UNA JOYITA INVALUABLE

La autora analiza la comedia romántica francesa Hors de prix a través de conceptos de Jacques Lacan, principalmente de La transferencia, libro 8 del seminario.

 

Lo que inicia el movimiento que está en juego
en el acceso al otro que nos da amor
es aquel deseo por el objeto amado
que yo compararía, si quisiera ilustrarlo,
con la mano que se adelanta para alcanzar el fruto
cuando está maduro para atraer hacia sí
la rosa que se ha abierto, para atizar el leño
que de pronto se enciende.
(1)

Una presentación de lujo

Hors de prix(2), una joyita de película francesa dirigida por Pierre Salvadori y protagonizada por Audrey Tautou y Gad Elmaleh, nos muestra a dos agalmáticos e insistentes personajes que nos sumergirán en los enredos del amor. Irene (Tautou) intentará a «cualquier precio» encontrar el amor de su vida o, mejor dicho, un hombre que le dé una vida llena de lujos y brillos. Despreocupándose de su pasado, ese que la llevaba de bar en bar para seducir con su minifalda a quien posea una billetera abultada, se le escapará un detalle: si por un instante su mirada se desvía del objeto dinero, aparece un pobre hombre, Jean (Elmaleh), quien la seduciría al prepararle un cóctel en el día de su cumpleaños, y así las palabras de esta muchacha —como su arma de seducción— caerían bajo un efecto embriagador. Traducida al español como Mujer de lujo, las palabras significan carísimo; pero si las investigamos por separado, hors se usa para decir «sin» o «libre»; mientras que prix para designar «precio». Entonces, podríamos traducirla a la letra como: «Sin precio» o «Invaluable». En fin, dejemos tanta palabrería a un lado y pasemos a la trama de esta comedia romántica que no tiene desperdicio. Corramos el telón para abrir paso al deseo y descifrar lo que la película deja traslucir detrás del objeto dinero, ese que tanto atrae a Irene.

No todo lo que brilla es oro…

Si de Lacan tomamos una frase acerca del amor que habla sobre dar lo que no se tiene a alguien que no lo es, queda claro que los encuentros que planeaba Irene para encontrar al candidato que se ajuste a sus expectativas (económicas), la alejaban con creces del amor. Pero es cierto que a ella no le interesaba el amor de un hombre, sino su tarjeta de crédito. Para esto, tenía sus estrategias y armas de seducción: frases hechas para cautivar a un hombre que acceda a sus demandas incolmables, y así vivir como una mujer de lujo. Lo tenía todo calculado, menos enamorarse, eso no entraba en su cuenta. Tal cual el dicho: «billetera mata galán», ese era el objeto que quería poseer; para galanterías estaba ella. El amor se dirige engañosamente al objeto en tanto posesión para completar al sujeto. Pero en dicho encuentro uno se encuentra con una falta estructural: se da desde la carencia (en ser), pues somos seres incompletos; por esto el amor es engañoso, inicialmente imaginario, ya que se cree que encontrándonos con otro (que también es carente en su ser) se da el completamiento, la fusión, esa famosa media naranja que completa el fruto. Si hablamos de la psicología del rico, tema que trata Lacan en su Seminario VIII, La Transferencia, lo que está en juego en su relación con el otro es el valor, es decir, la posesión del amado porque éste es un buen fondo.(3) Desde esta perspectiva, Irene estaba llena de glamour, nada le faltaba al lado de estos hombres; se daba una buena forma de la figura—fondo desde una Gestalt que completa (imaginariamente) lo faltante. Entonces ¡cómo fijarse en un simple empleado, que encima en su tiempo libre pasea los perros de mujeres adineradas! Jean era ese pobre empleado del lujoso hotel en el que se hospedaba Irene, y quien intentará conquistarla aparentando tener una gran cuenta bancaria. «Sabía» lo que a ella «le faltaba», pero no estamos hablando justamente de dinero, si bien el engaño para dicha conquista apuntaba inicialmente ahí, aunque este sujeto se presentará de un modo más modesto: teniendo una moneda de un euro.

Cuestiones del azar topan a Irene y Jean en el bar del hotel. El novio de Irene, Jacques, con quien se iba a casar en tres meses, se queda dormido por beber de más en el día del cumpleaños de ella. Irene, con un lujoso vestido, se acerca al bar y se encuentra con Jean dormido en el sillón. Empieza a hablarle. Le cuenta que era su cumpleaños y le pide que esperen juntos al barman. La noche iba llegando a su fin y del barman ni noticias. Entonces, empieza a desplegar el arma que seduce a los hombres, palabras: «Quería divertirme esta noche. Daría cualquier cosa por un cóctel y música». Jean, al ver su cara de desilusión, afirma, para reanimarla: «El cóctel es mi especialidad». Se dirige a la barra y pone música de fondo («No puedo quitar mis ojos de ti»(4). A partir de ahí, Irene ve algo peculiar en él que la cautivará: el manejo a la perfección de la coctelera para hacer tragos; la dedicación en cortar cada rodaja de fruta; y la colocación de una sombrillita decorando la copa (como si fuera su regalo de cumpleaños). Ella empieza a hablarse a sí misma en voz alta: «Amo ver a alguien trabajar. Siempre me impresionan los que saben hacer algo. Yo no sé hacer nada. Sí, conversar». La noche pasa y, copas van copas vienen, se emborrachan y pasan la noche juntos en la suite imperial (¡más lujosa y costosa que la que los hospedaba a Jacques e Irene!). Comienza la confusión no sólo producto de la embriaguez. Creyó que se había topado con un magnate. A la mañana siguiente Irene se va. Nada más se sabrá de ellos luego de esa noche. Hasta que, transcurrido un año, resurge la misma escena: su novio dormido y ella que acude al bar para arrojarse en los brazos del cóctel perfecto del amor: el dinero. Vuelven a pasar la noche juntos pero, en esta ocasión, el desenlace será otro: Irene llega de madrugada a su habitación y Jacques la espera despierto, pues la había visto con ese joven. Da por finalizada la «relación». Abandonada, se lanza a una nueva conquista que la rescate de la pobreza, qué mejor idea que recurrir a Jean. Pequeño detalle: no sabía que él era pobre (de dinero).

Tener una sola moneda no lo hace pobre a Jean. Podemos pensar en la carencia (de ser), y eso lo convierte en un sujeto deseante (porque le falta). Desde esa falta, Jean queda obnubilado por la bella Irene y quiere causarla como su partenaire amoroso.

¿Qué atractivo encubre este «pobre» hombre Jean?

Tener una sola moneda no lo hace pobre a Jean. Podemos pensar en la carencia (de ser), y eso lo convierte en un sujeto deseante (porque le falta). Desde esa falta, Jean queda obnubilado por la bella Irene y quiere causarla como su partenaire amoroso. Sabe de sus ostentosas maneras de vivir. Elige no contrariarla en la creencia que lo convertía en un sujeto adinerado. Hace circular el objeto de deseo. Pero Irene se entera y decide no verlo más. No obstante, Jean también presenta una posición inquebrantable para obtener lo que él desea (Irene). Decidirá apostar, es decir, embarcarse en sus demandas por amor. Mientras tanto, Irene vuelve al ruedo para encontrar a un marido con plata, y recurre a su vieja libreta que la anoticiaba de sus conquistas pasadas. Luego de varios llamados telefónicos, el nieto de uno de sus hombres cae en su trampa. Concretan un encuentro en un restaurante, pero no olvidemos la persistencia de Jean en querer obtener una cita con esta joven, a cualquier precio. Este pobre muchacho, obsesivamente la seguirá y los esperará detrás de unos autos. El posible candidato se asusta por su presencia lejana y deja «pagando» a Irene. Caída la escena tiene que montar otra rápidamente. Ahora así decide aceptar la invitación de Jean, pero para que pague la cena que quedó trunca. Sudando —cuando ve la abultada cuenta—, decide enredarse en esta historia pidiendo por adelantado que se le deposite dinero a su cuenta. Logró su objetivo: dormir una vez más con ella en la habitación del hotel. Irene ahora sabe de la pobreza monetaria de Jean y se aprovecha, pues cree que no durará mucho más en seguirle este costoso juego. Por la mañana sale de compras con la tarjeta crédito de Jean. Las deudas eran cada vez mayores, sin embargo él persistente se queda a su lado, no hay nada que discutir si él paga. Pero es Irene quien ahora decide correrse de esa posición, le pone un límite al juego y le compra un boleto de regreso a su ciudad en primera clase. Jean lo toma pero la retiene por diez segundos mientras a cambio le da una moneda de un euro en su mano. Esa última apuesta (antes de perder a su objeto de amor), hace fijar su mirada en el otro, más que en la moneda. Ahí ella, sin saberlo aún, quedará causada por él… una última mirada, o más bien la primera: ella lo mira más de la cuenta. Para ilustrar esta escena citemos una frase del Seminario VIII, La Transferencia: «(…) lo que caracteriza al erastes, al amante, para todos aquellos que a él se acercan, ¿no es esencialmente lo que le falta? Nosotros podemos añadir enseguida que no sabe qué le falta, con este acento particular de la nesciencia que es del inconsciente. (…) Y por otra parte, el eromenos, el objeto amado, ¿no ha sido situado siempre como el que no sabe lo que tiene, lo que tiene escondido y que constituye su atractivo? Lo que tiene, ¿no es aquello que, en la relación de amor, es llamado no solamente a revelarse, sino a devenir, a ser presentificado, mientras que hasta entonces era sólo posible? En suma, digámoslo con el acento analítico, o incluso si este acento, el amado no sabe, él tampoco. Pero se trata de otra cosa —no sabe lo que tiene».(5) Los hombres a los que ella se dirigía apuntaban al objeto dinero, daban en demasía; ahí no hay riesgos, no emerge el deseo, menos su anudamiento con el amor. Con Jean se dio algo distinto que marcó una diferencia con los demás hombres: Irene se sintió conmovida a partir de una moneda dada por Jean. Eso le provocó una falta: él se queda sin esa moneda a partir de, supuestamente, darle lo que ella quiere, es decir, dinero. Pero no es cualquier moneda, es carente para colmar esa vida lujosa que ella pretende llevar, no le sirve. Es eso lo que lo transforma a Jean en un objeto invaluable, agalmático: si no tiene una billetera llena de euros, algo más tiene… Recordemos el epígrafe de nuestro artículo para empezar a entender este viraje que el director nos muestra.

El juego de la seducción

Volvamos a la escena de la despedida entre Irene y Jean. Cuando él vuelve al hotel sin un centavo casi es detenido por la policía, pero lo rescata una mujer mayor; otra «mujer de lujo», pero esta sí porta una excesiva cantidad de dinero. Esta señora le hace un trato: si le salda su deuda, él deberá quedarse con ella y atenderla en sus demandas. Considerando la frase antes mencionada por Lacan, esto nos permite abrir el juego a otra escena: Jean ahora es quien cambia de la posición deseante a la de deseado (por la aparición de esta mujer adinerada). Nuevos problemas de billetera enredarán aún más el acercamiento entre Irene y Jean. Tal cual Irene hacía con los hombres a los que no amaba, Jean adopta idéntica posición: estará junto a una mujer rica (pero) para conquistar a otra mujer. Un día se encuentran en un probador contiguo de una tienda de ropa (Irene había «enganchado» a un viudo con plata llamado Gilles). La muchacha acudirá al famoso juego de la moneda para retener su mirada en Jean por diez segundos, y más allá de la moneda. Así comenzará el juego de la seducción: toda vez que se vean se pasarán la moneda, para volverse a ver… Pesquisamos que el objeto no está de un lado ni de otro, sino entre ambos. Movimientos neuróticos que provocan la pregunta por el deseo: ¿qué quiere el otro de mí? El joven empieza a convertirse en un poderoso «hombre de lujo», portador de un brillo agalmático para quien se pose ante su mirada. Nuestra señora adinerada se estaba empezando a enamorar, la humildad del joven la había cautivado, además veía en él a un hombre decidido: quería a Irene. Empiezan a compartir Jean e Irene los «gajes del oficio»: cómo causar el deseo en un otro que no es del propio interés; Irene empieza a enseñarle cómo seducir a una mujer para sacarle los regalos más costosos, pero no calcula que así estaba dejándose seducir por un hombre. Empieza a caer en su propia trampa…

El amor no tiene precio

Llegamos a los vericuetos amorosos entre Jean e Irene. Esa noche, en que la luna fue testigo de su amor, a la mañana siguiente desembocará en un infierno para Irene, pues Gilles los vio besarse desde su balcón. Pasemos a esta escena de despedida entre los amantes. Irene saluda a Jean (para cumplir su sueño de conocer Venecia y las Islas Maldivas) y le expresa algo antes de retirarse: «Quería decirte que pasé una noche maravillosa (…) No quería dormirme, ¿sabes? Para aprovechar cada minuto (…) Me voy. Vine a despedirme». ¡Pobre Irene, se había enamorado! La carencia una vez más la atrapará, pero ahora será más difícil desembarazarse de ella porque no podrá rellenarla con ninguna billetera abultada. Se da un punto de repetición (sintomático): vuelve al ruedo en una fiesta nocturna para conquistar a un hombre. Jean decide hacerle un favor, por amor, acotamos: conquistar a la chica que había llegado a la fiesta con Jacques (su ex novio adinerado), era del rubro, le interesaba el dinero. Jean, que había ido con la señora a la fiesta, pone en marcha el plan haciéndose pasar por un hombre viudo extremadamente rico y poderoso. Rápidamente provoca la mirada más cautivante (y desesperada) en esta mujer, similar a la escena inicial de la película cuando conoce a Irene. Con el camino despejado, Irene puede reconquistar a Jacques. Pero pasemos ahora a una escena que ocurre en paralelo a esto. Tiene que ver con Jean y la muchacha con la que se dirige a la habitación (no sin provocar el enojo de la señora que no pudo retener al joven). Accedió a cumplir el plan por amor porque apostó, y aquí no hay certezas del acto, pues podría haber sido un desafortunado desenlace pero, por «obra del amor», un giro se producirá en esta historia. La señora se acerca a Jean para hablarle de lo (invaluable) que él tiene: «¿No hay nada que pueda hacer para retenerte? (obtiene una negativa como respuesta). Un chico como tú no tiene precio. Ni siquiera para mí». Esta mujer está hablando del amor, ese que no lo compra el dinero. Lo había entendido y lo deja partir. Quien aún no entendía los movimientos de Jean era Irene.

La caída del objeto dinero. La emergencia del deseo

Ahora nos centraremos desde la óptica de Irene. Ella ve desde la ventana de la habitación cómo Jean coqueteaba con esa joven, mientras Jacques le preguntaba reiteradamente si tenía algo que hacer en los próximos días. Totalmente distraída, fuera de escena, pondrá fin a esta situación ya que más deseaba estar del otro lado de la ventana: quería ocupar el lugar de mujer seducida por Jean. Nuevamente el objeto mirada cautiva toda su atención. Mirada que iba dirigida a aquella ventana, y desde un marco que podemos pensar como la caída del objeto, ese que deja un resto para dar entrada al deseo. Caído el marco desde donde ella se posaba, la mirada cobrará otro sentido: caerá en la cuenta de que, en caso de acceder a estar con Jacques, ganaría dinero pero perdería «darse el lujo» de estar con Jean. Así, podemos pensar la caída del objeto dinero la que da lugar a la posición del sujeto como deseante, y que se dirige a conquistar a su objeto amado: Jean. Detrás de ese objeto sabemos que se encuentra la falta, dar nada… pero esa nada era el amor de un hombre, algo inimaginable para ella. Fue la riqueza que conoció por la mirada insistente de un hombre que daba algo que no tenía (su falta en tanto deseante), mientras otros se posicionaban desde el tener (dinero), y desde allí no hay metáfora posible del amor. Se conmueve la posición de Irene ante la posibilidad de perder a Jean, y este viraje no es sin angustia.

… Su anudamiento con el amor

Luego de la reiterada pregunta de Jacques hacia Irene, ella le responde (mirando fijo a la «ventana de la seducción»): «El amor, planeo hacer el amor toda la noche». Se disculpa con Jacques y sale corriendo al encuentro de Jean. Llega a la habitación y toca insistentemente la puerta. Se encuentra con la joven semidesnuda que le pregunta qué hacía aquí, y le dice que salvándola de cometer un error porque Jean no tenía un centavo… Perdón, sí tenía: la única moneda de un euro que los llevó lejos de los lujos y objetos costosos para hacer circular el deseo, ese que los lanza a la aventura del amor.

«El deseo, yo les enseño a vincularlo a la función del corte, y a ponerlo en una determinada relación con la función del resto, que sostiene y anima el deseo».(6) Luego de todo este rodeo y que no es sin el objeto, producimos un corte: cerramos el telón. Y ojo que si encontrás una moneda tirada por ahí nunca sabrás en qué puede terminar la historia, o mejor dicho qué historia de amor pueda nacer. Por eso, no desestimemos la pobreza de una modesta y pequeña moneda porque ésta puede encubrir un tesoro invaluable. ¿Qué joyita atesora el encuentro con el amor si nos despojamos de sus vestiduras imaginarias, no?

(1) Jacques Lacan: El Seminario, Libro 8, La transferencia, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003. Pág. 64.
(2) Hors de prix (película). Dir. Pierre Salvadori, Universal Pictures, 2006. Protagonizada por Audrey Tautou, Gad Elmalah, Marie-Christine Adam, Vernon Dobtcheff.
(3) Ibíd. Pág. 70.
(4) Con esta canción el director pone énfasis —metafóricamente hablando— en el objeto mirada: Jean le prepara un cóctel a Irene en tanto arma de seducción para causarla en su deseo.
(5) Jacques Lacan: El Seminario, Libro 8, La transferencia, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003. Págs. 50 – 51.
(6) Ibíd. Págs. 249 – 250.

 

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Daniela Santandreu
Licenciada y Profesora en Psicología (UNLP). Practicante del psicoanálisis de la orientación lacaniana. Desde el año 2013 el séptimo arte la ha inspirado para la creación de espacios que desarrolla desde la teoría psicoanalítica. Considera el cine como una fuente de inspiración inagotable que aporta a la investigación para la enseñanza y transmisión del psicoanálisis.

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