UNO Y EL DORMITORIO

Leopoldo Torre Nilsson, Beatriz Guido y un amigo escritor enredados en un caso de difícil erotismo. Basado en hechos reales.

 

Leopoldo Torre Nilsson estaba solo en su departamento de barrio norte cuando recibió la llamada del Escritor. Necesitaba verlo urgente.

Los dos amigos se encontraron en el bar frente al edificio donde vivía el cineasta.

—Mirá, Leopoldo… no sé cómo pedírtelo…

—¿Qué pasó?

—Fui a dar un seminario a la facultad de Filosofía y… conocí a una chica, una estudiante…

El Escritor ladeó la cabeza y subió las cejas en gesto cómplice. “¿Realizás?”, pareció decirle. Torre Nilsson dio un sorbo al café y lo miró fijo, sin comprender adónde quería llegar.

—… necesito que me prestes el departamento. Yo sé que suena un poco raro —se apresuró a aclarar—, pero…

Otra vez el mismo gesto con la cabeza y las cejas. Torre Nilsson no aparentaba gran sorpresa.

—… mirá… no creo que haya problema. Dejame que hable con Beatriz y yo después te llamo, a la noche. ¿Estamos?

 

Esa misma noche, el prestigioso director lo llamó:

—Mirá, hablé con Beatriz y no hay problema. ¿Te viene bien el viernes a eso de las tres y media de la tarde? Porque justo vamos a visitar a unos amigos…

—Sí, sí, me viene bárbaro… no los molesto, ¿no? Mirá que puedo solucionarlo de otra forma…

—No te preocupes, no hay problema. Eso sí, mirá que volvemos a las nueve en punto, así que por favor…

—No, no te hagás problema, por favor.

 

Ese viernes a las nueve, Leopoldo Torre Nilsson y su esposa Beatriz Guido regresaron después de pasar la tarde con unos amigos en las afueras de la ciudad. Ambos sentían gran curiosidad por saber cómo le había ido al Escritor con su cita.

Entraron al departamento. Todo parecía en su lugar: la mesa de algarrobo cubierta por un fino mantel blanco bordado a mano, el centro con plantas ornamentales secas, pintadas de rojo, amarillo y cian; el reloj de péndulo contra la pared junto a la puerta de la cocina; el mueble con la cristalería fina enfrente. El piso brillaba y la pareja casi podía verse reflejada en él: la mucama había pasado la lustradora eléctrica a la mañana.

Torre Nilsson fue a revisar la cocina. Allí tampoco había señales de actividad reciente: ni siquiera las frutillas de la heladera habían sido tocadas. “Me parece que éste no vino nada”, pensó. El director miraba dentro de la alacena cuando su esposa gritó.

—¡Leo, Leo! ¡Vení! ¡Rápido!

El hombre llegó dando zancadas al dormitorio. El colchón estaba fuera de lugar, las sábanas rasgadas y manchadas de sangre, la lámpara antigua tumbada sobre la alfombra. En la pared, marcas arrastradas de manos cubiertas de sangre, como si alguien hubiera intentado escapar desesperadamente rascando el empapelado.

“Acá hay un muerto”, pensó Torre Nilsson, al tiempo que sostenía a Beatriz, que temblaba y no dejaba de repetir “Dios mío Dios mío Dios mío”. Salieron a la sala de estar. Leopoldo tomó el teléfono.

 

—No. Mi marido todavía no llegó —respondió la mujer del Escritor.

El cineasta cortó y enseguida se arrepintió de no haberle pedido que lo llamara en cuanto llegase. No sabía si llamar a la policía o no, o qué debía hacer. Por suerte, Beatriz ya estaba más calmada. Se quedaron sentados en el sofá, al lado del teléfono, en silencio.

A la media hora, el Escritor llamó.

—¿Pero qué pasó? ¿Estás bien? Llegué y estaba todo manchado de sangre…

—Sí, sí, discúlpame Leopoldo, por favor… lo que pasa es que esta mujer es un tigre, es terrible…

—Pero… están los dos bien… ¿la pasaste bien?

—Sí, espectacular… por favor, Leopoldo, dejá que te compre sábanas nuevas, te pago los arreglos… disculpame…

—No, de ninguna manera, dejá. No te preocupes.

 

Una semana más tarde, cuando el matrimonio aún no podía salir de su asombro, el Escritor volvió a comunicarse.

—Leopoldo… ¿no podés prestarme de nuevo el departamento?…

—Torre Nilsson sabía que era una pregunta obvia, pero no pudo dejar de hacerla:

—¿Es la misma mina?

—… eh… sí, sí…

—Mirá, yo no tengo problema, pero por favor, controlá a esa mina, que casi nos da un infarto el otro día.

—No te preocupes, Leopoldo, no te preocupes. Esta vez no va a pasar nada. Lo que pasa es que… la primera vez me sorprendió, ¿viste? Pero ahora no va a pasar nada.

Sí, sí, discúlpame Leopoldo, por favor… lo que pasa es que esta mujer es un tigre, es terrible…

Ese viernes, los Torre Nilsson volvieron a salir y no regresaron hasta las nueve. Una vez de vuelta en el departamento, lo primero que hicieron fue ir al dormitorio. Ahí estaban, otra vez, las cortinas desgarradas; las sábanas revueltas en el suelo, manchadas de sangre; los cajones de la cómoda tirados sobre la alfombra con la ropa interior del matrimonio esparcida por todas partes; las mismas marcas de manos desesperadas, llenas de sangre, en la pared. Beatriz estaba boquiabierta, pero el pánico de la primera vez ahora era furia. “Esta vez tuvieron la delicadeza de no voltear el velador”, pensó el director.

—A ése no le presto más el departamento, ¿está claro?

Beatriz entró en la cocina. Leopoldo llamó al Escritor.

—Escuchame una cosa: me hiciste mierda el dormitorio. Menos mal que te pedí que controlaras a esa mina.

—Éste acá no entra más —gritó Beatriz asomándose desde la cocina, como para asegurarse de que el Escritor la oyera.

—Disculpame, Leopoldo… discúlpenme. Yo te pago los arreglos, por favor…

—No, no, de ningún modo. Dejá.

 

—Leopoldo, mirá… yo sé que te jode… te pago los arreglos…

No habían pasado diez días, pero el Escritor volvió a insistir. Tuvo suerte de que Beatriz no estuviera en ese momento.

—Está bien. Pero, por lo que más quieras, controlá a esa mina. Por favor.

 

—Pero, ¿para qué carajo se lo prestaste?

—Porque quiero saber quién carajo es esa mina… no hay minas así, ¿entendés? Entonces mañana vamos al bar de enfrente a ver con quién entra.

 

Ya habían pasado un par de horas. Beatriz había intentado leer La Nación, pero no podía concentrarse. Leopoldo iba por el tercer café. Estaban sentados en una mesa intermedia, lo suficientemente cerca de la ventana como para que no se les escapara ningún movimiento en la puerta del edificio, pero lo bastante lejos del ventanal para que no hubiera posibilidad de que el Escritor los viera.

—Éstos no van a venir… justo la vez que me quedo.

De pronto, apareció el Escritor. Llevaba un maletín.

—Pero está solo…

—La mina debe entrar después.

La pareja estuvo atenta por si aparecía una mujer extraña al edificio. Quince minutos: nada. Media hora después: bajó el Escritor. Llevaba el maletín. Desapareció calle abajo.

Los Torre Nilsson se apresuraron a volver al departamento. En el vestíbulo estaba todo en orden. Volaron al dormitorio, y de nuevo: las cortinas y sábanas rotas, la cama torcida, la sangre en el colchón y las paredes…

—NO ENTIENDO NADA.

Beatriz estaba más asustada que la última vez, pero no tan histérica como la primera.

—NO ENTIENDO NADA —repitió.

Leopoldo apretó las mandíbulas mientras miraba el desastre.

—Ahora entendí todo. —Miró a su esposa—. No hay ninguna mina. Nunca existió.

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Ezequiel Iván Duarte
Es licenciado en Comunicación Social por la UNLP. En la actualidad cursa el doctorado en Comunicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la misma casa de altos estudios. Investiga la obra del pintor, escritor y cineasta Jorge Acha, las formas en que figura la historia.

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