THE HANDMAID ‘S TALE, ¿EL FUTURO ES UNA PESADILLA?

 

La escritora amiga comparte con nosotros una nota, publicada en su blog Palabrascromáticas, en la que ensaya ideas sobre esta época de disciplinamiento de cuerpos y sexualidades, a partir de una reciente serie distópica.

 

Leo por ahí que un grupo de conservadores, especialistas en teología, denuncian que el Papa Bergoglio ha cometido varias (siete, para ser más precisos, número cabalístico seguramente con una carga especial) herejías en su última encíclica, Amoris Laetiti (La alegría del amor).

Habla allí  precisamente de aquellas cuestiones vinculadas al matrimonio, al divorcio, a los castigos, perdones y leyes que regulan lo que la Iglesia (católica romana) acepta, espera, aprueba de sus feligreses. Es decir, la moral que rige la vida común y también la vida privada, la moralidad de las costumbres seculares como causal superior a cuestiones espirituales y éticas más propias de la vida religiosa y los verdaderos preceptos cristianos, como el amor al prójimo, la compasión, la vida ligados a otros y religados. Pareciera un baño de espiritualidad, ya que lo del Papa refiere a principios humanizantes y humanizadores que no tienen que ver con por dónde la pasa el goce sexual a las personas sino con cómo entiende los vínculos humanos, cómo entiende la humanidad y el lazo de amor que puede establecerse para afrontar los males del mundo, los males del mal. De esta materia todavía están hechas las discusiones del siglo XXI, parientas lejanas de aquellas de siglos pasados, aunque ahora convivan con problemas globales y complejos relativamente nuevos que auguran apocalípticos escenarios. O tal vez por eso mismo. En tiempos de hegemonía de un monoteísmo totalitario como es el capitalismo en su fase actual, retornan preguntas y debates acerca de qué es aquello que nos hace humanos, de qué está hecho nuestro espíritu, nuestra identidad, nuestra unicidad, y en todo caso, el sentido de nuestra vida.

Tengo para mí que hay más herejía (o al menos, perversión) en la regulación pormenorizada de los actos sexuales propios y ajenos que en la tolerancia a la violencia, a los genocidios, a la explotación de los hombres por parte de otros hombres, a la trata de personas, a la pedofilia, a la destrucción del planeta y de las millones de vidas consideradas “prescindibles”. Es decir, a casi todos los aspectos estructurales del capitalismo.

También leo por ahí que el obispo ultra conservador de La Plata una vez más lanza diatribas contra los homosexuales. Los desprecia, los estigmatiza, se obsesiona con ellos de un modo que da lugar a sacar más conclusiones respecto de los oscuros deseos de este hombre que de los preceptos de la institución eclesiástica en el siglo XXI, cuando además la religiosidad de millones de católicos ha sido capturada por iglesias de lo más diversas, la mayoría posiblemente más vinculadas a los negocios y las matrices ideológicas estadounidenses que a las tradiciones cristianas más ligadas al mundo latinoamericano, sobre todo en sus versiones emancipadoras: esas tradiciones cristianas tercermundistas ligadas a la Teología de la liberación y los movimientos de sacerdotes que optan por defender a los pobres y se preocupan bastante menos de si los fieles cojen entre personas del mismo sexo o distinto sexo, siempre que no sean niños/as y que consientan.

Mujeres, sexualidades y libertades

Las redes sociales y las plazas explotan semana a semana con noticias de femicidios, de pibas secuestradas, de mujeres abusadas, de cuerpos femeninos devenidos objeto, ya sea para explotarlas sexualmente, ya sea para explotarlos laboralmente, ya sea para explotarlas como úteros andantes, ya sea para los múltiples y diversos fines en los que el poder patriarcal somete a las mujeres, a la par que las condena (a veces incluso a muerte directa o indirectamente) cuando estas deciden libremente sobre sus cuerpos, su sexualidad, su reproducción, su progenie.

Te mato/condeno/acuso si cojés, sino cojés, te mato/condeno/acuso si te embarazás, te mato sino lo hacés, te mato si abortás.

También el espacio público y discursivo empieza a alojar y visibilizar formas de organización y resistencias de las mujeres, múltiples feminismos que hacen acto, que hacen palabra, que hacen música, que hacen política.

Tengo para mí que hay más herejía (o al menos, perversión) en la regulación pormenorizada de los actos sexuales propios y ajenos que en la tolerancia a la violencia, a los genocidios, a la explotación de los hombres por parte de otros hombres, a la trata de personas, a la pedofilia, a la destrucción del planeta y de las millones de vidas consideradas “prescindibles”.

Pero todos (o casi) son de algún modo hijos de un dolor, de una herida, de una tragedia. De una chica desangrándose en una camilla de un hospital por un aborto ilegal. De una mujer madura mutilada en un quirófano porque para la ciencia y para los médicos es más fácil extirpar un útero que escuchar, o que investigar las causas de las muchas enfermedades que las mujeres padecemos no a causa de una maldición bíblica sino a causa de una serie de políticas empresarias y médicas. Mujeres violadas, mujeres que ya ni cojer por placer pueden de tan exigida que tienen la vida, tan a la vista todo, tan señaladas por ser demasiado jóvenes, o demasiado viejas, o demasiado godas, o demasiado flacas, o demasiado intelectuales, o demasiado bellas, o demasiado verborrágicas, o demasiado histéricas.  O sea, demasiado mujeres.

A la vez, no sé si por cuestiones ligadas a la estadística, a la alimentación, a las condiciones de vida urbana en el mundo actual, cada vez más parejas tienen problemas con la fertilidad. Las personas ricas compran soluciones a este tema, como se vende y se compra cualquier otra mercancía en el mundo capitalista. Los estados más democráticos, debaten estas cuestiones con tiempo, construyen sistemas de regulación ligados a los derechos humanos, controlan mejor la voracidad de las empresas, aunque desde ya no por eso se libran del negocio de la salud, del negocio del deseo de satisfacer las necesidades personales aunque eso implique el avasallamiento del otro, su explotación, su uso, su destrucción.

Falsas promesas de felicidades imposibles

Converso y leo por acá y allá, vemos surgir empresas que disfrazan su afán de lucro con discursos seudo espiritualistas que venden el trajo espiritual como quien vende una pastillita para dormir. Todo ese new ageísmo nefasto, vinculado a los negocios transformacionales que atraviesan todos los dispositivos de poder, sobre todo, el de la política-espectáculo. Ya no sabemos si nos gobiernan pastores de cartón pintado mezclados con show man televisivos o políticos. Manipulan emociones con el principio de venta del discurso publicitario y nada tiene que ver eso con cualquier trabajo o recorrido espiritual verdadero, que implica un esfuerzo, un trabajo de toda la vida, algo de lo que los griegos implicaban en el oracular “Conócete  ti mismo”. ¿Quién prometió que sería un trabajo sencillo, y sin costos no comprables y vendibles con dinero?

Leo a Siri Hustdvedt, que se define como feminista, como novelista, y muy interesada en la ciencia, preguntándose por qué se le signó un papel preponderante a la ciencia (¿tal vez por la facilidad para percibir los resultados directos de su aplicación, sean estos buenos o malos?) y no así al arte, a la literatura. ¿Acaso, se pregunta Siri, no produce efectos, no produce grandes transformaciones en las personas la lectura de una novela, la vista de un cuadro, el escuchar determinada obra musical?

Hace unos cuantos años leí una novela que se salía del registro habitual de su autora, famosa por sus policiales: me refiero a “Children of the men”, de P.D. James, distopía situada en un futuro donde la humanidad se ha vuelto masivamente infértil, y de la que luego se hizo una película muy buena también, dirigida y co guionada por Alfonso Cuarón.

Dicho todo lo anterior y en esa misma línea, provocando quizá por eso una inevitable fascinación empecé a ver The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), serie estadounidense creada por Bruce Miller y que se basa en la novela homónima (de 1985) de Margaret Atwood, que se transmite por una plataforma que aún no se ve en América Latina, Hulu, y cuenta con una temporada de 10 episodios estrenados en 2017, y con una segunda temporada que se estrenará el año próximo.

Al igual que en Children… en un futuro no lejano cae drásticamente la natalidad y estallan una serie de conflictos como los que en la actualidad estamos atravesando: contaminación ambiental, cambio climático, enfermedades epidémicas de transmisión sexual, guerras… Para afrontar estos problemas una parte de Estados Unidos, bajo la conducción de una secta que enarbola los principios conservadores y una concepción de la mujer y la familia similar a la del obispo platense, se rebela, voltea al gobierno e impone una dictadura militarizada. Vivir en este mundo de Gilead, gobernado por una elite de poderosos millonarios con doble moral y doble discurso (¿cuándo no?) que se sostiene mediante la delación, el espionaje, el disciplinamiento de los cuerpos femeninos mediante la tortura, una violenta fuerza militar que elimina cualquier acto de rebeldía y una doctrina religiosa ultra conservadora  (la clásica unión entre los hombres ricos, el poder militar y la religión oficial al servicio de éstos), es una experiencia opresiva y muy difícil para quienes aún aman y recuerdan sus vidas pasadas. Vidas en las que el consumismo, la desigualdad social y los problemas mencionados (cambio climático, contaminación, infertilidad) creaban muchas dificultades, pero se ejercían derechos y había posibilidades de ser y elegir quién ser. De enamorarse, de cultivar la amistad y la solidaridad, de estudiar, de hacer política.

¿El futuro es una pesadilla?

El nuevo fanatismo  nada tiene que ver con la tradición compasiva de la religiones, sino que es deudora de un moralismo puritano que regula con perversos (muy perversos) rituales la vida sexual y reproductiva de las parejas, y de las pocas mujeres fértiles, tomadas como “criadas” (handmaid), esclavas que mantienen relaciones sexuales con sus amos varones para garantizarles a sus amas mujeres un hijo/a.

Todo ese mundo está además regido por prácticas cotidianas de vestuario, alimentación, domésticas, que semejan el pasado, a la vez que toda clase de simbolismos autoritarios en la moda, la pérdida de la individualidad que incluye hasta la pérdida del nombre propio o la posibilidad de elegir un color para vestirse o un tema de conversación, de estas mujeres secuestradas y prisioneras del nuevo orden social.

El tema de la religión, el problema de la libertad, siempre en tensión con la seguridad, el amor como motor e impulso de vida en contraposición al control totalitario de los ricos (el amor como un vínculo humano subversivo y revolucionario) son estetizados con una elocuencia narrativa visual sofisticada y muy original, con guiñes hacia el comic y el animé. No es fácil, en la era de las series, producir una obra tan original en su fotografía, la música, el clima que logra sostener y el manejo del tiempo, que podría resultar muy lento para quienes no se deleiten en los detalles.

Entre monocromías del paisaje de una ciudad nevada, como Boston, entre mansiones victorianas, o bosques de arboledas grises y cielos nublados, los rojos del vestuario de las criadas, los verdes de las señoras, los marrones de las “Marthas” (las criadas de limpieza) difieren de los colores que propone la novela, pero causan la misma efectividad narrativa, y más aún. La sociedad en la que la protagonista y narradora June Osborne (Elisabeth Moss) renombrada como Offred, está organizada por líderes hambrientos de poder, un jerárquico fanatismo y nuevas clases sociales. En ella las mujeres son subyugadas, por ley no tienen derecho a trabajar, a leer, a controlar dinero o propiedades. De acuerdo a una “interpretación extremista” de un versículo de la Biblia, cada handmaid es entrenada y sometida  para luego ser “asignada” a los hogares de los altos gobernantes, donde serán mensualmente víctimas de una violación ritualizada por sus amos. June Osborne (Elisabeth Moss, de Mad men y Top of the lake) es la sirvienta asignada a la familia del Comandante Gileadan Fred Waterford (Joseph Fiennes) y  a su esposa Serena Joy (Yvonne Strahovski), referentes importantes tanto del surgimiento como de la organización política de Gilead, pero a su vez tienen tensiones con las condiciones de ese mundo que han ayudado a crear. Por supuesto, surgirá una resistencia, una rebeldía clandestina, la sororidad clama por batallar ante tanta muerte. “Solo queríamos hacer un mundo mejor”, le dice el Comandante Waterford a su criada. “Pero mejor no significa mejor para todos. Para algunos siempre es peor”. Veremos en la próxima temporada dónde queda la política y la resistencia.

 

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Cintia Rogovsky
Docente y escritora. Escribe periódicamente en el blog Palabrascromáticas.

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