UNABOMBER: MUCHO MÁS QUE UNA MENTE INQUIETA

El autor se sumerge en Manhunt: Unabomber, la primera serie de Discovery Channel, sobre la persecución de Ted Kaczynski, un matemático anarquista norteamericano responsable de varios actos terroristas entre 1978 y 1995.

Manhunt: Unabomber es el desembarco de Discovery en el mundo de las series. Es un producto que, teniendo en cuenta los parámetros de los policiales volcados a los trabajos forenses, no se corre de los formatos clásicos: es la historia de la investigación que reconstruye la historia de los crímenes (y, en este caso, los pasos previos al juicio); es el policial como ficción paranoica, donde la investigación busca abolir el azar e hilar los detalles que están ocultos. Entre 1978 y 1995, Ted Kaczynski (el Unabomber, como lo denominó el FBI en el período de investigación) envió cartas con explosivos que mataron a tres personas e hirieron a una veintena. Durante ese período no pudieron tener pistas concretas que guiaran la investigación. Hasta el momento de la publicación del Manifiesto en los principales medios gráficos del país (previa extorsión a sus perseguidores), el Unabomber era una borrasca, un ente escondido en el anonimato. No había un perfil adecuado para dar con él; había que construirlo. En ese momento hace su aparición James Fitzgerald, uno de los investigadores clave. Él es quien, en la serie, lucha contra los prejuicios y las lógicas institucionales que limitan los caminos alternativos. Es la contraparte creativa —y necesaria— del terrorista más buscado del país. Sin embargo, los roles están desbalanceados: el influjo de la serie está en la personalidad de Kaczynski, en los trazos de la biografía que permiten comprender —parcialmente— aspectos de su pensamiento y de su abrupto cambio de vida. Paul Bettany interpreta más al intelectual parco e incomprendido que al monstruo constructor de bombas caseras. Ahí radica el mayor acierto de la serie, la progresión: las apariciones esporádicas ceden paso a un protagonismo creciente y a las descripciones contextuales.

El relato se desdobla temporalmente en dos momentos: el de la captura (en 1995) y el del juicio (en 1997). Se van alternando (aunque hay un énfasis en la persecución), con las correspondientes pausas: los flashback y los flashforward sirven para contextualizar. Es una lucha entre dos inteligencias que se retroalimentan y se exploran, que tienen puntos de convergencia y de comprensión. Sus diálogos muestran la pulseada psicológica constante. Son dos lobos solitarios: la diferencia radica en que el aislamiento en Kaczynski ya era un hecho consumado, mientras que Fitzgerald lo experimenta mientras se acerca cada vez más a su objetivo. Se produce una mimetización silenciosa pero profunda. El reconocimiento de las opresiones de baja intensidad, los rituales que día a día cumplimos sin chistar, era una obsesión de Kaczynski. Las cadenas de la sociedad industrial se expresan en algo tan simple como respetar un semáforo aún cuando la calle está despejada. El cercenamiento de la libertad por el avance de la tecnología explica el ludismo fóbico, desclasado, del Unabomber. Como el reloj de Córtazar, la tecnología es un pequeño infierno florido. Y no lo saben, lo terrible es que no lo saben. Por eso Kaczynski creyó en la necesidad del Manifiesto. Era su tarea para la posteridad. En un mundo de ovejas mansas, extorsionar a la principal fuerza federal para publicar esa fascinante mezcla de vitalismo primitivista y romanticismo antiprogresista (tildarlo de anticapitalista es un tanto polémico) fue un recurso válido. Y fue, también, su victoria pírrica.

Manhunt: Unabomber es un producto que, teniendo en cuenta los parámetros de los policiales volcados a los trabajos forenses, no se corre de los formatos clásicos: es la historia de la investigación que reconstruye la historia de los crímenes (y, en este caso, los pasos previos al juicio); es el policial como ficción paranoica, donde la investigación busca abolir el azar e hilar los detalles que están ocultos.

La investigación muestra, bajo la fachada científica de la lingüística forense, que en los textos dejamos jirones de escritura, que los modismos y las construcciones dicen más de lo que podríamos suponer de antemano. Es el camino sinuoso por la biografía de la escritura, el hilo conductor que permite describir rasgos de una personalidad esquiva. Y este dato no deja de ser paradójico: la cacería del Unabomber empezó a direccionarse por los esquematismos textuales, los anacronismos respetados a rajatabla y las metáforas repetidas en distintas épocas. La dinámica de la primera parte se apoya en esta búsqueda de indicios (uno de los pocos vicios de la serie es la reiteración de los silencios previos a la epifanía). El desarrollo de la investigación, con las contramarchas y las dificultades para avanzar en un terreno poco afín a las directrices clásicas, a la búsqueda obsesiva de evidencia tangible, se describe con buen pulso. El clasicismo se sostiene pese a la particularidad del trabajo forense (no hay huellas digitales, pelos ni saliva) y enmarca un relato sólido, entretenido.

La brillante interpretación de Kaczynski se expresa en la personalidad retraída, reflexiva, punzante que marcó su adultez. Nada quedaba ya de ese joven cándido que ingresó a Harvard a los 16 años y que, durante un tiempo, fue parte del experimento MK Ultra — lo que explicaría más tarde su cruda tecnofobia. Paul Bettany trabaja con sapiencia los cambios de carácter del Unabomber (el pausado y reflexivo, el pedante y punzante). Su contraparte, en cambio, es menos convincente, menos expresiva, más lineal. Esto es consecuencia directa de los roles asignados: genera más interés el perseguidor por su historia personal y su particular ideario. Un crítico de la sociedad contemporánea que se aísla en los bosques de Lincoln, Montana, produce mayor fascinación que un investigador que —como tantos otros en el relato policial negro clásico— ve cómo afloran las contradicciones en su apacible vida familiar. La violencia que lo atravesó durante su vida y que lo llevó a aislarse y a expresar su odio con cartas con explosivos son factores explicativos de peso para entender el proceso de conversión. El rechazo fue incubándose en la infancia y desarrollándose en la adultez. Y en el medio, estuvo la CIA y sus prácticas macabras.

Sin estridencias, con una ambientación acorde y una historia prolijamente narrada, Manhunt: Unbomber es una serie que atrapa y permite ingresar en el complejo mundo de una de las mentes más inquietas de fin de siglo. El Manifiesto, pese a las impugnaciones que se le pueden hacer desde distintas ópticas del conocimiento (la descripción que hace de la izquierda demuestra o prejuicios o desconocimiento: por ejemplo, la denuncia —derivada del marxismo clásico— de la creación de falsas necesidades las expresó Marcuse en la época en la que Kaczynski era estudiante universitario), es un texto que puede servir de disparador de varias cuestiones que atañen a nuestro presente. Kaczynski lo planeó como un discurso para los hombres póstumos. Tal vez no le simpatice a su ludismo que la persecución se haya transformado en un producto de la industria cultural (pese a que le hace justicia a su compleja personalidad) ni que el progresismo bienpensante —objetivo preferido de sus encendidas diatribas en el Manifiesto— recomiende su historia transformada en la serie de moda. Paradojas de nuestra sociedad de mercado, que no le hace asco ni a su más acérrimos críticos.

Compartir

Compartir
Nicolás Alejandro Miguez
Es Licenciado en Comunicación Social por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. Docente de adultos y de nivel terciario, publica esporádicamente en medios alternativos. Investiga sobre narcotráfico, salud mental y políticas de control social.

No hay comentarios

Dejar respuesta

17 + seis =