UN LABERINTO EN OCTUBRE (PARTE 2)

Nuevos apuntes (¿segundo de tres? ¿segundo de cuatro?) sobre los siete films que forman parte de la competencia argentina de la edición 14 del FestiFreak.

 

Continúa el recorrido por la competencia argentina del FestiFreak número 14. Las proyecciones del domingo 14 (Te quiero tanto que no sé) y el lunes 15 (Buenos Aires al Pacífico) confirman el carácter abierto y voraz del festival. Junto a La omisión, se trata de las películas que abordan con más claridad una preocupación por lo geográfico, y también se trata de dos films que, desde estéticas decididamente contemporáneas, no reniegan del pasado y lo exploran con ternura. Tanto el largometraje de Lautaro García Candela como el de Mariano Donoso son trabajos cálidos, imaginativos y sensibles, que merecen más y mejores palabras que las que les voy a dedicar a continuación.

III

Lautaro García Candela creó hace tres años —junto a Lucía Salas y Lucas Granero— Las pistas, una revista virtual de cine que rápidamente se constituyó en un espacio de referencia para los cinéfilos locales. Este año García Candela filmó su primera película, Te quiero tanto que no sé, una delicia que, más allá de su aparente simpleza, resulta difícil de encasillar dentro de alguna de las líneas del cine argentino de los últimos años.

Te quiero tanto que no sé transcurre durante una noche liviana —tal vez de verano— en la cual Francisco, un muchacho de unos veintipico de años, recorre Buenos Aires mientras se va cruzando con amigos, conocidos y desconocidos. La situación que da lugar al eterno détour de Francisco es —y está muy bien que así sea— una excusa: quiere encontrarse con Paula, una chica a la que hacía mucho que no veía y con la que se reencontró recientemente por casualidad. A partir de allí, Francisco actúa una situación de levante junto a la novia de su hermano (que lo corrige varias veces, segura de que así no va a poder conquistar a Paula), se suma a un recorrido turístico por edificios históricos de la ciudad, juega al fútbol con un grupo de desconocidos, canta a cappella junto a dos playeros de YPF y se vuelve responsable de una lata de fílmico que tiene en su interior una película rarísima y poco conocida.

Se ha comparado al debut de García Candela con el cine de Ezequiel Acuña, pero en las películas de Acuña hay una búsqueda de incomodidad y un acercamiento a la incomunicación que no están presentes en Te quiero tanto… Por el contrario, estamos ante una película grácil y luminosa, que pone en juego una serie de códigos arbitrarios para reflejar intereses personales, que —así como la película tiene poco que ver con la ficción argentina reciente— tienen poca relación con las tendencias culturales contemporáneas. Así se explica, por ejemplo, que Francisco se cruce varias veces, en distintos momentos de la noche, con un músico que, acústica en mano, toca canciones de artistas como Sui Generis o Fito Páez (o el hit italiano “¿Qué será?”, popularizado en español por José Feliciano), o que la película de la lata (comprada por uno de los desconocidos con los que Francisco juega al fútbol, en una transacción clandestina que sugiere una compra-venta de droga) sea La civilización está haciendo masa y no deja oír de Julio Ludueña, joya rara vez rescatada del cine argentino de los setenta, un musical anómalo sobre la prostitución que cuenta —entre otras rarezas— con un número que reúne a Valeria Lynch y Edgardo Cozarinsky.

Francisco afronta estos desvíos sin demasiada preocupación; su interés por llegar a Paula se mantiene firme, pero eso no le impide disfrutar de todas las demás situaciones y encuentros que se cruzan por su vida. En Te quiero tanto que no sé hay un interés geográfico, un cariño indudable por la ciudad que retrata (incluso con algunas simpática citas posibles: al comienzo del film, Francisco rodea con su auto una plazoleta con un busto, y una serie de planos alrededor de la plazoleta hacen acordar a Le Pont du Nord, película de Jacques Rivette que aborda con enorme belleza y juego las calles de París), y también una mirada que busca incansablemente el placer: cuando comienza la película, nos enteramos de que la relación de Francisco con su (ex)novia acaba de terminar; el encuentro azaroso con personas, la visión amorosa de la ciudad, los diálogos lúdicos, las canciones y el cine aparecen, en cierto modo, como elementos que ayudan a construir, en medio de la tristeza, un mundo de atractivos y misterios constantes. Se trata, qué duda cabe, de la película más feliz de la competencia.

 

Junto a La omisión, se trata de las películas que abordan con más claridad una preocupación por lo geográfico, y también se trata de dos films que, desde estéticas decididamente contemporáneas, no reniegan del pasado y lo exploran con ternura.

 

IV

Si Te quiero tanto que no sé es la película “feliz”, y estuviéramos obligados a clasificar a cada película de la competencia con un adjetivo determinante, Buenos Aires al Pacífico sería la película “extraña”. Ya en su primer largometraje, Opus (2005), Mariano Donoso construía un documental abierto y disperso a partir de varias líneas disímiles: lo que empezaba siendo un film sobre el impacto de la crisis social y económica post-2001 en el sistema educativo de la provincia de San Juan terminaba siendo, principalmente, un documental sobre las dificultades de filmar esa película. Esto le permitía a Donoso construir un laberinto donde se cruzaban preocupaciones sociales, referencias literarias, comentarios historiográficos y una serie de apuntes autobiográficos, personales.

Buenos Aires al Pacífico no es un “diario de filmación”, pero no deja de ser una película caótica y múltiple, por momentos emotiva, por momentos confusa —a veces la dos cosas al mismo tiempo— y siempre difícil de asir, misteriosa. Comienza con una cita de Cesare Pavese: “Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros”, para luego dar paso a un relato de un ex trabajador del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, donde narra, quiebres y lágrimas mediante, los últimos momentos de la línea ferroviaria antes de su desmantelamiento. A partir de allí, Donoso construye un mapa de sueños personales, paisajes del interior argentino —ríos, campos, montañas—, filmaciones de ferrocarriles y sus estaciones —a través de material de archivo y filmaciones propias—, inventos del siglo XX, canciones folclóricas y anécdotas sobre ese gran proyecto ferroviario que buscó unir, a comienzos del siglo pasado, a Buenos Aires con Valparaíso.

La película de Donoso está narrada por tres voces (la del director, la del sonidista y montajista Manuel Alonso, y la de la coguionista y coproductora Mariana Guzzante), que ayudan a establecer un ritmo homogéneo y sutil y funcionan como un hilo que une a los diversos temas que componen el ensayo. Otro punto en común es una mirada hacia el pasado, donde primaba cierta constitución de lo colectivo (en términos laborales, por ejemplo, pero también en el afán comunicador de los proyectos ferroviarios) que se fue perdiendo, neoliberalismo mediante. En Buenos Aires al Pacífico no hay, sin embargo, una nostalgia reaccionaria, sino la búsqueda de una poética específica; una poética del rescate, de la investigación y la exploración (externa e interna). El pasado, en el film de Donoso, funciona más bien como un cúmulo de sentidos, experiencias y procesos a descubrir. Sin embargo, si bien uno puede aprender mucho viendo Buenos Aires al Pacífico, no hay en la película un afán pedagógico. Contra la claridad llana y a veces torpe del cine voluntariamente didáctico, Donoso juega con la lejanía (poética, nebulosa; hay mucho de viaje en el tiempo) y la cercanía (emocional; el acercamiento a un mundo interior de imágenes, ideas y sueños); contagiando siempre su fascinación por ese pasado de inventos, puertos, trenes y fábricas.

 

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Alvaro Bretal
Nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires. Es estudiante avanzado de las carreras de Licenciatura en Sociología y Profesorado de Sociología (FaHCE-UNLP). Escribe en las revistas digitales La Cueva de Chauvet, Détour, Tierra en trance y Caligari, y en el portal web indieHearts.

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