UN PAISAJE MAESTRO. LA PAZ, NO LA GUERRA

La autora se adentra con categorías de la psicología en Mi obra maestra, que presenta como la tercera y más intimista de la trilogía iniciada con El hombre de al lado y El ciudadano ilustre. 

 

Entre los caracteres psicológicos de la cultura,

dos parecen ser los más importantes:

el fortalecimiento del intelecto,

que comienza a dominar la vida instintiva,

y la interiorización de las tendencias agresivas,

con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas.

(…) Todo lo que impulse la evolución cultural

obra contra la guerra (Sigmund Freud).

 

La vuelta al yo, la intimidad

Mi obra maestra es la última película dirigida por el argentino Gastón Duprat, producida por Mariano Cohn y guionada por Andrés Duprat. No es la primera vez que se arma esta dupla Duprat/Cohn. Nos han deleitado en otras oportunidades con El hombre de al lado (2010) y El ciudadano ilustre (2016), y como no hay dos sin tres, con Mi obra maestra (2018) consideramos que acontece una suerte de trilogía, sin proponérselo anticipadamente. Podemos pensar que con El hombre de al lado se abre el juego de dos personajes antitéticos: uno sofisticado y otro rústico, para nombrar al pasar el asunto de una disputa (sociocultural) importante que los hará confrontar como unos vecinos totalmente diferentes. Con la siguiente película El ciudadano ilustre, se da una especie de pulida en el despliegue de los personajes: el protagonista, consagrado en el ámbito de la literatura, regresa a su pueblo para ser agasajado y de ahí en más se desplegará una interesante e intensa historia de enredos pueblerinos. Ya con la presente película Mi obra maestra se produce, a mi entender, un anudamiento y una vuelta al propio yo: aparece el pronombre personal Mi para hablar de la actividad de un sujeto, lo que la vuelve más intimista, sin perder el hilo que la ata con intensidad a un discurso sarcástico, ácido, bizarro, que va desde la voz en off de uno de sus personajes principales hasta los cambios de lugares y de tiempo, justamente a causa del paso del tiempo y su agotamiento (en varios sentidos del término). Así, el director se mete hasta los huesos para extraer la marca de los discursos de sus personajes; hace hablar a sus narcisismos en tanto espejismos que obnubilan y enceguecen a veces el pensamiento con la lucidez que presentan. A su vez, es condición se ve para el director, que haya una dupla para mostrar en ese espejo horroroso el reflejo de uno mismo, esto es, uno al mirarse allí no quiere ver eso que no está tan bueno de mostrar al mundo, entonces es más fácil proyectarlo y depositarlo en el otro; sería algo así como una imagen otra que dialoga con nosotros, y que en verdad es nuestro propio yo que dialoga con nosotros; una especie de alter ego que muestra eso indecible o decible a medias que tiene la verdad (subjetivamente hablando) y que hace despertar el deseo (y cuando hablamos de deseo no siempre se trata de algo bello). En El hombre de al lado, Víctor es ese hombre rústico, según la mirada del supuesto sofisticado arquitecto Leonardo, que a su vez hace dupla o pareja con Lolex (Lola), como apodaba este frívolo padre a su hija, y también con su mujer, quien le pedía un piquito que no provocaba atracción en ninguno de los dos. Lolex se encuentra en una encerrona habitacional, autista de su realidad, pero que sólo conecta con su vecino Víctor cuando éste le dedica una obra de teatro muda, con la genial inventiva de hacer con sus dedos un personaje danzarín. En El ciudadano ilustre, Daniel Mantovani (en el papel interpretado por Oscar Martínez), célebre escritor que había ganado el premio Nobel de Literatura y que hacía cuarenta años residía en Europa, vuelve a su pequeño pueblo ubicado en la provincia de Buenos Aires llamado Salas, a partir de recibir un correo que lo homenajeaba con la medalla de «Ciudadano ilustre», convocándolo al reencuentro con sus raíces, y a su vez con un amor de su época adolescente. Con ese reencuentro con la mujer con la que no pudo armar pareja, también se da una complicidad, una manera de ver la vida y una imposibilidad de salirse de ese círculo: Irene (su amor de adolescencia) había devenido en una mujer ama de casa, con su talante triste y sumiso, encerrada en un matrimonio arcaico y brutal. Con esta tercera película, la que nos interesa poner bajo la lupa, Mi obra maestra, el director nos enseña una vez más acerca de los vericuetos del deseo. Dos amigos de prácticamente toda una vida refunfuñan de esa relación que no los hace soltarse el uno del otro. Se encuentran en la encrucijada del tiempo y el dinero: el paso del tiempo marca una década de arte que no se vende, según un amigo y galerista de las obras de aquél porque, desde su óptica, el artista no se acomoda a los tiempos modernos, violentos y sin tiempo, agregamos nosotros, que es un tiempo de la instantaneidad, y por ende apremia sin premio, sin una remuneración económica, por ejemplo, y si lo da, tiene que «vender el alma al diablo» haciendo cosas que no van con su pretendida ética. Y la dignidad, parece que hace tiempo este artista y su amigo, la habían perdido. Acompañándose hasta la muerte planeada, como esa jugada que los hacía fantasear con que la muerte de un artista hace vendible sus obras a escalas millonarias, ellos, de tan antitéticos que se mostraban, eran más bien dos gotas de agua.

¿Qué nos quiere mostrar el director cuando les saca sus máscaras? Tal vez, y con una pizca de humor negro, nos muestre la decadencia y locura de la gente que compra obras a un valor descomunal pero por carriles no convencionales porque hay personas que nos hacen creer cosas que en verdad no pasan en la realidad material. El pintor que en los años ´80 fue tan revolucionario dejó de serlo, justamente fue una oleada, una fuerza y un movimiento que llegado un tiempo determinado y no preciso, cesa, pero no por eso muere como si no le importara nada más. No se modernizó, de ahí que su amigo el galerista tenga que poner plata para que no siga endeudándose en la casa que habita. Del otro rústico; del otro dejado; del otro venido a menos; del otro grosero y baboso; de todo eso y más parece hablarnos el director. Esos matices tocan las tres películas que traemos con esta especie de trilogía, Duprat pone su sello haciendo hablar a sus personajes de la hipocresía humana.

 

Ese camión le hará perder por un tiempito la memoria, como esa especie de limpieza subjetiva, o que en términos cibernéticos podemos nombrar como back-up que, para prevenir de posibles pérdidas de información, se procede a una copia para resguardarla. Quien lo ayuda a recuperar sus recuerdos, una vez más, es su amigo.

 

El incesante saber por la verdad

Aparece en escena un brillante joven, o como lo llama Arturo Silva el galerista (Guillermo Francella), un «boy scout» pero tonto, según la óptica de esta dupla de amigos. Realmente se presenta como alguien que los hará dudar y cortar con esa racha de manejarse impunemente ante la vida; los hará cargar con culpas si se hacen cosas indebidas para salvar el honor (o mejor dicho el bolsillo), pero con una marcada decadencia de seguir sosteniéndose con la hipocresía de pertenecer a prestigiosos círculos socioculturales. Este joven que iba en la búsqueda del saber a partir de dar con el que llamará su maestro, el gran pintor Renzo Nervi (Luis Brandoni), en realidad era un pobre tipo explotado y estafado por El maestro. Sin embargo, esa búsqueda lo llevará a encontrarse con sus fervientes deseos de ayudar a los demás. Tan correcto y moralista era que, buscando/escarbando una verdad para denunciarla, se embarcará en una especie de filantropía. Para estos dos amigos inseparables, el muchacho resultaba una amenaza. Querían enterrar esa buena moral que venía del otro.

Esta obra encubre una estética de la verdad, la cubre sutilmente hasta tornarla grosera y expulsiva, como ese cuadro que Nervi no quería hacer para una empresa familiar por no fallar a su esencia, no trabajaba por encargue. Pero termina accediendo, por pedido de su amigo, claro que no descuidará en darle su toque: le dibuja al cuadro un pene que se superpone a la imagen armónica preponderante (desde el bosquejo que en realidad había hecho el galerista, como siendo una especie de artista a demanda del placer del otro, ¡qué gran engaño!) Es decir, estos personajes se burlan de la realidad, son opuestos, pero se parecen porque uno odia la modernidad y así el paso del tiempo, y el otro quiere hacerlo avanzar para que muestre una obra maestra al mundo, para que salde sus deudas con él, pero en el fondo también para ayudarlo a que el reconocimiento de su amigo artista resurja a la actualidad. La muerte planeada tiene el estatuto de un revivir, pero no sin ese borde que lo hace rozar a Nervi con la muerte cuando sale de un lujoso restaurante sin pagar la cuenta (valiéndose de sus títulos de artista —que mucho no venía usando sino para embriagarse/ahogarse en su narcisismo un tanto decadente—), y así un camión lo choca. Ese camión le hará perder por un tiempito la memoria, como esa especie de limpieza subjetiva, o que en términos cibernéticos podemos nombrar como back-up que, para prevenir de posibles pérdidas de información, se procede a una copia para resguardarla. Quien lo ayuda a recuperar sus recuerdos, una vez más, es su amigo. Podemos pensar la aparición del camión como una situación traumática que irrumpe en la vida del sujeto, no es calculada, no tiene lógica simbólica, y le demandará hacer otra cosa. Para Nervi, la vida parecía una condena eterna, una agonía, no había margen para la sorpresa, menos así para el cambio, era un terrible pesimista. Para este artista, la modernidad era el atravesamiento de la bala en una pintura suya. Se burlaba de todos, hasta del tiempo. Pero no calculó que, al agujerear su propia obra le haría una marca a su propia vida; bala como la antesala de un cambio.

Una llave maestra

Mi obra maestra pareciera dar con la llave que conduce a otra puerta mostrando la hipocresía de una sociedad que desnuda verdades, avergüenza al sujeto en sus comportamientos y le hace pagar por tales acciones, pero a su vez, su arte es vendido aun haciéndonos creer en su muerte… ¡qué maestro! También nos enseña ese mestizaje que convive en cada ser humano que lo lleva a fuertes contradicciones, a veces a partir de la denuncia de un otro que pone en tela de juicio la moral con el buen o mal obrar. Esta película, junto con las dos anteriores nombradas, da con el sello de autor, desde mi óptica, apreciación y gusto personal. Duprat pone al descubierto las transgresiones del ser humano; no todo es blanco o negro; no todo es tan extremista porque si lo es podemos condenarnos al vacío, y hasta generar la muerte del otro, pues la indiferencia es uno de los venenos más grandes que padece el ser humano. Entonces, aquí parece que es mejor fantasear un poco con la muerte para que la obra maestra logre realmente una versión mejorada, única y con estilo sofisticado. Porque para copias, el mercado está plagado de vitrinas: está la casa de El hombre de al lado con esas ventanas que para el afuera muestran una realidad maravillosa, pero hacia adentro otra es la historia; también está ese busto colocado en el centro del pueblo de Salas de El ciudadano ilustre que inmortaliza con ese Premio Nobel a un sujeto que no pudo escribir más nada porque se quedó también en un tiempo perdido… ¿Qué sucede cuando el otro nos abre el agujero de la existencia? me preguntaba en un artículo mío dedicado a El hombre de al lado. Considero que no es sin ese agujero, a veces a los tiros (de acuerdo a la civilización del momento, de su plasticidad y tolerancia), que un sujeto puede devenir otro. También considero que no es sin la mano de un otro devenido Otro (con mayúsculas, en tanto del orden simbólico) que se construye un sujeto diferente, dejando de estar al lado del otro; dejando de ser ilustre; o perdiendo el lugar de ser el maestro de alguien. Así se forja un sujeto que rompe con la cadena de lo mismo, de lo igual porque cada uno es único e irrepetible. Ser reconocido no tanto por las vidrieras del mundo (que muchas veces venden cosas que dan muerte al sujeto), sino por lo más importante: nuestro semejante, sea un vecino que vive al lado; un ciudadano que ama a una mujer del barrio; un maestro que quiere a su amigo que lo banca desde hace mucho. Lo más importante va más allá de tener objetos costosos (un sillón que te permite flotar; una casa lujosa, una colección de cuadros en una galería de arte…).

 

Un nuevo paisaje. La mejor versión subjetiva

Por esto y para finalizar, armar la propia versión del sujeto es lo que permite de alguna manera —con el paso del tiempo y la experiencia— dar con la obra maestra singular. Pero esto no es sin el paso por el Otro que nos da una consistencia, un sentido a nuestro ser, a nuestra vida, y nos hace vivir y darnos cuenta que no estamos tan solos, ni tan locos, ni tan rústicos pero tampoco tan sofisticados. Somos en la medida de lo que el otro partenaire (amigo, pareja, oficio, trabajo, profesión, familia, vecino, pasión por algo —y la lista síganla ustedes—) nos muestra a ver. Pero también somos eso otro que nos hace desprender de esa imagen que viene del otro, y esto nos permite ver desde la diferencia y con diferencias. Este agujero de nuestra existencia que en los comienzos de la película valió la propia obra del autor, en esta oportunidad, o para concluir y dar un nuevo comienzo, fue necesario agujerear. A los balazos se atravesó el lienzo, como el significante que atraviesa nuestro cuerpo para restar goce (y bobadas fálicas) y abrir paso al campo del deseo, que no es sin ese Otro del lenguaje, pues sino seríamos esa obra muerta en un lienzo. Como a ese Otro le importamos, le hacemos falta si nos ausentamos. Entonces, la posibilidad de una nueva obra en tanto capítulo de la historia del sujeto, se abre en el firmamento y da un aire fresco que despierta un nuevo trayecto para seguir viviendo, ya no importando tanto ese sello narcisista del artista, sino más bien como una persona que puede mejorar cada día si se deja afectar por ese nuevo paisaje que está frente suyo y que recién ahora puede apreciar. La verdad es una manera de sensibilizarnos pero no de modo tan agujereado, ni tan resignado o tan enojado con la vida… Da con un saber que pincela con deseo un camino que invita ahora al sujeto a que forme parte del cuadro que contempla y que deja de estar en la vidriera de una galería. La paz, no la guerra: la obra es esa, un paisaje único y singular desde donde el sujeto contempla, se contempla y es contemplado en su propia obra (vida).

 

Compartir

Compartir
Daniela Santandreu
Licenciada y Profesora en Psicología (UNLP). Practicante del psicoanálisis de la orientación lacaniana. Desde el año 2013 el séptimo arte la ha inspirado para la creación de espacios que desarrolla desde la teoría psicoanalítica. Considera el cine como una fuente de inspiración inagotable que aporta a la investigación para la enseñanza y transmisión del psicoanálisis.

No hay comentarios

Dejar respuesta