TROTSKY EN LA PANTALLA

¿Cómo se ha llevado al cine el asesinato de León Trotsky? ¿Cómo se han caracterizado a sus protagonistas principales?

México, España, Rusia. Hacia 1937 dos fuerzas fantasmales cruzan mares y fronteras con la facilidad del cine. Las agitan, respectivamente, Lev Davidovich Bronstein y Iosif Vissarioniovich Dzugashvili. El primero, con tenacidad de utopista, alienta desde el exilio la denominada IV Internacional, referencia para los comunistas del mundo desencantados con la versión montada en Moscú. El segundo, desde la capital rusa, interpreta con inclinado marxismo que cualquier amenaza al poder pone en riesgo la única experiencia socialista y organiza una red de espionaje y represión de alcance casi planetario.

20 años antes la historia los había conocido juntos. El primero fue el gran maestro de la toma del poder. Dijo Curzio Malaparte que supo entenderla como “técnica”, ponderó que los tiempos, medios, y decisiones podían ser tan importantes como la adhesión masiva. Le organizó un cuerpo al “alma” de la revolución. El segundo fue el garante de la perpetuación de los soviets. Con palmaria eficacia, se encargó de que ninguna “contrarrevolución” prosperara o de que toda objeción a su liderazgo sea calificada como tal. Trotsky brilló en el arte de derrocar al poder. Stalin, fue el especialista en conservarlo.

Observados desde esos humores y capacidades, el destino de ambos era predecible. El segundo, a la caza del primero; el primero, anunciada víctima del segundo. Precioso material para el cine: Un México generoso y valiente, bajo la luz de personas como el presidente Lázaro Cárdenas o los artistas Frida Kahlo y Diego Rivera, se convierte en el único lugar de asilo político para León Trotsky. La casa de Coyoacán complica el objetivo stalinista de suprimir un símbolo peligroso. La pantalla alcanza a Trotsky por una vía indirecta: El último eslabón de la arquitectura punitiva no debiera ser la pieza más interesante. Sin embargo la fuerte potencia reveladora de lo narrativo ha hecho de Ramón Antonio López Mercader —el verdugo de Trotsky— uno de los personajes más jugosos por sus fortísimas tensiones internas, su terrible relación filial, su novelesco amor con la legendaria África de Las Heras, sus largos años de prisión en México, la tardía condecoración del Kremlin y el oscuro final en Cuba. No menos por su elipse de soldado comunista en la guerra española, ascendido por la jerarquía soviética para acondicionarlo como ejecutor de “misiones” secretas fuera de la URSS.

Sin duda, el libro El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura extiende un detalle muy completo de esa vida. Pero la fatal condena artística de Mercader es que su importancia bebe siempre de una fuente mucho mayor: El propio Trotsky. Y no deja de ser terrible que aquel acto miserable y traicionero eleve la cotización cinematográfica del asesino. La veracidad inunda con fuerza cada representación del drama y el estremecedor paisaje psicológico de Mercader le da al cine de ficción una intensidad equiparable a la del documento.

El Mercader de Alfonso Herrera supera en la refracción de su prolongado drama al digno Alain Delon precedente, muy apoyado en la austeridad verbal

Sostengo esto porque si bien el excelente trabajo de José Luis López Linares y Javier Rioyo Asaltar los cielos de 1996, pleno de información y testimonios valiosos, ilustra perfectamente los contextos políticos que posibilitaron el crimen, la literatura y el cine han podido ir más lejos explotando como insumo la específica contextura de Mercader y la agonía de aquel Trotsky acorralado. Estoy aludiendo a dos versiones filmadas sobre el tema, la de Joseph Losey de 1972 El asesinato de Trotsky y El elegido de Antonio Chavarrías de 2014.

Aquí conviene una digresión: Ramón Mercader es el resultado final y más operativo de una acendrada maquinaria intelectual. Si ocupa el peldaño moralmente más bajo, también se posiciona en la cima de la producción doctrinaria. Es el momento irracional de una racionalidad desarrollada de manera centrípeta y sorda. Eso lo distingue del sicario vulgar. No actúa por dinero ni experimenta el goce sádico de matar. Cree servir a una causa de justificación histórica. Pero no puede ignorar –no tiene modo- lo abominable de los medios que emplea.

El debate interno de Mercader lo consume y gravita en el desenlace demorando angustiosamente el instante decisivo. Entiendo que la película del catalán ha encendido mejor estas coloraciones, tal vez porque desplaza más el enfoque hacia el curso de aquel hombre engranaje. A riesgo de sonar herético, afirmo que el elenco de Chavarrías ofrece una mejor semblanza de los personajes en juego. El Mercader de Alfonso Herrera supera en la refracción de su prolongado drama al digno Alain Delon precedente, muy apoyado en la austeridad verbal. La doblemente traicionada Sylvia Ageloff, seducida por Mercader como vehículo para acercarse a Trotsky, encuentra en Hannah Murray un péndulo más amplio entre el candor de la enamorada y la determinación de la militante que el propuesto por Romy Schneider, quien desborda naturalmente lo que se sabe de la segunda gran víctima del operativo.

Y finalmente Trotsky, quien tuvo un retrato serio y labrado en el memorable Richard Burton, obtiene en la película española la encarnación que sugiere mayor proximidad a su referencia. En el medio, el muy buen Geoffrey Rush había brindado en Frida (2002) una variable en la que latía fuerte el carácter apasionado del indomable jefe del Ejército rojo. Pero Henry Goodman es quien construye mejor el lateral afectivo de aquel hombre capaz de crueles decisiones. En El elegido se puede distinguir nítidamente su judía calidez para el entorno familiar, tanto con Natacha Sedova como con aquellos arriesgados militantes y amigos que lo apoyaban en el destierro. Incluso con el propio Mercader bajo su impostado rol de novio de Ageloff.

Coincidentemente, también es Goodman quien alcanza la mayor similitud física con el original avivando aquel gesto a la vez temerario y aniñado que colmaba de significados ese decidido rostro. Se podría argumentar que esta historia fue en sí misma tan apasionante que no debería dejar margen para una narración fallida. Prefiero decir que por los mismos motivos, compromete mucho a quienes intentan dramatizarla. Y todos los autores mencionados estuvieron a la altura del desafío. “Yo maté Trotsky” se repite turbado el Ramón Mercader a cargo de Delon en la escena de cierre frente a la policía mexicana y a la intima catástrofe en la que se acaba de hundir. Deleitado por el acceso a estas trascendentes relaciones que el cine construye y ofrenda, podría decir por mi parte: “yo conocí a Trotsky”.

 

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Roman Ganuza
Trabaja hace 33 años en el IPS (Instituto de Previsión Social) y es tasador en una inmobiliaria. Lee filosofía desde los 14 años, ha visto muchísimos filmes, sigue leyendo. Es casado con dos hijos, tiene 59 años, Ha escrito ensayos y análisis literarios pero son inéditos.

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