UN LABERINTO EN OCTUBRE (PARTE 4)

Último film de la competencia argentina del FestiFreak, última parte de la cobertura del escriba de La Cueva. En este caso, El silencio es un cuerpo que cae, debut de Agustina Comedi.

 

Y llegamos a la última película de la competencia argentina del FestiFreak, que se proyectará el viernes 19 junto a la presentación del número 9 de Revista Pulsión (que incluye al film en cuestión en su portada y una entrevista a su directora). Quedó sola, no por ser la última de un número impar, sino por tratarse de una película particularmente cautivante, extraña y emotiva.

VII

El silencio es un cuerpo que cae comienza con una filmación casera del David de Miguel Ángel. La cámara trepa por el cuerpo fibroso; se detiene en las piernas, las manos. Luego lo captura de espaldas: se detiene un poco en las pantorrillas, bastante más en la cola. Corte. Una nena de unos diez años mira a la cámara; al lado, una mujer de unos cuarenta, con sombrero y folleto turístico en la mano. La cámara las abandona y vuelve al David, ahora capturándolo de cuerpo completo. Luego baja, para encontrarse con el rostro en primer plano de la nena que se acerca. Corte. Zoom sobre el rostro del David. Corte. Título sobre fondo negro. Ahora la cámara filma un paisaje hermoso, verdísimo, desde la ventanilla de un tren. “Mi papá filmaba todo el tiempo”, dice una voz en off, “cuando nací se compró una Panasonic y cuando murió en un accidente, en enero del 99, tenía la cámara en la mano”. En esos tres minutos contundentes se sintetizan varias de las muchas líneas que componen el primer film de Agustina Comedi.

El silencio es un cuerpo que cae trata, principalmente, sobre Jaime, el padre de la directora, homosexual y militante del partido Vanguardia Comunista. El deseo de tener un hijo lo llevó a terminar una relación de más de diez años y casarse con una mujer. Entonces nació Agustina. “Cuando vos naciste, una parte de Jaime murió para siempre”, le dijo un amigo de su padre. El desafío fue salir a descubrir quién era ese hombre antes de convertirse en un padre de familia; quiénes eran sus amistades, sus parejas, y cuáles eran sus actividades, intereses, deseos y preocupaciones. Una caja llena de videos filmados por Jaime permitieron comenzar a reconstruir ese pasado, entretejido de amores, fiestas, militancia y un sinfín de placeres y problemas que, por razones obvias, no siempre aparecen en las filmaciones caseras. Para eso Comedi tomó la decisión de complementar las filmaciones de su padre con material propio; principalmente entrevistas a personas que habían sido cercanas a él durante los setenta y la primera parte de los ochenta, esos años previos al cambio radical que significó el matrimonio y la constitución de una familia.

 

El silencio es un cuerpo que cae comienza con una filmación casera del David de Miguel Ángel. La cámara trepa por el cuerpo fibroso; se detiene en las piernas, las manos. Luego lo captura de espaldas: se detiene un poco en las pantorrillas, bastante más en la cola. Corte.

 

Son muchas las cosas que sorprenden de El silencio es un cuerpo que cae. Una es obvia, y no es menor: el propio tema y la curiosidad de la directora —con todo el contenido emocional y autobiográfico que implican— disparan una serie de interrogantes sobre la memoria personal, el embricamiento entre lo personal y lo político, y la dificultad de pertenecer al mismo tiempo a espacios (la militancia política de izquierda y la comunidad gay) que, durante mucho tiempo, parecieron chocar irremediablemente. Por otra parte, como suele ocurrir en los documentales con material encontrado que han proliferado en los últimos años, la propia variedad de texturas y formatos, la diversidad del material, genera un saludable desvío de la monotonía digital predominante. Por último, pero no menos importante: la organización del material va develando momentos y aspectos significativos de la vida de Jaime con enorme potencia. Un ejemplo claro es cómo Comedi retoma hacia el final de la película la filmación del almuerzo en el campo que aparece al comienzo (justo después de las escenas del David y el tren), dotando a todo ese momento entre familia, amigos y caballos de una densidad difícil de imaginar en los primeros minutos del film.

Lo que convierte a El silencio es un cuerpo que cae en una experiencia cinematográficamente apasionante es que, a todas las características anteriores, se le suma un auténtico cariño de la directora por el material encontrado. Ese material, en muchos casos recuerdos de su propia infancia, es aprovechado no solo por su valor documental y por razones narrativas, sino también por su atractivo estético, o porque sugiere un tono o un clima de una belleza particular. Así funcionan, por ejemplo, las filmaciones de teatro infantil, o ese momento en que, cuando vemos a Horacio/Delpi (la última pareja de Jaime antes de casarse con la madre de Agustina) bailando sobre un escenario, su voz —en off— se hace presente mientras la imagen se congela y es avasallada por la “lluvia” del televisor — producto, posiblemente, de un cassette de VHS en mal estado. Donde muchos cineastas hubieran descartado el material que “se ve mal” para usar solo aquel que represente puntual y específicamente lo necesario, Comedi enriquece todavía más la textura del video al convertir a los “accidentes” en elementos de lirismo y tensión.

Las entrevistas, por otro lado, alejan a El silencio es un cuerpo que cae del espacio exclusivamente biográfico o familiar para reconstruir un universo —o, de hecho, varios al mismo tiempo— rara vez retratado(s) por el cine argentino. El hecho de que Jaime fuera homosexual y militara en un partido comunista se hace presente en el documental, no solo a través de anécdotas amenas y videos de fiestas, sino también de relatos de persecución interna y externa, tanto por el poder militar dominante entre fines de los setenta y comienzos de los ochenta como por los dirigentes de ciertos partidos de izquierda que consideraban que la homosexualidad era una desviación que debía ser revertida. En el caso de Jaime, a esto se le suma la preocupación personal por la paternidad, que deriva en un distanciamiento tortuoso de aquello que durante gran parte de su vida le había brindado amistades y placeres.

Lo cierto es que, así como con el correr de los minutos vamos descubriendo que la vida de Jaime encerraba una variedad de vidas, intereses y espacios de pertenencia —sin por eso dejar de ser un enigma—, el film de Comedi aborda una diversidad de temas y decisiones estéticas —incluidas, por ejemplo, breves escenas filmadas por ella que narran el romance entre dos jóvenes actuales—, manteniendo de comienzo a fin una ternura y una curiosidad que lo convirten en un artefacto hipnótico.

 

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Alvaro Bretal
Nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires. Es estudiante avanzado de las carreras de Licenciatura en Sociología y Profesorado de Sociología (FaHCE-UNLP). Escribe en las revistas digitales La Cueva de Chauvet, Détour, Tierra en trance y Caligari, y en el portal web indieHearts.

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