartir “un porro” que deriva en los protagonistas (los seis) entregados a la música con esa sensualidad bailada que amaga intercambios eróticos finalmente pendientes.

De pie, observo a los espectadores, todos ellos jubilados o pensionados, de entre 70 y 90 años de edad. Sorprendentemente esta situación genera alguna incomodidad. Leves movimientos en las sillas del improvisado salón, pero sin toses ni murmuraciones. Ninguna de ambas escenas impide el sincero aplauso final. Puede que se celebre también la propia posibilidad de ver cine en un lugar del GBA donde no hay salas.

Llegados al “debate”, surge la disonancia imaginable: “son las cosas que se ven ahora”, dice uno de ellos aprobando que “eso” salga a la luz. Dos participantes le apuntan al descuido de las responsabilidades maternas y paternas. La película le ofrece puntas a esta crítica: el hijo adolescente del personaje de Carla Peterson la observa bailar “fumada” y la imagen sugiere una experiencia para él decepcionante. Uno de los trillizos, hijos de Pilar Gamboa en la ficción, cae a la pileta del predio y no muere por milagro, mientras los padres se sumergían en terribles querellas. El reclamo, sea íntimo o culturalmente inducido, de procurarse una vida más placentera en medio de la contratación matrimonial, expone a los adultos a situaciones en que los hijos parecen los padres de sus padres. Reciben no poca transferencia siendo por momentos quienes deben velar por el sostenimiento de la estructura acechada. Queda pendiente estudiar si se trata de una “caída” en la salud de la institución, o del naciente desafío para los nuevos niños: asimilar a padres que frecuentemente solicitan ser relevados del cargo y constantemente se rebelan contra el paso del tiempo en el gimnasio, en los discursos o en los consumos. Otra tarea para los alumnos.

Alguien toma el micrófono y con preocupación de género le apunta a la deslealtad entre los varones (la película exhibe una infidelidad interna al grupo). La trama incluye estas duplicidades, la progresión de sospechas e imputaciones entre los amigos Slipak y Juan Minujin es casi el eje de un guión eficaz.

Terminado el debate y en un apartado, el presidente del Centro me suelta: “se rasgan las vestiduras pero más de uno tiene sus buenos muertos en el ropero”.

Nos reímos.

Más o menos ataviados a mandatos, o más y menos lanzados a experiencias de reciente y tierna legitimación, los personajes construidos para “Recreo” -todos de nítido dibujo- navegan finalmente sobre aguas inciertas. Jazmín Stuart, a la vez guionista, co directora y actriz en el emprendimiento, nos deja esta acuarela elegante y algo desolada, donde caminos cansados acusan el impacto de la autonomía erótica. Con inteligencia, los autores no eluden que apertura y confusión van fuertemente de la mano.

Infiero que los tiempos no difieren en cuanto a esa inquietante labilidad del sexo, siempre pujante en el afán de transgredir y de las transgresiones atractivas para el motor de Eros. Pienso a propósito que la disyuntiva se tiende entonces entre una discreción sólo posible bajo la hipocresía como código de comportamiento y una franqueza que aun reputada como sana resulta demoledora para la organización convencional de los afectos. Y es justo aquí donde la mirada femenina que prevalece claramente en el film le corre los velos al color último de la cuestión. Más allá de sus valores formales “Recreo” tiene ese acento que escapa decididamente a la nostalgia de los supuestos “tiempos mejores” para la familia como a la mecánica visión progresista que únicamente computa beneficios en esta transparencia nutrida a veces por el exhibicionismo vano. En el diseño del film, comparece la recurrente valentía de la mujer tornada aquí en refutación de cualquier tesis tranquilizadora.

Los que hablan bien andan mal y los que presumen de vivir bien ocultan que algo marcha muy mal. El personaje de Peterson ostenta superioridades y sacude la noche revelando que ha elevado la calidad sexual de su matrimonio mediante el recurso al trío. Preguntada por el género del participante aleatorio, salta la incomodidad de su marido (Fernán Mirás) cuando ella confirma que “en todos los casos” se ha tratado de varones. La detonación, vertida en clave de receta, desnuda ese punto en que la amistad ha sido pretextada para el alarde. Juan Minujín, a solas, también traiciona su encendida liberalidad verbal. Molesto frente a esta presunta plenitud lúbrica de Peterson y Mirás, explota mal: “¡Si él es puto, que lo diga!”.

Más o menos ataviados a mandatos, o más y menos lanzados a experiencias de reciente y tierna legitimación, los personajes construidos para “Recreo” -todos de nítido dibujo- navegan finalmente sobre aguas inciertas. Jazmín Stuart, a la vez guionista, co directora y actriz en el emprendimiento, nos deja esta acuarela elegante y algo desolada, donde caminos cansados acusan el impacto de la autonomía erótica. Con inteligencia, los autores no eluden que apertura y confusión van fuertemente de la mano.

Todo induce a discernir casi en clave nietzcheana si en medio de la diversificación subjetiva el inveterado amor conyugal no es ese déficit que se trata de curar mediante frágiles acuerdos. En tal dirección, el personaje de Gamboa, ya en el ápice controversial de la noche, admite naturalmente que ha fingido desconocer la infidelidad para mantener el formato matrimonial. Aparece la resignación, entonces, como el tono con que puede asirse la costumbre, aunque despojada ya de pretensiones mayores.

Cálidos y hermosos mis jubilados tuvieron en su hora una rara prerrogativa: cierta vocación colectiva de no hurgar, de preservar zonas a salvo de la revisión. Eso les depara una fácil construcción de lo “entrañable”, no exenta de omisiones y clausuras. Por su parte, Stuart, su enfoque y sus ricos personajes, resultan a la vez víctimas y artífices de un tiempo que escandiendo demasiada luz asumen el riesgo de quedarse a oscuras.

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Roman Ganuza
Trabaja hace 33 años en el IPS (Instituto de Previsión Social) y es tasador en una inmobiliaria. Lee filosofía desde los 14 años, ha visto muchísimos filmes, sigue leyendo. Es casado con dos hijos, tiene 59 años, Ha escrito ensayos y análisis literarios pero son inéditos.

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