UNA DEFENSA CASI AUTOBIOGRÁFICA DE ME CASÉ CON UN BOLUDO

Seguramente inspirado en aspectos de su vida sentimental, el autor rescata una película que considera un claro exponente de “la comedia romántica argentina”, haciendo que dialogue con las ideas de un filósofo norteamericano y varios clásicos del género.

En un golpe de intuición, vi Me casé con un boludo. Lo digo porque poco después la película iba a ser mencionada en un curso de estética al que asisto, en el marco de un debate sobre la pertinencia de seguir hablando de “lo clásico” en el cine. Pero me gustaría precisar ciertas circunstancias previas que empujaron a ver esta película de 2016, actuada y producida por Adrián Suar, dirigida por Juan Taratuto y reforzada en el plano actoral por la genial Valeria Bertuccelli. Quiero aclarar que para mí Suar también es un comediante brillante. Tiene ese aura por el cual su sola presencia, o su predisposición general a lo cómico, no sé bien qué es, hacen que uno se ría. Suar es bueno para recrear ciertos comportamientos neuróticos, como el narcisismo o la tensión nerviosa. Es muy gracioso representando esas inclinaciones con las que nos sentimos identificados, haciendo que nos riamos de nosotros mismos.

Como decía, la cosa no surgió por generación espontánea. En una visita previa a Montevideo, había encontrado en una bellísima librería de dos pisos, con todas las paredes cubiertas de libros, un pequeño volumen de ensayos de Stanley Cavell, filósofo norteamericano al que conocía por la expresión técnica de “comedias de re-matrimonio”, acuñada por él. Siempre me gustaron las comedias románticas, algunas norteamericanas ya convertidas en clásicos (Cuando Harry conoció a Sally, Desvelado en Seattle o la trilogía de Linklater con Hawke y Delphy), pero también alguna que otra inglesa (como Cuatro bodas y un funeral o Notting Hill), y por supuesto las argentinas (Un novio para mi mujer o Alma mía, entre otras). Es un género que disfruto mucho, me hace reír pero también pensar.

El segundo acontecimiento que anticipó la elección de Me casé con un boludo fue haber asistido a un espectáculo de jazz, recién llegado de Montevideo, donde un grupo versionaba canciones de películas románticas clásicas. Las piezas orquestadas en vivo eran acompañadas por escenas sin audio de las películas correspondientes, que se dividían entre antiguos musicales y comedias más recientes de enredo matrimonial (otro término que utiliza mucho Cavell). Esa noche, mientras cenaba y escuchaba la deliciosa música, me dije a mí mismo que quería saber más sobre la comedia romántica.

Hoy me encuentro acudiendo casi religiosamente a la lectura de Cavell, aprendiendo mucho sobre el género cinematográfico en cuestión pero también pensando en las relaciones amorosas, su profunda naturaleza filosófica y los problemas de ética implicados en ellas. No me voy a cansar de elogiar las ideas de este filósofo norteamericano, Stanley Cavell, que entre muchas cosas interesantes que dice reivindica el análisis filosófico y cinematográfico integrado a la experiencia personal. Es más, afirma que no podría pensar temas éticos, como los que analiza a través de la comedia romántica, sin enmarcarlos en su propio universo experiencial, sin verlos atravesados por su biografía íntima.

¿Pero por qué dice Cavell que tiene un interés filosófico por la ética en las comedias románticas norteamericanas? Básicamente, porque aplica el concepto de otro filósofo, también norteamericano como él pero del siglo anterior, un tal Emerson, que parece que habló del “perfeccionismo moral”.  Y Cavell afirma que ese perfeccionismo, de naturaleza más doméstica y ordinaria que otros perfeccionismos más trascendentales, como los de Kant o Platón, se basa en una búsqueda individual del yo de superarse, de perfeccionarse, de aprender de los errores para mejorar. Y ese aprendizaje, también explica Cavell, sólo se consigue haciéndonos inteligibles los unos para los otros. En las relaciones de pareja, por supuesto, pero también en las relaciones humanas en general. Cavell afirma que no hay posicionamiento moral posible si no se enmarca en esta necesidad intrínseca de un otro como interlocutor que haga de juez de nuestras acciones y posibilite nuestra transformación. Una pareja sólo progresa si ambas partes aprenden y se modifican en el transcurso de la relación, a partir de las enseñanzas compartidas.

Pero me quiero detener en Me casé con un boludo. Cavell afirma que estas comedias románticas tienen diálogos muy particulares. Él los llama “conversaciones espirituales”, donde tenemos personajes que se dirigen en tono pedagógico, y hasta moral, a otros personajes que se ven modificados por ese discurso. A veces son amigos o amigas de los protagonistas los que asumen este rol de maestros de la vida, pero no siempre. También pueden ser los mismos involucrados en la relación de pareja, en sus conversaciones privadas, donde uno le dice al otro, o incluso diciéndose mutuamente, aspectos vinculados a lo que no les gusta de quien tienen al lado. Los ejemplos son innumerables en los análisis del filósofo de la comedia romántica: La costilla de Adán (Cukor, 1949), por ejemplo, donde una pareja de abogados discute de igual forma en la cama como en la sala donde se desarrolla el juicio oral contra una mujer que le disparó a su esposo infiel, y ellos defienden respectivamente a la mujer acusada y al hombre que fue supuestamente víctima del ataque. No hace falta que se aclare que ella, en la piel de Katharine Hepburn, representa a la mujer acusada, y él, Spencer Tracy, al hombre infiel. En los diálogos que mantienen, ella le habla a su marido permanentemente de feminismo, con una actualidad apabullante. De la importancia de que los hombres empiecen a cambiar la perspectiva de cuál es su rol en la sociedad y de cómo históricamente vienen haciendo ciertas cosas de un modo sesgado y machista. Él, en cambio, la juzga por espectacularizar esa lucha en los juzgados y ante la prensa, sin medir los costos que tiene su accionar en la relación. De alguna manera, la acusa de cierto narcisismo y egoísmo que los afecta directamente como pareja. Ambos se ven interpelados por la crítica incisiva del otro, llevándolos a sentir culpa y remordimiento, y más tarde tratar de ser más considerados.

Pero las reflexiones de Me casé con un boludo se las debemos a los realizadores: el propio Juan Taratuto, director y guionista, y Pablo Solarz, guionista. Hago la aclaración previendo la tendencia de cierta crítica argentina a adjudicar aquello que ven como tremendas faltas ideológicas o flaquezas morales a uno solo, en este caso Suar, a quien identifican con la maldad absoluta.

Como decía, los ejemplos son muchos. Pero yendo a Me casé con un boludo, esta vez sí, la estrategia es levemente diferente. Si bien está el personaje al que acude un miembro de la pareja tratando de encontrar consejo (ese personaje es el guionista de cine, por su facultad de “dar letra” a los personajes), la conversación espiritual que verdaderamente modifica la personalidad de alguien es la que se produce en la fiesta que organizan los recién casados, cuando él, detrás de una pared, escucha cómo ella le dice a los amigos, llena de angustia, que se casó con un boludo que sólo piensa en sí mismo y que es incapaz de salir de ese lugar. Es decir, no es una conversación que involucra directamente al aludido, sino que es un monólogo desesperado que fortuitamente es interceptado, desde las sombras, por el personaje al que se refiere. La descripción que hace el personaje de Bertuccelli de la psicología de su pareja es tan cruda (precisamente porque parte del supuesto de que el aludido no está presente) que las palabras generan un dislocamiento total del mundo de creencias y auto-percepción en el personaje de Suar.

Sería interesante hacer un análisis pormenorizado, tomando el guante dejado por Cavell, de estas particularidades que asume lo discursivo en la construcción de la pareja. En Me casé con un boludo, como decía, no hay una conversación espiritual o educativa serena, en la que dos personajes se hablan racionalmente, sino una escucha secreta de palabras exaltadas que producen un shock. Algo similar puede verse en Mejor… imposible (Brooks, 1997), otra comedia romántica donde el brutalismo de la verdad es la pieza clave de la cura y el re-direccionamiento hacia una relación sana de los involucrados. En principio, porque el personaje de Jack Nicholson habla con una sinceridad brutal. Lo que llamaría, haciendo un uso herético de la ciencia psicológica, cierta disociación emotiva con los otros, lo hace hablar sin pensar que puede herir los sentimientos de sus interlocutores. El enojo que produce en quienes se relacionan con él es tan intenso, que le devuelven palabras igual de crueles, lo que paradójicamente crea las condiciones de su curación. Son esas verdades brutales que le devuelven aquellos que verdaderamente lo quieren, como la moza Helen Hunt, las que lo dejan en silencio, por primera vez escuchando antes que hablando, tratando de asimilar lo que le dicen.

O en Las dos caras del espejo (Streisand, 1996) donde el personaje de Jeff Bridges, que acordó previamente con Barbra Streisand que la relación iba a prescindir del sexo, al que ve como el origen de todos los males de la vida, le impone su visión de las cosas a ella erigiendo un discurso en apariencia sólido e interesante, pero que no deja que se cuele ni un resquicio de crítica. O más que crítica, del punto de vista de ella que, de ser escuchado, sería capaz de poner en crisis el discurso que domina la pareja, es decir el de él. Básicamente, que el sexo y el contacto físico son importantes para que ella se sienta deseada y querida.

Hay otro elemento que me gustaría destacar de Me casé con un boludo y que la diferencia de los típicos planteos de la comedia romántica. El personaje de Suar escucha esa crítica feroz hacia él y eso le hace un click. Pero no cambia de un día para el otro convirtiéndose en una mejor persona. Hay una fase intermedia en ese proceso de asimilación de la realidad en que intenta cambiar pero sigue mintiéndose a sí mismo, no logra torcer la mecánica de su propio narcisismo. Quiere mostrarse más solidario con los demás (algo que le reclamaba su mujer en el discurso catártico) y monta una puesta en escena en la que se comporta de un modo generoso con una familia que mendiga en la puerta de su casa. O cuando van los amigos de su esposa a cenar y, por primera vez, deja que ellos hablen y él se dedica a escuchar. Además de hacer una crítica mordaz de la forma patológica que muchas personas tienen de ejercer la solidaridad con los otros, esto es simulando, la película habla de que los procesos de cambio de posición subjetiva son complejos. Muchas veces queremos hacer las cosas bien pero seguimos haciéndolas mal. Me recuerda otra película de la familia del género, La boda de mi mejor amigo (Hogan, 1997), que si bien no plantea esta lógica del aprendizaje mutuo dentro de una pareja (es más bien el recorrido subjetivo e individual de una joven, Julia Roberts, que tiene que aceptar que su mejor amigo ama a otra mujer), sin embargo muestra cómo alguien, intentando ayudar, puede actuar desde el egoísmo y perjudicar a quienes no lo merecen.

La pregunta que surge es cómo el personaje de Suar logra la transformación final, aceptando su condición de mentiroso compulsivo que sólo busca la atención de los demás. Esto se produce en una interpelación que le hace Bertuccelli acusándolo de “guionar” una serie de gestos y actitudes hacia ella, incluyendo una terapia de pareja orquestada con un falso psicoanalista (la escena es desopilante). Si bien este diálogo de interpelación no tiene mayor originalidad, hay un planteo previo que presenta un interés particular. Cuando ella descubre que él está actuando una nueva personalidad para agradarle, en lugar de increparlo lo primero que hace es actuar ella también. Al principio, queriendo devolverle con la misma moneda, pero luego comprendiendo que él lo hace por amor. Entendiendo, también, que no es tan malo actuar un personaje, o “adaptarse” al otro, en una relación de pareja. En el diálogo de interpelación final, ella le dice que no puede actuar algo que no es, que no le sale, pero de alguna manera previamente aceptó que las relaciones se basan, en parte, en actuar para los demás, en montar personajes agradables para las personas queridas. Es una película sobre el mundo actoral (los enamorados son dos actores que se conocen en un set de filmación) y el planteo, como no podía ser de otra manera, conecta las cuestiones del actuar con las del querer.

Pero las reflexiones de Me casé con un boludo se las debemos a los realizadores: el propio Juan Taratuto, director y guionista, y Pablo Solarz, guionista. Hago la aclaración previendo la tendencia de cierta crítica argentina a adjudicar aquello que ven como tremendas faltas ideológicas o flaquezas morales a uno solo, en este caso Suar, a quien identifican con la maldad absoluta. Suar es actor y productor de una película que tiene otros agentes determinantes, como Taratuto y Solarz. Por lo menos a mí, cuando hago crítica, me gusta establecer un diálogo con los creadores de la historia, que son en definitiva los hacedores de nuevas ideas.

Para ir cerrando, las comedias hablan de cosas que vivimos cotidianamente. Cosas que vivimos y que pensamos, que nos interesan porque nos ocurren todo el tiempo y nos presentan dilemas morales. Problemas de ética vincular y afectiva, o de cómo nos posicionamos moralmente ante a los otros, en terminología de Cavell. Es decir, una ética de nuestra capacidad de revisar aquello en lo que creemos y, en ese sentido, profundamente filosófica, aún cuando no enfoque las cuestiones desde los grandes paradigmas de la filosofía moral. Por la simpleza de la mirada, la ausencia total de pretenciosidad y la apelación constante al humor, sobre todo al que se ríe de uno mismo, es que reivindico comedias como Me casé con un boludo, probablemente mal llamadas “comedias de Suar”. O como titula Cavell su libro: “El cine ¿puede hacernos mejores?”. Siguiendo la reflexión del filósofo, contestaría sin dudarlo que sí, a la luz de los efectos terapéuticos que tienen las buenas comedias románticas: atemperamiento de la dureza del carácter y mayor indulgencia con nosotros y los demás.

Álvaro Fuentes es Profesor de Filosofía egresado de la UNLP. Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía, y Cine y Psicoanálisis, en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Co-dirigió La ventana indiscreta, Revista de Cine y Filosofía, junto a Mariano Colalongo. Fundó La Cueva de Chauvet y la dirigió sus primeros años. 

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