UN RUBIO: AVANCES Y RETROCESOS

En su sexta película, Marco Berger nos entrega su obra más crepuscular y adulta en la historia de dos obreros atravesados por los constreñimientos sociales.

Lo sabemos: como agentes que somos contribuimos a la estructuración de nuestro ambiente y de nosotros mismos. Por lo tanto, todas las otras agencias del universo nos estructuran a nosotros. Somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros y en ese “han hecho de nosotros” también debemos incluirnos como una partícula entre millones.

Si llevamos este principio cosmológico al nivel de la intimidad podemos notar la tensión permanente que nos atraviesa entre lo que podemos hacer y decir y lo que nos vemos impelidos a no hacer y callar. No por nada una fantasía recurrente consiste en decir todo lo que se nos cruce por la cabeza sin ningún tipo de tapujo, en actuar obedeciendo a nuestros deseos más profundos sin censura. Pero, por supuesto, el límite, auto y heteroimpuesto, muchas veces es sano: nos impide lastimar a los demás y a nosotros mismos. Pero, claro, también ese límite puede ser, por decirlo así, patológico y conducir a la frustración, la infelicidad, la enfermedad.

En 2019 Marco Berger estrenó su sexto largometraje, Un rubio. Cuenta la historia de Gabriel y Juan. Ambos son compañeros de trabajo en una maderera del conurbano bonaerense. Juan es propietario de un departamento que ocupa junto a un hermano. Cuando este hermano se muda, Juan decide alquilar la habitación, y Gabriel, necesitado de alojamiento pero sin los medios económicos para rentar un departamento para él solo, se convierte en el inquilino.

Gabriel es viudo y tiene una hija de ocho años que vive en Berisso con sus padres (los padres de Gabriel, abuelos de la niña). Juan se está viendo con una o más chicas que pasan por el departamento al igual que el grupo de amigos del barrio y compañeros de trabajo. Con ellas coge. Con ellos toma cerveza, fuma y mira la tele. Y habla de minitas como se supone que los hombres heterosexuales deben hablar de minitas cuando se juntan a tomar cerveza, fumar y mirar la tele, preferentemente algún partido de fútbol.

A Gabriel le dicen Mudo: es introvertido, tímido, reservado. Él es el rubio del título. Pálido, flaco. Juan es morocho, peludo, atlético, a su modo imponente, sin ser un bicho de gimnasio: su potencia física es de origen más orgánico y misterioso, sobre todo para alguien que fuma tanto y toma tanta birra.

Ambos, a sus respectivos modos, se han hecho de máscaras. Como todos, claro está. Somos máscaras que van variando de acuerdo a quiénes tengamos delante y en qué situaciones sociales nos encontremos. La máscara del trabajo no será la misma que la de la intimidad de la habitación.

A veces, esas máscaras son también cáscaras que nos contienen, nos dan seguridad pero, al mismo tiempo, nos asfixian, nos impiden hablar, verbalizar lo que pensamos y sentimos realmente. Esto, ya vimos, no está del todo mal: no es deseable decir cualquier cosa en cualquier momento. El problema es cuando no podemos decir nada en ningún momento (Gabriel, el Mudo) o cuando sólo podemos reproducir los discursos machistas en la intimidad de las relaciones afectivas cotidianas (Juan).

Un rubio se despliega así, entre las tensiones y contradicciones de lo que se quiere y no se quiere decir y hacer, lo que efectivamente se dice (o no) y se hace (o no), lo que el otro comprende y lo que no entiende. La comunicación es, entonces, el núcleo del asunto.

Después de coger con alguna chica, Juan se pasea desnudo, como un pavo real orgulloso. Es ambiguo: hay mucho de ostentación viril ante el otro hombre de la casa (misterioso en su silencio) pero también de exhibicionismo seductor. Juan lo empieza a buscar a Gabriel, empieza a forzar silencios, stand-bys y standoffs. Hasta que, en un momento, parados uno junto al otro (ante una invitación de Juan para ir a buscar unas cervezas, Gabriel amaga con salir de la habitación, pero se detiene junto a su locador en la puerta), Gabriel tantea un avance. Juan no lo mira pero se deja hacer. Al principio no podemos saber si siente el avance del Mudo, tan sutil es. Pero en un momento, la indefinición de los mensajes mutuos encuentra un punto de comunión.

Hasta Un rubio, las películas de Marco Berger terminaban allí, en el momento del reconocimiento, por lo general el primer beso entre los protagonistas. Aquí, en cambio, apenas comienza.

Gabriel está interpretado por Gastón Re, actor platense. En una entrevista, Berger elogia el rango de Re. El actor ya había aparecido en el largometraje anterior del director, Taekwondo (codirigido con Martín Farina). Pero en esa película era una deidad solar: cabello largo, físico imponente, un rugbier ágil. Claro está, Taekwondo era una película luminosa, a su modo una comedia. En Un rubio, el Mudo de Re parece incómodo en su propia piel: apocado, disminuido (el actor bajó siete kilos para el papel), pelo corto peinado a lo chico bueno.

Juan es interpretado por Alfonso Barón, actor con antecedentes en el teatro físico y la danza. Esa potencia está sumamente presente en el personaje. En las escenas de sexo él es quien conduce. Hay ahí un patrón: dueño de la casa, locador, macho.

Encontraremos, en el ir y venir, dos momentos de verbalización. El primero (no podría ser de otra manera) a cargo de Juan: “quiero una vida normal”, dice. Lo que puede ofrecer es lo que tienen: viven juntos, duermen juntos, comen juntos. Pero no pueden blanquear hacia el exterior: “quiero poder seguir yendo a jugar al fútbol con mis amigos, bañarnos y que no se anden fijando si les miro la pija” (cito de memoria). Una, dos lágrimas caen por la mejilla de Gabriel.

A partir de ahí, la cosa empieza a deteriorarse pero continúa. Otra tarde, al borde de la cama, llega la verbalización de Gabriel. La religión, la paternidad temprana, la viudez inesperada. Gabriel parece menos atado, menos constreñido que Juan. Él sí termina su relación con una novia, interpretada por Ailín Salas, ante la pasión despertada por Juan. Éste, finalmente, hará lo propio con la suya, pero será demasiado tarde. La vida normal que pedía lo partirá como un rayo.

Está también la relación de Gabriel con su hija, Ornella, interpretada por Malena Irusta (hija del encargado de la música en las películas de Berger, Pedro Irusta). La niña es una personalidad brillante, desprejuiciada, amorosa. Y será la que permitirá los indicios de apertura de Gabriel (la esperanza está en las nuevas generaciones, podría decirse). Un rubio se despliega así, entre las tensiones y contradicciones de lo que se quiere y no se quiere decir y hacer, lo que efectivamente se dice (o no) y se hace (o no), lo que el otro comprende y lo que no entiende. La comunicación es, entonces, el núcleo del asunto. Y uno de los méritos de Berger está en haber logrado plasmar una historia lo suficientemente sensible como para que, siendo que los ocres prevalecen, la tristeza no sea total. Porque tristeza hay mucha. Pero, mientras tengamos aliento y tengamos la fuerza del amor, para algunos (no para todos, sin dudas) existirá la posibilidad concreta de hacer algo más con lo que han hecho de nosotros.

Ezequiel Iván Duarte es licenciado y doctor en Comunicación por la UNLP. Ha sido organizador del encuentro de cine Otra Ventana y ha ejercido la crítica en diversos medios especializados y académicos.

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