SÓLO EL FIN DEL MUNDO: EL EDIPO SEGÚN DOLAN

La última película de Xavier Dolan indaga en los vínculos familiares. El autor de la nota sigue la pista de la reflexión del director canadiense.

 

La última película de Xavier Dolan, Sólo el fin del mundo (2016), tiene temas que obsesionan al joven director, como el de la madre. Tanto Mommy (2014), la otra que vi del director, como la del año pasado, presentan esquemas de familia en los que el padre está ausente. En Sólo el fin del mundo la madre es el polo que cohesiona el amor disgregado entre los hermanos, que son fuerzas en permanente choque. Dice no ser escuchada por sus hijos, pero en los hechos su actitud componedora atempera la hostilidad que se vive dentro de la casa. Es una madre omnipresente, proveedora de afecto y comprensiva con sus hijos.

Es la madre la que pide al hijo gay, recién llegado de lejos y al que los otros hermanos (uno mayor y una menor) manifiestan su rencor por haberse desentendido de ellos durante tanto tiempo, que oficie de hombre de la casa, que les transmita que los quiere y que volverá a visitarlos. Ellos necesitan ese gesto de él. Buscan su reconocimiento porque lo admiran. Él dice que no es el hijo mayor, que no está capacitado para cumplir ese rol, a lo que la madre la contesta que los roles no están determinados por la edad, sino por dones individuales. Él finalmente cumple con el designio de la madre.

Interesante el nivel de abstracción con el que trabaja la película. No sabemos bien ni qué hace ese hijo, ni de dónde viene, además de que es hombre de pocas palabras. Lo importante en la historia son las relaciones afectivas que se despliegan a partir de su llegada.

Difícil no pensar, un poco siguiendo las reflexiones que Morena Goñi hacía en torno a la misma película, en una marcada auto-referencialidad del director, expresada en este personaje que llega y en el que se deposita toda la carga afectiva de la familia. Los miedos y las frustraciones de los hermanos parecen desatarse con la llegada del hijo pródigo. Es verosímil un Xavier Dolan cumpliendo un rol similar dentro de su propio núcleo familiar, en la realidad no en la ficción.

Interesante el nivel de abstracción con el que trabaja la película. No sabemos bien ni qué hace ese hijo, ni de dónde viene, además de que es hombre de pocas palabras. Lo importante en la historia son las relaciones afectivas que se despliegan a partir de su llegada. Como una especie de Mesías que vuelve luego de abrirse un camino de libertad en la vida.

En definitiva, lo que se expone es un esquema de afectividad en el que la madre juega un rol central, el hijo pródigo también, y el padre se encuentra ausente. Esta ausencia de padre sirve para dar centralidad a la madre. Como en Mommy, donde la progenitora directamente es viuda. De alguna manera, se logra abstraer la función materna, sin interferencias de otro polo de gravitación.

Forzando un poco las cosas, podría decirse que Dolan elimina (mata simbólicamente) al padre de su universo narrado. Sería interesante saber cuál es la historia familiar del director y las razones por las cuáles la función paterna se encuentra totalmente invisibilizada, al menos en sus obras citadas.

Hay otra película, no dirigida sino actuada por Dolan, en la que él es un paciente psiquiátrico que mantiene una conversación con un doctor, y en la que no se sabe bien qué es verdad y qué mentira. Cuándo hay manipulación por parte del paciente y cuándo autenticidad. Es una especie de reflexión en torno a los límites de la locura. Se llama Elephant song. Los interrogantes por la psiquis parecen guiar la búsqueda del canadiense.

 

Álvaro Fuentes es Profesor de Filosofía egresado de la UNLP. Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía, y Cine y Psicoanálisis, en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Co-dirigió La ventana indiscreta, Revista de Cine y Filosofía, junto a Mariano Colalongo. Fundó La Cueva de Chauvet y la dirigió sus primeros años. 

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