TODO SÍMBOLO ES POLÍTICO

Un nuevo abordaje al cine coreano a partir de The King’s Letters (Jo Chul-Hyun, 2019), película histórica que muestra un conflicto político de la Corea del siglo XV, bajo el mando del monarca Seyong El Grande. Un conflicto que se centra en la “batalla cultural”, la lucha por la alfabetización y la formulación de la escritura y el lenguaje propiamente coreanos, frente al chino que se utilizaba hasta aquel entonces en que el 95% de la población era analfabeta.

 

El lenguaje es, como saben, el murmullo de todo lo que se pronuncia,  y es al mismo tiempo ese sistema transparente que hace que, cuando hablamos, se nos comprenda; en pocas palabras, el lenguaje es a la vez todo el hecho de las hablas acumuladas en la historia y además el sistema mismo de la lengua.

Foucault (Lenguaje y Literatura, 1994)

 

Por qué resulta lejano el Oriente, qué es lo que le da ese toque de misterio, de magia, de extrañeza, de fantástico. Podríamos decir que en parte es la distancia y no estaríamos errando, pero no son los kilómetros sino esa lejanía cultural, ese océano de significantes que nos separa de aquel viejo y lejano Oriente que sigue apareciendo ante nuestros ojos como un enigma a descifrar.

Algunas cosas sabemos de China y de Japón: el chop suey, el horóscopo protagonizado por animales, el año nuevo en febrero, los samurais con katanas y el budismo zen están entre nosotros como los supermercados y las tintorerías, sin embargo, me atrevo a decir que la península coreana representa el mayor de los misterios.

Allá por 1999 tuve mi primer acercamiento al cine coreano. Fue en el primer Bafici y de pura casualidad: la única película para la que conseguí entradas se llamaba algo así como “El amor”… no recuerdo bien el nombre y he intentado rastrearla pero sin éxito. La película contaba la historia de dos ancianos que perdían su casa y eran separados en dos asilos, uno para hombres y otro para mujeres. Debían esperar hasta la primavera para conseguir lugar en uno mixto. Recuerdo que era un drama hermoso que me hizo llorar a mares, pero en la historia sucedían cosas que eran inentendibles por no conocer nada de la historia coreana. El protagonista, que había peleado en la guerra de Corea, había sido deshonrado junto con su tropa y toda su familia por estar sospechado de colaborar con el régimen norcoreano.

Con esa primera experiencia entendí que el abismo cultural es infranqueable, que el universo oriental tiene una profundidad y una complejidad que nos supera a los pobres y mundanos occidentales, quienes arrastramos siglos de prejuicios heredados desde el ombligo europeo del mundo. El mismísimo Hegel nos dice que “los orientales no saben que el espíritu, o el hombre como tal, es libre en sí. Y como no lo saben, no lo son. Sólo saben que hay uno que es libre. Pero precisamente por esto, esa libertad es sólo capricho, barbarie y hosquedad de la pasión, o también dulzura y mansedumbre, como accidente casual o capricho de la naturaleza” (1830). Sólo sacándonos estas anteojeras podríamos empezar a entender estas culturas en donde el individuo se concibe como una partícula del cosmos, el orden y la tradición rigen la vida, el mundo espiritual convive con los vivos, es parte de su cotidianeidad y el presente es un continuum junto al pasado y al futuro.

¿Cómo derribar la gran muralla que divide el saber de la ignorancia? ¿Cómo ganar el partido contra aquellos que no quieren perder los privilegios? ¿Cómo acercar al vulgo que vive trabajando la tierra de sol a sol una escritura que requiere años de práctica y estudio?

The King’s Letters (Jo Chul-Hyun, 2019) se presenta como una película histórica más, una de estas tantas que cuentan con un poco de dramatismo un hecho histórico, muy bien producido, con vestuarios y fotografía impecables y con ese ambiente denso de tradición milenaria. Pero si no es una película brillante por qué motivo escribir sobre ella: pues porque la trama encierra ese punto clave en el que todo cambia.

Corre el año 1442 y en el trono de Corea está Seyong, cuarto monarca de la dinastía Joseon, quien gobernó el país desde 1418 hasta 1450 y fue uno de los dos gobernantes coreanos en recibir el apodo de “el grande”. Por lo que muestra la película y lo que cuentan las crónicas, el tipo condensaba en su persona toda una época. Por un lado era la personificación del antiguo régimen monárquico, pero por otro lado, luchaba incansablemente contra la opresión y el oscurantismo del momento. Es, pues, una bisagra en la historia y allí reside la potencia de la película.

El rey quiere trascender, quiere ganarse el título de ser el más grande, quiere ser recordado por mejorar la vida de los coreanos y luchar contra el constante hostigamiento de sus vecinos superpoderosos, pero también se lo pinta con cierto altruismo y eso lo convierte en un líder carismático. Interpretado de manera brillante por Kang-ho Song, conocido actualmente por encarnar al pater familias en Parasite (Bong Joon Ho, 2019), pero con 35 películas en su carrera, posicionado, podríamos decir para entender, como el Ricardo Darín coreano. En ese afán por encontrar algo que cambie a Corea para siempre comienza a dar de lleno la batalla cultural, buscando acertar una flecha en el corazón del poder de los eruditos: el lenguaje.

Es en esta creación de lenguaje, más específicamente, de la escritura, donde se pone en escena una cuestión absolutamente foucaultiana. Foucault dice que “no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder” (1975). Ese es, ni más ni menos, el conflicto que se despliega en The King’s Letters. Más del 95% de la población coreana era analfabeta y una de las razones de ello era que el idioma del pueblo era oral, mientras que la escritura oficial era el chino. Tan diferente y encriptado que aquellos “sabios” que sabían escribir eran los dueños de la pelota. Y el partido se jugaba entre dos grandes rivales: confucianos contra budistas. Los primeros detentaban el poder y tenían a la corte china como aliada, los segundos eran perseguidos y vapuleados pero custodiaban celosamente reliquias que condensaban milenios de saberes y poderes..

¿Cómo derribar la gran muralla que divide el saber de la ignorancia? ¿Cómo ganar el partido contra aquellos que no quieren perder los privilegios? ¿Cómo acercar al vulgo que vive trabajando la tierra de sol a sol una escritura que requiere años de práctica y estudio?

Pues la respuesta es tan simple como: si no creamos, perecemos y como dice la sinopsis de The King’s Letters: el rey arriesgará todo para crear el Hunminjeongeum (Los sonidos correctos para la instrucción del pueblo). Allí está toda la belleza del momento exacto de la creación colectiva de traducir en signos esos cientos de sonidos que salen de nuestros aparatos fonológicos. Acercándonos un momento sublime de la historia que nos permitirá sentirnos menos extraños y no tan lejanos del viejo Oriente. El mundo del siglo XV estaba cambiando. Un rey maradoneano la vio venir. Gambeteando entre chinos mandarines, confucianos apegados al orden y fanáticos religiosos convertiría el mejor gol de la historia de Corea, logrando obtener el título de “el más grande”.

 

Juan Landi (Pehuajó, 1979) es Profesor de educación Primaria (Normal N° 7). Se dedica a lo docencia desde el año 2011. Ha publicado diversos artículos en revistas como “El Perseguidor” y “El Mojón”. Participó en diversos proyectos cinematográficos realizando trabajos de edición, sonido, guión, storyboard y actuación.

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